Con los resultados electorales, se habla de la fragmentación de los colombianos, de las múltiples fracturas de la sociedad. Entre los jóvenes, que votaron más por Cepeda y los mayores, que le apostaron a Abelardo. Entre regiones, entre centro y periferia. En la capital y en grandes ciudades, entre localidades y áreas de mayor y menor ingreso.
Pasadas las elecciones hay quienes siguen dudando de la legitimidad de los votos del adversario. Unos hablan del “voto fusil” en zonas de presencia de grupos armados. Líderes petristas atacan a Cepeda por haber reconocido el triunfo de ADLE y le tildan de traidor ya que, según ellos, hubo fraude. Tesis infundadas las dos, que pretenden desconocer el formidable valor del otro.
Difícil anticipar cómo se desenvolverá la relación gobierno – oposición antes y después del 7 de agosto. Sin embargo, cabe también la mirada a los orgullos del 21 de junio.
El primer orgullo, la fortaleza del sistema electoral colombiano. La entrega veloz de los resultados en la etapa de preconteo y la consistencia con los del escrutinio son ejemplo en América Latina. La jornada electoral, pese a desafíos de distinto orden, fue exitosa, de acuerdo con la MOE y con observadores como los de la Misión de Observación Electoral de La Unión Europea. Constreñimiento al elector, compra de votos, desafíos de orden logístico fueron eventos excepcionales que no afectan el resultado y que, desde luego, deben ser enmendados.
En segundo lugar, pese a los intentos presidenciales de deslegitimación del proceso electoral, antes y después del 21 de junio, la participación sin precedentes en un país en el que no es obligatorio votar, es una señal de robustez de la democracia colombiana. Más de 26 millones 300 mil colombianos salieron a elegir presidente. Una tasa de participación del 64.6%, la mayor en segunda vuelta desde que existe la modalidad. Sí, la diferencia entre los dos candidatos fue inferior al 1% y se habla de una “Colombia dividida”. Cierto, aunque con un rasgo común entre las dos: la decisión de apelar al voto para manifestar sus preferencias políticas. Buena noticia para todos: la jornada electoral fue, en general, pacífica.
Tercero, la valerosa aceptación de los resultados de parte de Iván Cepeda es un hito clave, que le ha provocado ataques dentro de las toldas petristas. Se ha comportado como un buen perdedor, ha legitimado el resultado electoral y se perfila como el líder de la oposición en los próximos años. Vendrán, con certeza, los rifirrafes con Petro, quien buscará abrogarse la orientación política de la izquierda. Fue notoria, también, la parte del discurso del presidente entrante en la noche del 21 de junio al afirmar que gobernaría para todos, aunque innecesaria su agresiva alusión, al final de sus palabras, a Petro y Cepeda.
Ojalá ADLE y su fórmula comprendan que no hay cheque en blanco a la hora de gobernar. El margen mínimo de ventaja no les permite un amplio espacio de maniobra en algunos ámbitos y, en sana lógica, deberán buscar caminos de moderación y pragmatismo.
Negociar mayorías en el Congreso no le será difícil en principio a ADLE.
No obstante, a la hora de aplicar la tijera en el presupuesto, la negociación con sectores sociales que se vieron beneficiados con decisiones del gobierno saliente va de la mano del riesgo de movilizaciones sociales al estilo de las del 2018-2020. Realizar cambios en la cúpula de la Fuerza Pública será discrecional del nuevo presidente, aunque la sustitución de la política de “Paz Total” lleva consigo el enorme riesgo de violación a los DDHH.
No sabemos aún que nos depara la pertenencia al Escudo de las Américas. Está por verse qué implicaciones tiene el trumpismo desaforado en un año en el que la estrella del mandatario gringo va en caída libre en los Estados Unidos. ¿Qué ocurriría con un congreso de mayoría demócrata?
Se equivocan también, desde la izquierda, quienes no aceptan que los electores eligieron presidente de derecha y que es necesaria la autocrítica en busca de una izquierda moderna, buena ejecutora, con capacidad de gobernar para todos y presta a repudiar cualquier acto de corrupción. Tiene la fuerza suficiente para ejercer la oposición dentro de la democracia
Del mismo autor Después de las urnas, una buena noticia: moderación.
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