No hay que hacer mucho esfuerzo para notar que esta no es ni mucho menos la columna de un crítico; es simplemente y por esta ocasión, la opinión de un espectador cinematográfico, esto para no traer a cuento como es habitual la cosa política tan espesa que acontece en Colombia o el mundial falseado para Argentina que por fortuna ya terminó.
Así es, mi opinión simple, incluso muy atrevida, en cuanto a la esperada película La Odisea, del director Christopher Nolan que en el pasado hizo otra sí sensacional como Interstellar, es que se trata de una obra largamente tediosa, con exceso de efectos especiales que tornan en poco verisímil cada mar, cada barco, cada cíclope o, peor que eso, cada frase; con muchos trajes y espadas de utilería que dan impresión de disfraz de 31 de octubre, centrada en un héroe que no es el Ulises de la epopeya, sino el 007 karateca de películas de acción; una película sin duende, sin mito, más de carne y hueso, sobre todo de hueso, que de sensaciones o de leyenda.
La Odisea, llevada a una enorme y costosa producción cinematográfica, pero con el evidente extravío de transfigurar una epopeya, un poema, un espacio infinito del mito en una película de aventuras tan corriente, es algo así como hacer un gigantesco portaviones para trasportar una nevera.
Una obra prodigiosa convertida en película ligera, sin quimera, sin poema, toda una flor “sin aroma y sin espinas”, igual que esos amores ideales, delirantes, que cruzan el umbral desde el mundo fabuloso de la convulsión, al de la realidad ponderada, al de las cicatrices, la verdad sin fragancia, los defectos, las promesas rotas, los temores más cómodos, la mitad de una mitad, aquello que va, simplemente, del espejismo insaciable a una hoja de contabilidad de Excel.
Larga y dormilona es, pues, La Odisea, la nueva película. Nada incluso que permanezca de Ítaca en el poema de Kavafis: “…Pide que el camino sea largo. Que muchas sean las mañanas de verano en que llegues -¡con qué placer y alegría!- a puertos nunca vistos antes/
Detente en los emporios de Fenicia y hazte con hermosas mercancías, nácar y coral, ámbar y ébano y toda suerte de perfumes sensuales, cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias a aprender, a aprender de sus sabios.
Ten siempre a Ítaca en tu mente. Llegar allí es tu destino…”
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