Texto escrito por: Diogenes Armando Pino Sanjur
El mundo vive por estos días una auténtica catarsis colectiva con la celebración de la Copa Mundial de Fútbol 2026. Millones de aficionados se sumergen en un fenómeno de liberación emocional y desahogo social, donde el deporte se convierte en una poderosa válvula de escape que une a las personas y les permite apaciguar tensiones cotidianas, frustraciones, problemas y diferencias. En la inmensa mayoría de los países se percibe una especie de tregua social. Sin embargo, en Colombia la polarización política continúa carcomiendo el tejido social, incluso en medio de la mayor fiesta deportiva del planeta.
Más allá de la pasión que despierta el fútbol, un Mundial actúa como un poderoso motor para la economía de los países organizadores, aunque la inversión que deben realizar en la modernización de estadios, redes de transporte, aeropuertos, capacidad hotelera y espacios turísticos es cuantiosa; asimismo, los flujos masivos de visitantes impulsan fuertemente sectores como el transporte, la gastronomía, el comercio, la hotelería y entretenimiento, dinamizando la economía y generando empleo.
Las expectativas frente al gigante del norte
La Copa del Mundo 2026 en esta ocasión tiene una característica inédita: es organizada conjuntamente por Estados Unidos, Canadá y México. Desde antes del inicio del torneo, las expectativas económicas apuntaban a que Estados Unidos sería el gran ganador. Como primera potencia mundial y principal sede de la competición, se suponía que concentraría la mayor parte del gasto de los aficionados, quienes, atraídos por su infraestructura, oferta de entretenimiento y capacidad logística, elegirían el país del tío Sam como destino principal para disfrutar del evento.
No obstante, mientras las selecciones disputan en los estadios la supremacía futbolística, las ciudades anfitrionas libran una batalla paralela: la de atraer turistas, llenar hoteles, dinamizar restaurantes y captar ingresos para sus economías locales. Y aunque Estados Unidos alberga la mayoría de los encuentros, incluida la gran final, la realidad económica parece estar desarrollándose de manera diferente a lo previsto.
El fenómeno mexicano: una primavera económica
Los aficionados provenientes de distintos rincones del mundo han convertido a México en su destino preferido para vivir la experiencia mundialista. Mientras las grandes e icónicas ciudades gringas registran niveles de ocupación y consumo inferiores a las expectativas iniciales, las sedes mexicanas experimentan una auténtica primavera económica. Los aeropuertos operan con un intenso flujo de pasajeros, los hoteles alcanzan elevados niveles de ocupación y los sectores turístico, gastronómico y comercial reportan una actividad sin precedentes.
En lo que va corrido del mundial se ha evidenciado que los aficionados han convertido a las ciudades de los Estados Unidos simplemente como punto de tránsito para ver un partido, mientras que las ciudades mexicanas como su lugar predilecto de estancia durante el mundial.
Mientras evidenciamos desde ya cómo algunos sectores empresariales estadounidenses reclaman paquetes de ayuda de emergencia y desgravaciones fiscales, en México se celebra una bonanza que confirma el atractivo de una nación que ha sabido capitalizar su hospitalidad, riqueza cultural, cercanía humana, una política migratoria menos lesiva y precios considerablemente más accesibles para el visitante promedio, castigando por completo la arrogancia gringa.
Sin duda alguna, independientemente de quién levante el trofeo en la final del campeonato, existe una realidad difícil de ignorar: en el terreno económico y turístico, México ha logrado posicionarse como el gran vencedor de este Mundial. Antes incluso de que se conozca la selección campeona, el país azteca ya puede exhibir una victoria significativa en la disputa por la preferencia de millones de aficionados alrededor del mundo sobre la en otrora gran potencia mundial, los Estados Unidos.
También le puede interesar:
Anuncios.


