Vivimos tiempos supremamente difíciles con efectos en todos los campos de nuestra vida. Sin embargo, como consecuencia de una compleja mezcla de factores, sucede que la lucha por nuestra sobrevivencia termina por nublar las cosas más evidentes, moviéndonos a actuar como si nada estuviera sucediendo, en una especie de autoengaño. Creemos que lo que ocurre es completamente normal, o, quizás, para estar tranquilos, queremos creerlo.
La decencia, las buenas maneras, el sentido de la justicia y el respeto, los valores con los que fuimos educados son cosa del pasado. Solo cuentan cuando se trata de interpretar la comedia, cuando quieren hacernos creer que todavía existen y se practican. La realidad es que los intereses son lo que determinan todo y que la moral bien puede interpretarse con una serie infinita de variantes. Preguntarse por el verdadero sentido de las verdades intocables mueve a escándalo.
Menciono, casi por provocar, una de ellas. La democracia, la idea del gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, el sistema político casi perfecto cuyo brillo permite acusar a otros de dictadura. En los Estados Unidos, el ejemplo de régimen democrático por excelencia que inspira a todos en el continente, las elecciones son una disputa entre los más grandes consorcios económicos que aportan millones de dólares a uno u otro candidato.
Y su resultado material tangible hoy es la presidencia de Donald Trump, un apostador financiero que aprovecha personalmente las medidas económicas o bélicas que adopta, para ganar personalmente centenares de millones de dólares. Y que, siendo presidente, recién demandó al departamento del tesoro de su propia nación por 10.000 millones de dólares, alegando filtraciones no autorizadas de sus declaraciones de impuestos durante el tiempo de su primer mandato.
Nunca nadie se atrevió a tanto con el fin de enriquecerse. Según las recientes grabaciones del denominado Honduras gate, Trump cobró alrededor de 450 millones de dólares por el indulto que concedió al expresidente de Honduras Juan Orlando Hernández, con quien, según los mismos audios, acordó, de la mano de Netanyahu y Milei, un proyecto comunicacional para desprestigiar las alternativas progresistas del continente, a fin de promover gobiernos de ultraderecha.
Ya en mayo de 2024, siendo candidato a la presidencia, recibió una condena penal por 34 delitos graves, relacionados con su intento de ocultar su responsabilidad en un asunto de abuso sexual. Pese a lo cual fue elegido presidente. Y no fue a la cárcel sólo porque un juez resolvió concederle, comenzando este año, una sentencia de descarga incondicional, gracias a la quedó en libertad, aunque que la condena quedó en firme, con los respectivos antecedentes penales.
Ese personaje, durante su segundo mandato, cuenta con el control total sobre el Congreso de su país,
Ese personaje, tal y como han demostrado los acontecimientos durante su segundo mandato, cuenta con el control total sobre el Congreso de su país, además del de las máximas cortes judiciales que podrían limitar sus poderes. Gracias a ello, puede hacer lo que le venga en gana. Apropiarse del canal de Panamá, apoyar el genocidio de Israel en Gaza, bombardear a Venezuela y secuestrar su presidente, asesinar 168 niñas en Irán, matar a su máximo líder y arrasar como quiera ese país.
Además, como si no significara nada, asegurar que las normas del derecho internacional, las Naciones Unidas y las cortes supranacionales no significan nada para él. Que su única guía es el criterio de su moral. Moral que todo el planeta conoce muy bien, gracias a las revelaciones del escándalo de Jeffrey Epstein, las que, pese a la máxima depuración a las que han sido sometidas, revelan la mezcla de pedofilia, crímenes y hasta canibalismo de sus autores.
El resultado de semejante degradación salta a la vista. La única medida válida para las relaciones entre los seres humanos y los pueblos es la fuerza bruta, la imposición, el sometimiento. El débil carece de derechos, puede hacerse con él lo que se quiera, despreciarlo y rebajarlo, como lo hace Trump al referirse a Somalia y otros pueblos. Se trata, ni más ni menos, del modelo a seguir. El que aspiran a implementar los distintos voceros de ultraderecha en el continente.
Y en Colombia. En donde aún no salen de su asombro por lo que les ocurrió. Llegó a la presidencia un tipo que pensaba muy distinto a ellos. Contra el que se rebelaron las mayorías políticas en el Congreso de la República. Contra cuyos proyectos fallaron todas las Cortes. Al que sancionó el propio gobierno de los Estados Unidos. Al que acusaron de todo sin probarle nada. Y al que muy probablemente sucederá otro todavía más limpio e íntegro que él.
No quieren permitirlo. Seguro que si ganan Abelardo o Paloma no habrá fenómeno del Niño. Si triunfa Cepeda, afirman, será por los votos de Mordisco, Calarcá y otras bandas. Seamos sensatos, somos una porción de humanidad que aspira a un mundo mejor, construido trabajosamente por todos.
Del mismo autor:¿Quién puede temerles hoy a los comunistas?
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