Alemania, el otrora motor económico e industrial de Europa enfrenta su hora más difícil.

 - Deutsche Requiem

Para Alemania la semana pasada resultó devastadora. El martes 23 un fallo en el sistema informático paralizó a la totalidad de los trenes alemanes. El viernes 26, Volkswagen informó del despido de 100.000 trabajadores. Dos acontecimientos mayúsculos que transmiten un único mensaje: la Alemania que conocíamos ya no es viable. El país que tuvo la red ferroviaria más densa y eficiente de Europa y probablemente del mundo, ya no puede garantizar su funcionamiento normal, como lo hizo a largo de siglo y medio. Incluso bajo los implacables bombardeos aéreos anglo americanos de 1944-45, la Deutsche Bahn, la empresa estatal responsable de hacerlo, se dio las mañas para seguir operando. Ni siquiera bajo esas circunstancias tan extremas se dio un colapso como el que paralizó durante todo un día su red ferroviaria. Hasta la víspera de la rendición siempre hubo un tren llegando a alguna estación ferroviaria del Tercer Reich, aunque muchas de ellas estuvieran literalmente destruidas. Puntualidad germánica. Sentido del deber luterano.

El escueto comunicado de Deutsche Bahn no hizo sino agravar las consecuencias del impacto. Se limitó a informar que se habían producido “graves problemas en el sistema de radiocomunicación ferroviaria”. En circunstancias normales, esta explicación habría bastado. Pero las circunstancias actuales son todo menos normales. Por lo que el comunicado de DB en vez de impedir estimuló las más diversas atribuciones a dicho fallo. La más socorrida: dicho fallo fue obra de un sabotaje ruso. Otro episodio de la guerra que en términos electrónicos se está librando en los principales escenarios bélicos del mundo.

El bloqueo por medios electrónicos de las defensas antiaéreas de Venezuela, el pasado 3 de enero, permitió el éxito fulminante de la operación de comandos estadounidenses, que secuestró al presidente Nicolás Maduro y a su esposa. El hackeo por los rusos de los sistemas de guiado de los drones ucranianos, permitió que se desviaran de su trayectoria e impactaran en los países bálticos y no en Rusia, como estaba programado. Los líderes políticos alemanes en el poder, así como la prensa hegemónica, llevan muchos meses atemorizando al pueblo alemán con la amenaza que representa la” Rusia autocrática de Putin” que, si consigue derrotar a la Ucrania de Zelenski, se lanzará a la conquista del resto de Europa. “¡Quieren restaurar el imperio soviético!” repiten una y mil veces. Lo hacen para dar verosimilitud y legitimidad a la decisión del canciller Fredrich Merz de invertir 100.000 millones de euros en gasto militar, con el fin de que Alemania cuente con “el Ejército más poderoso de Europa”, cuando libre la guerra contra Rusia en 2030. O acaso en 2029.

Se podría decir que son pocos años, si se toma en como referencia el hecho de que Adolf Hitler inició el rearme alemán en 1934 y que cuando desencadenó la Segunda Guerra Mundial, el 1 de septiembre de 1939, sus fuerzas armadas aún no estaban del todo preparadas. De hecho,  Hermann Goering – el enlace con el complejo industrial militar- se opuso al ataque de ese año a Polonia, con el argumento de que sólo lo estarían listos en 1943. Él daba por inevitable la intervención de Estados Unidos en el conflicto y pensaba que solo en dicho año Alemania estaría lo suficientemente preparada para hacer frente con éxito a dicha intervención. Merz - o los planificadores militares de su gobierno - deben pensar que ahora los plazos pueden acortarse, porque hoy, a diferencia de ayer, Estados Unidos es un aliado y no un previsible enemigo.

Hay sin embargo motivos para pensar que no es del todo descartable la hipótesis de que la falla catastrófica en el sistema de comunicaciones de los ferrocarriles alemanes sea producto de un ciberataque ruso. La actual evolución de la guerra de Ucrania ofrece argumentos a favor de dicha hipótesis. En los últimos meses los ataques con drones y misiles lanzados desde Ucrania contra la profundidad del territorio ruso no han hecho más que multiplicarse. De hecho, han alcanzado refinerías y otras infraestructuras energéticas y han llegado hasta la periferia de Moscú y San Petersburgo. Alimentando el crecimiento del apoyo popular a políticos y líderes de opinión rusos como el analista geopolítico Serguei Karagánov, que afirman que la paciencia estratégica de Vladimir Putin debe terminar. Ellos parten de la tesis de que la guerra de Ucrania es una guerra de la OTAN contra Rusia, que se libra en suelo ucraniano en beneficio de un objetivo estratégico definido por Washington desde hace 20 o más años: la anulación del estatus de Rusia como gran potencia y eventualmente su fragmentación.  Ucrania no habría podido sostener esta guerra durante más de cuatro años – afirman- sino hubiera contado durante todo este tiempo con la multimillonaria ayuda económica y militar de Estados Unidos y del resto de los países de la OTAN y sin su respaldo político, diplomático y mediático. Añaden, con razón, que si los drones y los misiles de precisión lanzados desde Ucrania no podrían alcanzar sus blancos en la profundidad de Rusia si no contaran con la información en tiempo real suministrada por la densa red de satélites Starlink, propiedad del hiper millonario Elon Musk, al servicio del Pentágono. Esta situación desventajosa no puede prolongarse más. La OTAN seguirá subiendo por la escalera de la escalada del conflicto si Rusia no restaura su poder de disuasión, viene a decir Karagánov. La disuasión nuclear, se entiende. Se ha hablado incluso del empleo de armas nucleares tácticas.

La OTAN seguirá subiendo por la escalera de la escalada del conflicto si Rusia no restaura su poder de disuasión

Putin no ha tomado oficialmente nota de estas críticas. Pero sí que ha permitido que se divulgue la lista de fábricas de Alemania, Francia y el Reino Unido, donde se fabrican los drones y misiles que los ucranianos utilizan para sus ataques en profundidad a Rusia. Que podrían ser atacadas, del mismo modo que los iraníes han atacado las bases militares estadounidenses en el Golfo Pérsico y en Arabia Saudita, por su participación directa en la guerra de agresión contra su país. Ambas decisiones no suponen sin embargo el fin de la estrategia de desgaste del enemigo, que ha guiado hasta la fecha las acciones militares rusas en Ucrania. Las que ha convertido un frente de 2.000 kilómetros en una versión de la guerra de trincheras que caracterizó la Primera Guerra Mundial. En Ucrania, como entonces en Flandes, la potencia de fuego de los contendientes era abrumadora y los avances y los retrocesos se miden en escasos kilómetros y, las bajas en cambio en centenas de miles. La guerra de trincheras, la guerra de posiciones en lenguaje militar, es una guerra de industrias contra industrias que, en la Primera Guerra Mundial se mantuvo hasta que se agotaron los recursos de la industria alemana.

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Dado este contexto, tiene sentido la hipótesis de que un ataque cibernético ruso fue el responsable del colapso de la red ferroviaria alemana. Contendría un mensaje sottovoce a la dirigencia alemana: no hace falta que utilicemos abiertamente armas contra vuestra industria, tenemos medios de guerra electrónica capaces de hacerle mucho daño.      

Una muy mala noticia, porque los despidos masivos en Volkswagen confirman lo que ya se sabe hace muchos meses: que la base industrial alemana experimenta la crisis más grave que haya padecido nunca desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. No porque haya sido víctima de erradas decisiones estratégicas de sus directivos sino por una cadena de decisiones equivocadas de la dirigencia política del país. El cierre deliberado de sus centrales nucleares y de las termoeléctricas alimentadas con carbón, se sumó a la prohibición de importar gas y petróleo baratos de Rusia para producir una tormenta perfecta: los altos precios actuales de la energía eléctrica en Alemania han destruido su competitividad. Los productos del que fuera, junto con Japón, taller del mundo enfrenta crecientes dificultades para colocar sus productos en el mercado mundial. Como escribió un comentarista económico del Frankfurter  Allgemeine Zeitung “Volkswagen se va a América o a China en busca de energía barata”.

El canciller Merz piensa que Alemania saldrá de la trampa si convierte su economía en una economía de guerra, en la que se cambien los cañones por la mantequilla y en la que, de nuevo como en 1939, se deje de producir Volkswagen para producir Panzer. El problema es que enfrentará a Rusia con precios de energía muy altos y sin las enormes reservas de combustibles con las que, según Goering, Alemania debía contar para, en 1943, hacer frente con éxito, a la intervención militar estadounidense en la guerra.

Termino, trayendo a cuento a otra interpretación posible del fallo que paralizó a los ferrocarriles alemanes el pasado martes 23 de junio. Fue una señal ominosa de lo mal que está ahora la base industrial de Alemania. La base indispensable para librar con éxito una guerra como la que su canciller pretende librar con Rusia.

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Por Carlos Jiménez Moreno

Arquitecto, historiador y crítico de arte. Profesor de Estética. Actualmente es director de Yemayá. Festival de artes afroamericanas de Cali. Ha publicado artículos y críticas en los diarios El País y El Mundo de Madrid, El País de Cali y La Vanguardia de Barcelona y en las revistas especializadas ArtNexus, Artishock, Arquitectura viva, Brumaria, Campo de relámpagos, El Estado Mental, Exit, Humboldt, Lápiz y m-arte. En 2010 inicio el blog dedicado a temas de arte y cultura contemporáneas: https://www.elartedehusmeardecarlsjimenez.com/ Es autor de los libros: Del espacio arquitectónico a la arquitectura como mercancía (1974), Travesía del ojo (1992), Extraños en el paraíso. Miradas al arte de los 80 (1993), Los rostros de Medusa. Estudios sobre la retórica fotográfica (2002), Retratos de memoria (2005), La escena sin fin. El arte en la era de su big bang (2013) y Expuestos al mundo. Arte Latinoamericano en la globalización (Inédito). Ha comisariado exposiciones y ofrecido conferencias sobre arte contemporáneo en España, Bélgica, Colombia, Cuba, Costa Rica, Italia, Marruecos y México.