Texto escrito por: Jaime Vélez Guerrero
El candidato presidencial colombiano Abelardo de la Espriella, identificado con posiciones de extrema derecha y una visión política que diversos sectores califican como autoritaria, logró avanzar a la segunda vuelta electoral. Sin embargo, llega a esta instancia acompañado de una imagen cuestionada por actuaciones consideradas arbitrarias y por conductas que, según la opinión pública, resultan incompatibles con los principios de la tolerancia democrática.
Hipotéticamente, si llegara a ocupar la primera magistratura del Estado, su administración podría representar un factor de riesgo para la estabilidad institucional del país. De acuerdo con sus críticos, su concepción del ejercicio del poder estaría marcada por una tendencia a privilegiar decisiones basadas en situaciones de hechos antes que en el respeto estricto del ordenamiento jurídico. En ese sentido, su actuación se orientaría más hacia criterios fácticos que en principios de jure, lo que eventualmente debilitaría los cimientos democráticos.
Bajo ese escenario, Colombia podría ingresar en una etapa de progresiva inestabilidad estatal, caracterizada por el deterioro de la seguridad jurídica, la pérdida de confianza ciudadana y el debilitamiento de los mecanismos de gobernabilidad. Esta dinámica conduciría al país por una senda regresiva, con efectos negativos para el desarrollo nacional, la consolidación de políticas públicas de largo alcance y la ejecución de proyectos estratégicos esenciales para el progreso económico y social.
Llama particularmente la atención su visión sobre el fenómeno del narcotráfico, centrada principalmente en acciones de fuerza y bombardeos como respuesta prioritaria. Tal enfoque desconoce la complejidad estructural del problema y las múltiples variables económicas, sociales y geopolíticas que intervienen en su desarrollo. Algunos analistas consideran, además, que dicha postura busca alinearse estrechamente con las políticas impulsadas por el presidente estadounidense Donald Trump, circunstancia que podría comprometer la autonomía de Colombia en la definición de asuntos relacionados con la soberanía nacional.
Por otra parte, su lenguaje frente a los adversarios políticos ha sido señalado por su dureza y beligerancia. Con frecuencia descalifica posiciones divergentes, lo que transmite una impresión de inflexibilidad y escasa disposición al diálogo. Esa conducta, según analistas, no solo se manifestó en el debate público, sino también durante su etapa como litigante penalista, cuando protagonizó confrontaciones verbales con personas vinculadas a procesos judiciales, incluso fuera de los escenarios formales de la administración de justicia, incurriendo en comportamientos incompatibles con los deberes de lealtad procesal, decoro profesional y ética forense que orientan el ejercicio de la abogacía.
En términos del Estado de derecho, el eventual gobierno de de la Espriella sería interpretado como un punto de inflexión en el que la balanza entre legalidad y discrecionalidad podría inclinarse de manera peligrosa, dejando el marco normativo expuesto a tensiones de difícil contención. Además, su posicionamiento político no respondería a condiciones propias de un estadista, sino al respaldo de equipos especializados en manipulación digital, que lo proyectan en calidad de supuesto solucionador de todos los problemas sociales, cuando en el fondo se trataría de una expresión neopopulista.
Este personaje oscuro es más que Narciso: un orate que ha convertido su propio yo en refugio y templo de la vanidad. Se envuelve en perfumes costosos a manera de coronas invisibles; exhibe zapatos bruñidos a modo de trofeos de conquista y un pantalón impecable como manto real. El cuerpo se vuelve altar, y él mismo, el sacerdote que oficia el culto.
Habita un espejo infinito en el que todo gesto encuentra reflejo y toda palabra regresa convertida en elogio. Vive cautivo de una imagen que no deja de contemplar. Y si algún día llegara a gobernar a Colombia, podría envolver a la nación en la anarquía, la incertidumbre y el desconcierto; pero incluso entonces hallaría motivo para el deleite, pues en medio del caos descubriría otro eco en el que seguir admirándose.
Lo más detestable, sin embargo, no sería únicamente su desmesura, sino la existencia de políticos que corren tras él como una jauría obediente, aullando consignas de respaldo y disputándose el privilegio de rendirle pleitesía. No obedecen a una idea ni a una causa: persiguen un reflejo. Mientras se expande la sombra del personaje, se alargan también las de aquellos que, renunciando a su propio criterio, buscan cobijo bajo el resplandor artificial de su vanidad.
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