Texto escrito por: Germán Alberto Bermúdez Ordóñez
Los ejércitos profesionales viven de una aparente contradicción: preservan cuidadosamente su tradición, pero solo sobreviven si son capaces de renovarse. La historia militar demuestra que las instituciones más exitosas no son aquellas que permanecen aferradas a sus viejas glorias, sino las que logran transmitir su experiencia a nuevas generaciones de comandantes sin interrumpir el relevo natural del liderazgo. Cuando ese proceso falla, aparece una tentación recurrente: buscar en el pasado las respuestas que el presente ya no es capaz de producir.
En Colombia ha resurgido la posibilidad de reintegrar oficiales generales retirados como una alternativa para recuperar el liderazgo de las Fuerzas Militares. El planteamiento resulta atractivo por su aparente sencillez. Si existen generales con prestigio, experiencia operacional y reconocimiento institucional, ¿por qué no devolverlos al servicio activo? La pregunta parece razonable, pero está mal formulada. El verdadero interrogante no es si esos oficiales conservan las capacidades para ejercer nuevamente el mando, sino si el reintegro constituye una política conveniente para una institución que aspira a consolidarse como una fuerza profesional.
La discusión suele centrarse en los nombres propios, cuando el verdadero problema pertenece al ámbito de las instituciones. Las Fuerzas Militares no se fortalecen porque algunos de sus antiguos comandantes regresen al servicio; se fortalecen cuando son capaces de producir, de manera continua, nuevas generaciones de líderes preparados para enfrentar desafíos diferentes a los que enfrentaron sus antecesores. La literatura contemporánea sobre sociología militar ha insistido precisamente en esta idea. La vigencia de Morris Janowitz no radica únicamente en haber explicado la profesionalización militar durante la Guerra Fría, sino en haber comprendido que el liderazgo constituye una capacidad institucional antes que un atributo individual. Las investigaciones recientes de Suzanne Nielsen y Hugh Liebert, Damon Coletta y Thomas Crosbie, así como las de Haim Yogev, Ronen Cohen y Eyal Lewin, han actualizado ese planteamiento para concluir que los ejércitos del siglo XXI requieren instituciones capaces de formar estrategas, no organizaciones dependientes del retorno periódico de antiguos comandantes.
A esta tendencia podría denominársele nostalgia estratégica: la inclinación de una organización militar a buscar soluciones para los problemas del presente mediante la recuperación de los liderazgos del pasado, en lugar de fortalecer los mecanismos que producirán el liderazgo del futuro. La nostalgia estratégica no surge por falta de buenos oficiales retirados. Surge cuando la institución pierde confianza en su propia capacidad para renovar el alto mando. Desde esta perspectiva, el reintegro de generales no constituye una solución al problema del liderazgo; constituye, más bien, un síntoma de que el sistema de formación, selección y sucesión del mando requiere una revisión profunda.
El primer riesgo de esta política consiste en alterar la lógica de la carrera militar. La profesión de las armas se fundamenta en un proceso continuo de selección y formación que prepara a cada generación para reemplazar a la anterior. El ascenso al generalato no representa únicamente un reconocimiento individual; expresa la confianza de la institución en que ese oficial encarna la continuidad del liderazgo profesional. Cuando el Estado decide reincorporar generales retirados para ocupar nuevamente posiciones de mando, el mensaje institucional resulta inevitable: el sistema no produjo oportunamente a quienes debían asumir esas responsabilidades.
La consecuencia trasciende el ámbito administrativo. La legitimidad de la carrera militar depende de la certeza de que el liderazgo será ejercido por quienes han recorrido exitosamente el proceso profesional previsto para ello. Coroneles y brigadieres generales aceptan décadas de exigencia, movilidad y sacrificio porque confían en que el acceso a los grados superiores responderá a reglas estables y previsibles. Si esas reglas se alteran mediante mecanismos extraordinarios, la institución corre el riesgo de debilitar uno de sus activos más importantes: la confianza en el sistema de sucesión del mando. El problema no reside en las cualidades de los generales reincorporados, sino en la señal que recibe toda una generación de oficiales que permanece en servicio.
Existe un segundo riesgo, aún más delicado: la politización del generalato. En toda democracia el poder civil tiene la facultad constitucional de designar el alto mando militar. Sin embargo, esa facultad adquiere legitimidad precisamente porque se ejerce sobre un sistema profesional relativamente estable. Cuando el reintegro de generales comienza a utilizarse como mecanismo para reorganizar extraordinariamente el alto mando, la percepción de autonomía profesional puede verse comprometida. No importa cuál sea el gobierno que adopte la decisión; el precedente institucional permanece. Si hoy un gobierno reincorpora generales para corregir decisiones de su antecesor, mañana otro podrá hacer exactamente lo mismo. En ese momento el generalato deja de percibirse como el resultado de una carrera profesional y comienza a asociarse con los cambios del poder político.
La experiencia comparada resulta ilustrativa. El caso más citado por quienes defienden los reintegros es el del general estadounidense Peter Schoomaker. Sin embargo, suele omitirse un aspecto esencial: su regreso al servicio activo en 2003 respondió a circunstancias absolutamente excepcionales derivadas de la transformación del Ejército estadounidense tras las campañas de Afganistán e Irak. Fue una decisión temporal, con un propósito específico y nunca concebida como una política permanente de administración del alto mando. Precisamente porque fue excepcional, el caso estadounidense confirma que las democracias consolidadas consideran el reintegro un recurso extraordinario y no un mecanismo ordinario de conducción institucional.
Más revelador aún resulta el modelo británico. El Reino Unido ha preferido aprovechar la experiencia de sus oficiales generales retirados incorporándolos a la educación superior militar, la asesoría estratégica, las comisiones de reforma y los centros de pensamiento vinculados a la defensa. El conocimiento acumulado no se pierde, pero tampoco sustituye el proceso normal de sucesión del liderazgo. La experiencia permanece al servicio de la institución sin romper la continuidad de la carrera militar.
Israel ofrece otra enseñanza significativa. Las investigaciones de Yogev, Cohen y Lewin muestran que el principal desafío del generalato contemporáneo no consiste en prolongar la vida profesional de sus comandantes más experimentados, sino en formar oficiales intelectuales capaces de producir doctrina, investigar, escribir y transformar la experiencia operacional en conocimiento estratégico. La verdadera ventaja competitiva de un ejército moderno no radica en conservar indefinidamente a sus mejores generales, sino en garantizar que cada nueva generación piense mejor que la anterior. La innovación doctrinal depende menos de la permanencia de individuos excepcionales que de la capacidad institucional para convertir el conocimiento en aprendizaje organizacional.
En sentido contrario, la experiencia turca demuestra los riesgos de alterar de manera recurrente la composición del alto mando por razones extraordinarias. Las sucesivas reorganizaciones del generalato, impulsadas por profundas tensiones entre el poder político y las Fuerzas Armadas, terminaron afectando la percepción de estabilidad de la carrera profesional y reforzaron la idea de que el liderazgo militar podía convertirse en un espacio sujeto a reconfiguraciones políticas. Las particularidades del caso turco son evidentes y no admiten comparaciones mecánicas con otras democracias; sin embargo, ilustran un principio general: cuanto más extraordinarios se vuelven los mecanismos de administración del alto mando, mayor es el riesgo de erosionar la confianza institucional.
Estas experiencias convergen en una misma conclusión. Las democracias profesionales no fortalecen sus fuerzas armadas reciclando generales; fortalecen las instituciones encargadas de producir nuevos generales. La experiencia constituye un patrimonio invaluable, pero su lugar natural se encuentra en la educación militar, la investigación estratégica, la producción doctrinal y la asesoría al Estado. El ejercicio del mando, en cambio, pertenece a quienes representan la continuidad de la profesión militar.
Desde esta perspectiva, el debate colombiano parece partir de un diagnóstico equivocado. La crisis del liderazgo estratégico no comenzó con el gobierno de Gustavo Petro ni desaparecerá automáticamente con un eventual gobierno de Abelardo de la Espriella. Durante más de una década se han acumulado problemas relacionados con la formación del alto mando, la producción doctrinal, la investigación militar, la estabilidad de los procesos de ascenso y la capacidad institucional para preparar generales capaces de enfrentar amenazas profundamente distintas a las del pasado. Pretender resolver esa crisis mediante el retorno de algunos oficiales retirados equivale a confundir sus manifestaciones con sus causas.
El desafío consiste en reconstruir el sistema que forma el liderazgo estratégico colombiano. Ello implica fortalecer la educación superior militar, incorporar la investigación y la producción intelectual como criterios de excelencia profesional, consolidar mecanismos de evaluación transparentes y desarrollar una doctrina capaz de anticipar los desafíos de la guerra contemporánea. En otras palabras, la respuesta no consiste en prolongar carreras concluidas, sino en garantizar que las próximas generaciones lleguen mejor preparadas que las anteriores.
Existe una diferencia fundamental entre preservar la memoria institucional y depender de ella. Los ejércitos profesionales honran a sus antiguos comandantes convirtiendo su experiencia en doctrina, educación y pensamiento estratégico. Los ejércitos que transforman esa experiencia en un sustituto del relevo generacional proyectan una imagen distinta: la incapacidad de producir el liderazgo que el futuro exige. La grandeza de una institución militar no reside en la posibilidad de recuperar a sus mejores generales, sino en asegurar que nunca tenga que hacerlo. Cuando el pasado pretende sustituir al futuro, el verdadero problema no está en quienes ya se retiraron; está en la necesidad de reconstruir las instituciones encargadas de formar a quienes deberán conducir la defensa nacional en las próximas décadas.
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