Texto escrito por: Camilo Ferreira
Abelardo de la Espriella no había terminado de ser declarado presidente electo cuando Iván Cepeda anunció que si De la Espriella no renuncia a su ciudadanía estadounidense él se declararía en desobediencia civil y cuestionará su posesión prevista para el 7 de agosto. El argumento de Cepeda no es nuevo ni descabellado en su formulación jurídica: un grupo de más de treinta exmagistrados y constitucionalistas ya había advertido durante la campaña que quien jura fidelidad a Estados Unidos para naturalizarse adquiere compromisos que podrían ser incompatibles con la presidencia de Colombia.
El juramento en cuestión no es menor: quien se naturaliza estadounidense declara renunciar a toda lealtad a cualquier soberanía extranjera y se compromete a defender la Constitución y las leyes de ese país incluso sobre las de su nación de origen. Es un argumento que merece tomarse en serio. El problema es quién lo hace y cuándo.
El espejo retrovisor del pasaporte europeo
Gustavo Petro tiene ciudadanía italiana, obtenida por herencia familiar, igual que De la Espriella obtuvo la suya por sus abuelos maternos de origen italiano. Ese dato estuvo disponible durante los cuatro años de gobierno y nadie en el petrismo lo consideró un problema. Petro incluso lo usó a su favor: cuando Estados Unidos le canceló la visa, anunció en redes sociales que no necesitaba visa porque podía entrar como ciudadano europeo con el permiso ESTA. La doble nacionalidad, en ese momento, era una ventaja práctica, no una traición simbólica.
La diferencia que señalan los juristas entre ambos casos es real y tiene sustento: la ciudadanía italiana, obtenida por descendencia, no exige un juramento de lealtad activa al Estado italiano, mientras que la naturalización estadounidense sí implica ese acto formal y explícito. Es una distinción jurídica válida. Pero la velocidad con que el oficialismo la descubrió, exactamente después de perder, dice más sobre los tiempos políticos que sobre la convicción soberana.
El doble rasero de la orilla contraria
El lado contrario tampoco sale limpio del espejo. Durante la campaña, sectores cercanos a De la Espriella y a la derecha tradicional cuestionaron insistentemente los vínculos de Petro con Venezuela y Cuba como una amenaza a la soberanía colombiana, sin que a nadie le generara incomodidad que el propio candidato que enarbola esa bandera tuviera pasaporte de un país extranjero, o que Donald Trump hubiera expresado públicamente su respaldo a De la Espriella y prometido el apoyo de Estados Unidos si resultaba elegido. Reclamer independencia frente a Caracas mientras se celebra el endoso de Washington es también un doble rasero, aunque de distinto signo.
El Consejo Nacional Electoral ya resolvió el asunto jurídico: De la Espriella nació en Colombia, es hijo de padres colombianos y la Constitución le permite tener múltiples nacionalidades sin que eso constituya una inhabilidad. El debate legal está cerrado. Lo que queda abierto es la pregunta que ninguno de los dos bandos está dispuesto a responder con honestidad: ¿desde cuándo les importa el pasaporte del otro? La respuesta sincera es que les importa exactamente desde que sirve de argumento. Eso no es patriotismo. Es táctica.
Una lealtad que se negocia por temporadas
Colombia lleva décadas produciendo este tipo de debate, en el que la identidad nacional se convierte en munición electoral y la soberanía se invoca por temporadas. El problema de fondo no es si De la Espriella juró fidelidad a Estados Unidos ni si Petro carga un pasaporte europeo.
El problema es que ninguno de los dos ha tenido que responder, con seriedad y sin cámaras, por qué esa lealtad se negocia según el momento político. Mientras ese estándar siga siendo a la carta, el debate sobre quién es más colombiano no protegerá a Colombia de nada. Solo servirá para seguir eligiendo quién merece perder.
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