Los niños y los jóvenes de este siglo viven en un mundo globalizado, veloz, un poco confuso y hedonista. No es claro para que ellos quien manda a quien. Parece ser que los padres de esta generación le tienen miedo a traumatizar a sus hijos o a reprimirlos. Talvez porque a muchos de ellos les hizo daño su crianza que fue más autoritaria y restrictiva. Estos padres se encuentran confundidos al igual que ocupados y han optado por ser cercanos a sus hijos siendo permisivos e hipercomplacientes en el proceso. La obediencia ya no se practica y el respeto a los padres es algo del pasado. Otros padres quieren vivir cómodamente sin tener conflictos con los hijos y optan por darles a sus niños lo que sus corazones deseen. Hay otra categoría de padres que no ha alcanzado la madurez y siguen en la búsqueda de sus propias identidades. Es poco el tiempo y la energía que les queda para organizar y guiar a sus retoños. Si le sumamos a esto un mundo bombardeado por estímulos de toda clase, el resultado es un niño abandonado a su suerte y a la de una sociedad consumista e individualista que los incita a la gratificación inmediata.
La disponibilidad de aparatos tecnológicos les permite también conectarse literalmente con información de todo el mundo de manera casi instantánea. Son estos aparatos los que están educando a nuestros hijos. Lo que reciben vía tecnológica no es exactamente benéfico para ellos. Aprenden de todo más temprano sin tener la capacidad de entenderlo e implementarlo correctamente. También con esto llega el aislamiento y la falta de sentido de comunidad y de redes sólidas de afecto y solidaridad.
Es el momento de implementar una disciplina que contenga reglas claras y límites sólidos
En tiempos como estos cuando todo está patas arriba y lo que impera es una cultura de antivalores, es cuando los padres debemos actuar y ser claros y firmes. Es el momento de implementar una disciplina que contenga reglas claras y límites sólidos. Todo esto debe venir acompañado de mucho respeto y amor. Tenemos que volver a recuperar el valor del esfuerzo continuado, del respeto por el prójimo, de la honestidad, la lealtad y la compasión por los más desvalidos. Tenemos que inculcarles valores positivos a nuestros hijos y no dejar que el temor nos detenga en nuestra tarea formativa.
Ante problemas grandes, soluciones contundentes. No podemos olvidar que el mejor ingrediente del amor es el respeto. Hay que recuperarlo a como de lugar. Papás, toca ser guías de sus hijos y buenos modelos a imitar. Es hora de mostrarles cuál es el camino correcto a seguir y esto se hace implementando una disciplina firme con rutinas, consistencia y consecuencias relacionadas con los actos. Se sabe que la organización y la claridad ayudan también a organizar el pensamiento y más adelante las actuaciones de nuestros hijos. Tengamos la valentía de decir “no” cuando toca, démosle a nuestros niños el puesto que deben ocupar. No son nuestros ni iguales, son nuestros hijos que deben seguir nuestras órdenes y nuestras directrices. ¡Solo así combatiremos el caos y la confusión! La familia da fuerza solo cuando organiza armoniosamente y da pautas claras de una sana convivencia.
De la misma autora:Cómo estimular la autoestima positiva en los hijos
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