Alipio Jaramillo fue uno de los grandes muralistas del país, pero murió en el olvido, rodeado de cuadros empolvados que fueron testigos de su inagotable rebeldía

 - El mural del pintor comunista que la dictadura de Rojas Pinilla sepultó bajo doce capas de pintura en la U. Nacional

A medida que las espátulas iban removiendo la vieja pintura blanca de la pared que queda frente al auditorio Camilo Torres, en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional, coloridos rostros iban saliendo a la luz. 

Al principio quedaron estupefactos. Luego, la intuición de estar frente a un tesoro hizo que los albañiles terminaran de raspar a mano las capas de pintura blanca, con una precaución innecesaria en sus labores cotidianas, durante varios meses. Aunque nadie sabía qué encontrarían, la docena de capas de pintura y una de pañete que recubrían el mural sugerían que este llevaba escondido décadas.

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Alipio Jaramillo llegó a Bogotá con 24 años para estudiar pintura. Pero el fuerte de su formación la hizo en sus viajes por Suramérica.

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Cuando el mural finalmente quedó descubierto, la sorpresa de los trabajadores no cesó. Al contrario, se intensificó al punto de convertirse en intriga. Para todos los presentes, era prácticamente imposible reconocer la obra de un artista que había muerto en el olvido.

Los archivos históricos de la Universidad Nacional fueron los únicos testigos que dieron cuenta de su paso por el campus universitario. Se registra que en la década de los cuarenta se contrató al manizalita Alipio Jaramillo para que realizara veinte murales dentro del edificio, encargados por el decano de esos días, Rodrigo Jiménez Mejía.

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 Las pinturas de Jaramillo han gozado de una alta cotización en el mercado del arte, muestra de ello es el óleo sobre lienzo titulado "Zafra" que se vendió por $ 357 millones en una subasta en la casa Chritie´s de Nueva York.

El costo que pagó Alipio Jaramillo por negarse a negociar sus principios

Sin titubeos, Álvaro Medina, experto en arte, asegura que Alipio Jaramillo es uno de los muralistas más importantes del país. A pesar de ello, el manizalita quedó al margen de la historia del arte colombiano. El motivo fue el mismo que han padecido grandes artistas del país: el casi visceral compromiso de sus pinceladas con las clases sociales desfavorecidas.

Marta Traba, la mítica crítica de arte, fue una de las voces que se encargó  de borrar del mapa pictórico a Jaramillo, criticando fuertemente el realismo social de sus pinturas, considerando que ese estilo resultaba obsoleto. 

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Por su parte, el manizalita, quien además tenía una gran amistad con Jorge Zalamea, suegro de la argentina, reivindicó el realismo de sus obras como un medio para explorar el país en busca de esencias universales. 

Por otro lado, ese empeño por retratar a los campesinos y denunciar la explotación laboral, la violencia y el despojo de tierras tampoco fue bien recibido por la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla. El régimen calificó de corrosivos los murales de Jaramillo, que se habían convertido en un espacio de reflexión sobre la realidad del país y que, además, reforzaban el estigma que pesaba sobre la Universidad Nacional, señalada como uno de los fortínes donde se había gestado la revuelta popular del Bogotazo.

De hecho, el primer acto de persecución de la dictadura a la comunidad estudiantil fue mediante el oficio número 48, con el que ordenó remover los trabajos del muralista Alipio Jaramillo, considerando que no promovían un ambiente adecuado. En 1954, un año después de la censura al manizalita, ocurrió una de las masacres estudiantiles más brutales que ha vivido la Universidad Nacional: soldados del Batallón Colombia abrieron fuego contra tres mil estudiantes que marchaban hacía la Casa de Nariño en protesta por el asesinato del estudiante Uriel Gutiérrez. 

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Alipio Jaramillo recibió el título de Maestro de Dibujo de manos de Jorge Eliécer Gaitán, quien por entonces se desempeñaba como ministro de Educación.

La obra de Jaramillo no soportó el peso de la censura de la dictadura, que se reforzó con las severas críticas de Marta Traba. Al menos doce murales del artista se pudrieron. Otros fueron recuperados por la Universidad de Caldas. El resto quedaron sepultados por capas de pañete y pintura blanca como fue el caso de “Homenaje al campesino colombiano”.

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La dictadura sacó al artista del país. Poco a poco, todo el mundo creyó que Jaramillo había dejado de pintar. Sin embargo, su espíritu combativo seguía intacto, lejos de su tierra, mientras trabajaba con el gigante David Siqueiros y otros muralistas mexicanos. 

Luego se cansó de ser ayudante de otros artistas y se montó en un barco petrolero de regreso a Colombia. En el viaje aprendió Macumba, la religión espiritista brasileña. Se instaló en una casa que también era su taller cerca de la Universidad Nacional, donde consiguió trabajo como profesor de Artes Plásticas. 

En medio de decenas de cuadros arrumados y cubiertos de polvo que hablan de la sofocante rebeldía que nunca lo abandonó, Jaramillo se murió a los 86 años en medio de un silenció aturdidor que ni siquiera internet registró. Los buscadores, en lo que pareciera una broma cruel, le siguen llevando la cuenta de los años: 113. 

El 31 de marzo de 2025 el edificio de Derecho abrió sus puertas para que la comunidad universitaria pudiera volver a ver los restos del mural de Jaramillo. En arte, sin duda, más vale tarde que nunca.

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