Yo creo que lo que menos esperaba el presidente Trump era que alguien como Robert Kagan desmintiera sus repetidas proclamas de victoria en la guerra que, sin más apoyo que el del tóxico primer ministro israelí, desencadenó contra Irán. Porque si algo se asocian el nombre y la figura de Kagan es al Proyecto del Nuevo Siglo Americano, puesto en marcha al final del siglo pasado, con el propósito explícito de convertir al siglo XXI en el Siglo Americano. A él, a William Kristoll, a Paul Wolfowitz y al resto de los destacados intelectuales neoconservadores que adhirieron al Proyecto, les parecía poco lo que Estados Unidos de América había logrado, en términos de poder a escala planetaria, con la Caída del Muro de Berlín y el desplome de la Unión Soviética. Querían todavía más poder del que habían ganado de golpe con el colapso de su adversario histórico. Querían deshacerse de todas las restricciones al ejercicio ilimitado del poder imperial, impuestas durante la Guerra Fría por el indudable poder de la Unión Soviética. Incluidos los regímenes nacionalistas del Medio Oriente, que lograron defender con éxito la independencia y soberanía de sus respectivos países, tanto por la importancia estratégica de sus enormes reservas de petróleo, como porque la sola existencia del poder soviético limitaba el poder estadounidense. Le obligaba a las concesiones y a las transacciones. Al Quid pro quo. En aquellos años para los disidentes siempre había otra opción.
Por eso no sorprende que Kagan haya utilizado la prestigiosa tribuna del New York Times para adelantar con sus artículos una abrumadora campaña a favor de la guerra contra Iraq, en la que puso a circular tópicos que hoy todavía resuenan: “amenaza para la paz mundial”, “armas de destrucción masiva”, apoyo a organizaciones terroristas”. Reuel Mara Gerechy, miembro igualmente del Proyecto, enmarcó la guerra contra Iraq en el propósito más general de imponer al mundo la hegemonía indiscutible de Estados Unidos: “No tenemos otra opción que volver a inculcar en nuestros enemigos y amigos el miedo que acompaña a cualquier gran potencia (…) Solo la guerra contra Sadam Hussein restaura de manera decisiva el respeto que protege a los intereses estadounidenses en el extranjero y a los ciudadanos en el país”. Son afirmaciones que, si cambiamos Iraq por Irán, suscribiría hoy mismo Pete Hegseth, el secretario de guerra del presidente Trump, quien afirma con razón que la política de hoy de su gobierno obedece a este principio: “La paz por la fuerza”. También pueden hoy darlas por verdaderas los “amigos” de Estados Unidos: Alemania, Canadá, Corea del Sur, Japón y otros tantos países a quienes el presidente Trump ha sabido inculcarles “el miedo que acompaña a cualquier gran potencia”.
Hay analistas y académicos estadounidenses que discuten si el Proyecto de un nuevo siglo americano, fue tan influyente como dicen que fue sus apologistas y partidarios. Me parece una discusión superflua, porque el hecho indiscutible es que durante los 25 años largos transcurridos desde la primera proclama del Proyecto, la política exterior de Estados Unidos se ha mantenido fiel a los objetivos definidos por sus autores. Robert Kagan, incluido. Después de Iraq, vinieron Libia, la segunda guerra de Afganistán, Yemen, Somalia, Palestina, Siria y ahora Irán. Esas “guerras interminables en el extranjero”, cuyos desaforados costos financieros tanto contribuyeron a que Donald Trump ganara elecciones prometiendo que él desde la presidencia les pondría fin de una vez por todas.
Ya ni siquiera el propio Trump se acuerda de su promesa electoral de “poner fin en 24 horas a la guerra de Ucrania”. La guerra cuya autoría él atribuye a Joe Biden, cuando su autora intelectual fue Victoria Nuland, responsable de política exterior para asuntos europeos durante el gobierno de Obama. Ella, cabe subrayarlo, es copartidaria y esposa de Kagan. No sé si ella está o no de acuerdo con el artículo que su marido publicó el pasado 10 de mayo en la influyente revista The Atlantic. Pero de lo que si estoy seguro es que es lo suficientemente inteligente como para darse cuenta que el mismo es el certificado de defunción de las esperanzas que alimentaron el Proyecto del siglo americano. El proyecto que echó a andar la guerra contra Iraq y que hoy se está ahogando sin aparente remedio en el Estrecho de Ormuz. Su título no puede ser más demoledor: Checkmate in Iran. Washington can´t reverse or control the consequences of losing this war. Jaque mate en Irán. Washington no puede revertir ni controlar las consecuencias de estar perdiendo esta guerra.
Su título no puede ser más demoledor: Jaque mate en Irán. Washington no puede revertir ni controlar las consecuencias de estar perdiendo esta guerra.
Dos anotaciones antes de pasar a citarlo directamente. La primera: el Jaque mate del título trae a cuento inevitablemente el título de la Biblia de los neoconservadores: El gran juego. La primacía americana y sus imperativos geoestratégicos, un libro publicado en 1997 por Zbigniew Brzezinski, quien fuera asesor de seguridad nacional del presidente Jimmy Carter. Lo que Kagan sugiere es que las consecuencias adversas del jaque mate al que se refiere no se limitan al escenario de la guerra de Irán. Para él, la derrota en Irán equivale al jaque mate en el Gran juego de ajedrez por el control de Eurasia que, con su libro, Brzezinski propuso que Estados Unidos jugara. O, mejor, que continuara jugando, porque, de hecho, ya estaba haciendo desde cuando, en los años 80 del siglo pasado, decidió apoyar con todos los hierros a la insurgencia de los islamistas radicales en Afganistán. El corazón de Eurasia, el tablero donde, en el siglo XIX, jugaron el imperio británico y el ruso su gran juego.
La segunda llamada de atención es sobre el subtítulo. Kagan atribuye la derrota a Washington, la sede del poder imperial, y no meramente a Donald Trump, como cabria esperar de cualquier líder del partido demócrata dispuesto a sacar ventaja electoral de la conducción temeraria de dicha guerra por Trump. Kagan parece consciente de que, si Trump se embarcó en la muy riesgosa aventura de la guerra de agresión contra el país persa, fue por su obediencia a la estrategia para el Medio Oriente, esbozada en el Proyecto del nuevo siglo americano. La guerra contra Irán responde a la misma estrategia que produjo el resto de las guerras en dicha región. Es su inevitable corolario. Así como la agresiva política de Trump de chantajear y extorsionar a sus “amigos” es la consecuencia inevitable de la invitación de los neoconservadores a deshacerse completamente de todas las restricciones a las que tuvo que someterse la voluntad imperial americana durante la Guerra Fría. Las Naciones Unidas, los Derechos Humanos, el derecho internacional, el respeto a la independencia y la soberanía nacional, etcétera.
Para concluir leamos a Kagan: “Resulta difícil imaginar una época en la que Estados Unidos sufriera una derrota total en un conflicto, un revés tan decisivo que la pérdida estratégica no pudiera repararse ni ignorarse”. Tras la derrota en Irán “no habrá un retorno al status quo anterior, ni un triunfo estadounidense definitivo que deshaga o supere el daño causado”. “Con el control del Estrecho de Ormuz, Irán emerge como un factor clave en la región y uno de los actores claves en el mundo”. “El conflicto ha revelado un Estados Unidos poco confiable e incapaz de terminar lo que empezó”.
Así es.
Del mismo autor: Irán tiene la razón
Anuncios.


