La derrota de Alfredo Deluque en la Presidencia del Senado marca el primer examen de gobernabilidad para Abelardo de la Espriella antes de posesionarse

 - De la Espriella consiguió lo impensable: unir al petrismo y al uribismo en el Senado
Texto escrito por: Carlos Lagos

En política las derrotas más importantes casi nunca ocurren en las urnas. Suelen producirse en el silencio de una votación secreta, cuando el poder apenas comienza a reorganizarse. Eso ocurrió el 20 de julio de 2026. Mientras el país celebraba un nuevo aniversario de la Independencia, el Congreso enviaba un mensaje inequívoco al presidente electo Abelardo de la Espriella: la victoria en las urnas no equivale a un cheque en blanco para gobernar.

La elección de Honorio Henríquez como presidente del Senado fue mucho más que una decisión administrativa. Constituyó el primer examen de gobernabilidad del nuevo gobierno, incluso antes de su posesión. El candidato respaldado por De la Espriella, Alfredo Deluque, fue derrotado por 56 votos frente a 45, en una votación que dejó al descubierto que las mayorías parlamentarias no se decretan desde la Casa de Nariño, sino que se construyen en el Capitolio.

La sorpresa fue aún mayor por la forma en que se produjo el resultado. El Pacto Histórico, adversario histórico del Centro Democrático, terminó respaldando al candidato del uribismo. Bastó ese hecho para que una frase comenzara a recorrer las redes sociales y los corrillos políticos: "El cucho tenía razón".

Más que un meme, la expresión terminó sintetizando la jornada. Durante meses Álvaro Uribe insistió en que el Centro Democrático no podía convertirse en un simple espectador del nuevo gobierno ni aceptar un papel secundario dentro de la coalición vencedora. Muchos consideraron exagerada esa postura. Sin embargo, la elección del Senado terminó reivindicando, al menos parcialmente, esa advertencia. El uribismo recuperó la Presidencia del Congreso y demostró que sigue siendo un actor determinante en la construcción de mayorías. Pero reducir lo ocurrido a una victoria de Uribe sería una lectura incompleta.

El verdadero vencedor fue el Congreso como institución

Durante décadas Colombia ha convivido con un presidencialismo fuerte que, en ocasiones, ha convertido al Legislativo en un escenario donde las mayorías del Ejecutivo parecían aseguradas desde el primer día. Esta vez ocurrió exactamente lo contrario. Antes incluso de la posesión presidencial, el Senado decidió marcar distancia y recordar que la separación de poderes no es un simple enunciado constitucional.

La política volvió a demostrar que la realpolitik suele imponerse sobre las afinidades ideológicas. El petrismo prefirió respaldar una Mesa Directiva que consideró más autónoma frente al Ejecutivo antes que facilitar el triunfo del candidato impulsado por el gobierno entrante. Las alianzas parlamentarias no se construyeron alrededor de discursos, sino de intereses estratégicos.

El acuerdo fue más allá de la Presidencia del Senado. La conformación de la Mesa Directiva dejó en evidencia que la elección de Honorio Henríquez hacía parte de una negociación política más amplia, en la que todas las bancadas buscaron preservar o ampliar sus espacios de poder. La gran pregunta que queda abierta es si ese respaldo del Pacto Histórico tuvo alguna contraprestación adicional en la conformación de órganos estratégicos del Congreso, particularmente en la Comisión de Investigación y Acusación de la Cámara de Representantes, el único órgano constitucional competente para investigar al Presidente de la República. Si esa hipótesis llegara a confirmarse, estaríamos frente a una de las jugadas parlamentarias más importantes del inicio del nuevo cuatrienio. Si no fue así, la votación seguirá siendo, en todo caso, una demostración de que el cálculo político terminó imponiéndose sobre las fronteras ideológicas.

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No sería la primera vez que el Congreso intercambia apoyos en una corporación a cambio de posiciones estratégicas en otra. La diferencia es que, en este caso, el eventual beneficio recaería sobre la comisión con mayor sensibilidad política del Estado colombiano. De allí que la conformación definitiva de la Comisión de Acusaciones merezca un seguimiento cuidadoso durante las próximas semanas.

La jornada también deja varias lecciones para Abelardo de la Espriella.

Durante la campaña presidencial construyó una sucesión de victorias. Derrotó al uribismo en la consulta de la derecha, ganó la Presidencia y lo hizo sin aceptar, al menos aparentemente, padrinazgos políticos que condicionaran públicamente su autonomía. Esa narrativa de independencia fue uno de los activos más importantes de su campaña. Gobernar, sin embargo, exige habilidades distintas a las de ganar elecciones.

La elección del Senado demuestra que el liderazgo personal no reemplaza la construcción paciente de acuerdos políticos. El respaldo ciudadano tampoco sustituye la negociación parlamentaria. Mucho menos cuando el Congreso decide ejercer plenamente su autonomía.

Con todo, sería injusto convertir este episodio en un juicio definitivo sobre el gobierno que apenas comienza. Los primeros días de una administración suelen estar marcados por errores de cálculo, excesos de confianza o simples inexperiencias propias de quien pasa de la campaña al ejercicio del poder. Esta primera derrota puede interpretarse como una primiparada política, una advertencia temprana que aún puede corregirse si el nuevo gobierno comprende que la gobernabilidad se construye dialogando y no suponiendo mayorías automáticas.

Paradójicamente, el episodio termina fortaleciendo la institucionalidad democrática. Un Congreso capaz de contrariar al Ejecutivo puede resultar incómodo para cualquier gobierno, pero constituye una garantía para la República. La esencia del sistema constitucional no consiste en que el Presidente concentre el poder, sino en que deba ejercerlo bajo el control de instituciones igualmente legítimas.

La gran incógnita es si este resultado representa un hecho aislado o el inicio de una nueva correlación de fuerzas. Si el gobierno recompone rápidamente sus relaciones con las bancadas, la derrota quedará como un episodio anecdótico. Si, por el contrario, el Senado mantiene esta autonomía, cada reforma exigirá mayor capacidad de concertación y cada proyecto dependerá de acuerdos construidos caso por caso.

El 20 de julio dejó una enseñanza que trasciende a los protagonistas de la jornada. Mientras el país conmemoraba el nacimiento de la República, el Congreso recordó que ninguna victoria electoral elimina la necesidad de negociar dentro de la democracia.

La gobernabilidad de Abelardo de la Espriella no comenzará el 7 de agosto. Comenzó el día en que el Congreso decidió demostrar que el poder presidencial también tiene límites. Y esa, más que una derrota para un gobierno que aún no inicia, puede ser una buena noticia para la democracia colombiana.

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Por Nota Ciudadana

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