Texto escrito por: Gilma Usuga Cardona
El caso de Yulixa Toloza, quien perdió la vida tras someterse a una cirugía estética en una clínica de garaje en Bogotá y cuyo cuerpo fue sacado del lugar de la intervención al caer la tarde del 13 de mayo, llevado y enterrado con la complicidad de la noche en zona rural de Apulo, a unos 100 km al suroccidente de la capital del país, ha conmocionado a miles de colombianos que hemos seguido su historia y el fatal desenlace de lo que en algún momento pudo ser la realización de un sueño maravilloso para ella: lograr ese cuerpo que la sociedad en conjunto le pintó.
Duele ver cómo cientos de niños, jóvenes, adolescentes y aun adultos, pierden la paz, la confianza, la autoestima y en este caso la vida, porque se sienten lejos de los estándares de armonía y estética señalados una y otra vez a través de contenidos emitidos por las redes sociales y múltiples canales.
Y es que, de alguna manera, todos hemos querido ser bellos. Porque con la vida hemos ido aprendiendo a conceptualizar la armonía física como pretty privilege (privilegio de belleza), ese conjunto de ventajas tangibles e intangibles que la sociedad otorga a las personas percibidas como físicamente armoniosas y atractivas. Un fenómeno que influye de manera directa e indirecta en las interacciones y el éxito personal y profesional.
De alguna manera lo hemos visto: el atractivo físico puede facilitar la contratación, el acceso a promociones, beneficios, servicios e incluso incidir en un salario más alto. En últimas, se trata de un mecanismo de poder, porque se asume que las personas con una apariencia más atractiva, según los cánones de estética, poseen un halo mágico para abrir puertas, atraer miradas y posiciones, lo que las convierte de manera automática en personas de alta competencia.
La socióloga Catherine Hakim define la belleza y el capital erótico como una forma de poder que incluye el encanto, la vitalidad y el estilo. A diferencia del “capital cultural”, la belleza no depende de la preparación, convirtiéndose en una ventaja subversiva en las relaciones sociales.
Hasta aquí parece claro. Pero, ¿somos conscientes de que, aunque la belleza funcione como un recurso que abre puertas, también es una construcción social sujeta a valores y preceptos específicos de cada época?
Comprender esto es fundamental para el bienestar emocional de los que habitamos el mundo actual. Lo que hoy se percibe como ideal puede no haberlo sido en el pasado —y probablemente no lo será en el futuro—. La historia de la belleza es, en realidad, la historia de cómo las sociedades se miran a sí mismas. Por todo eso, es oportuno revisar el culto a la apariencia que nos inunda de mensajes sobre la perfección del cuerpo humano y las secuelas que este fenómeno está generando hoy en términos de salud mental.
Más allá de las acciones en materia de acreditación de clínicas y centros de estética, que es urgente inspeccionar, más allá del control al mercado clandestino de centros que operan sin licencia ni personal capacitado, que es necesario revisar y clausurar; se hace imperativo que en la casa, en la escuela, el colegio y los medios, volvamos a lo esencial: entender que la belleza no se limita únicamente a la perfección del aspecto físico. El bienestar emocional, la salud integral y el cuidado de la persona en su totalidad cobran cada vez más relevancia frente a la presión social.
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