Trayectoria, aliados, polémicas y propuestas: las similitudes que acercan a Abelardo de la Espriella con el polemico expresidente Álvaro Uribe

 - ¿Es la máscara de tigre independiente de Abelardo de la Espriella la nueva fachada del uribismo?
Texto escrito por: Giovanny Rincón Silva

Hay políticos que intentan diferenciarse de sus antecesores. Abelardo de la Espriella parece hacer exactamente lo contrario. Cuanto más se observa su trayectoria, su discurso, sus aliados y sus propuestas, más difícil resulta encontrar diferencias sustanciales con Álvaro Uribe Vélez.

No se trata únicamente de coincidencias ideológicas. Ambos han construido su figura pública alrededor de la promesa de la mano dura, el enfrentamiento permanente con la izquierda y la idea de que Colombia necesita menos Estado y más autoridad. Ambos cuentan con el respaldo de sectores conservadores, grupos religiosos cristianos y poderosos intereses económicos que durante décadas han influido en la política nacional.

Pero las similitudes van más allá de las propuestas. También aparecen en los entornos y relaciones que han acompañado sus carreras. Es un hecho público que Abelardo de la Espriella fue abogado y apoderado de Hugues Manuel Rodríguez Fuentes, alias "Comandante Barbie", condenado por promover grupos paramilitares. También se ha documentado públicamente su relación profesional con integrantes de ese entorno familiar y la adquisición de un predio proveniente de dicho círculo. Para muchos colombianos, resulta inevitable preguntarse por qué figuras asociadas a episodios tan controvertidos terminan apareciendo repetidamente alrededor de quienes hoy pretenden representar la renovación política.

Las coincidencias tampoco terminan allí. A lo largo de su carrera, Abelardo de la Espriella ha construido buena parte de su notoriedad defendiendo a personajes vinculados a algunos de los escándalos más sonados de las últimas décadas: fue abogado de David Murcia Guzmán, cabeza de DMG; participó en la defensa de miembros del Grupo Nule durante el escándalo del carrusel de la contratación en Bogotá; ejerció la representación jurídica de figuras relacionadas con el paramilitarismo, entre ellas Salvatore Mancuso (a quien terminó extrañamente apoderándose de algún dinero, según relata el mismo Mancuso); y también ha defendido a líderes religiosos y pastores envueltos en investigaciones y controversias de gran repercusión pública en medio de aparentes abusos sexuales a feligresas, incluyendo menores de edad.

Por supuesto, ejercer la defensa jurídica de una persona no convierte automáticamente al abogado en responsable de los actos de su cliente. Ese sería un argumento injusto. Sin embargo, resulta legítimo preguntarse por qué, una y otra vez, los nombres más controvertidos de la política, los negocios, los grupos armados ilegales, los grandes fraudes financieros o los escándalos de contratación pública terminan cruzándose con la trayectoria profesional de quien hoy aspira a dirigir el país.

Las similitudes con Uribe tampoco se limitan a las personas que los rodean. También aparecen en la visión de Estado que defienden. Ambos han promovido una narrativa según la cual el problema de Colombia es el exceso de regulación, la intervención estatal y las garantías sociales. Bajo esa lógica suelen presentarse propuestas orientadas a reducir el tamaño del Estado, disminuir su capacidad de intervención económica y transferir cada vez más responsabilidades al sector privado.

Sus críticos advierten que detrás de ese discurso pueden esconderse medidas que afecten directamente a los trabajadores y a los sectores más vulnerables: flexibilización laboral, debilitamiento de la seguridad social, presión para aumentar la edad de jubilación, reducción del papel del Estado en servicios esenciales y pérdida de miles de empleos públicos. En otras palabras, una visión donde el mercado adquiere cada vez más poder mientras el ciudadano común dispone de menos herramientas de protección.

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Tampoco es casualidad que ambos hayan encontrado respaldo en sectores religiosos con una importante capacidad de movilización política. Durante años, iglesias, pastores y movimientos cristianos conservadores han desempeñado un papel relevante en la construcción de bases electorales para proyectos políticos de derecha. Abelardo parece seguir exactamente la misma fórmula.

A ello se suma una marcada afinidad con sectores conservadores de Estados Unidos y con una visión geopolítica que suele colocar los intereses de Washington como referencia obligada para América Latina. Para sus seguidores, esto representa una alianza estratégica. Para sus críticos, refleja una dependencia ideológica que históricamente ha limitado la autonomía política de Colombia.

Uribe fue presentado durante años como el hombre indispensable para salvar al país. Hoy, Abelardo de la Espriella parece intentar ocupar ese mismo papel: el líder fuerte, el discurso de orden, los aliados tradicionales, el respaldo religioso, la confrontación permanente con la izquierda e insultos a sus principales líderes como el otro candidato Iván Cepeda o el propio presidente actual Gustavo Petro, y la promesa de que menos Estado resolverá problemas que el propio mercado nunca ha logrado solucionar.

Por eso, el verdadero debate sobre Abelardo de la Espriella no consiste en si es o no Álvaro Uribe. La cuestión es mucho más sencilla: ¿es realmente algo diferente? Hasta ahora, sus aliados, sus discursos, sus referentes, sus propuestas y buena parte de las controversias que rodean su figura parecen apuntar a la misma respuesta.

Abelardo no parece una alternativa al uribismo y a los sectores políticos más tradicionales del país donde él mismo quiere desmarcarse. Parece incluso su continuación más explícita.

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Por Nota Ciudadana

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