Texto escrito por: Cristian Camilo Rendón Hoyos
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En Medellín las motos dejaron de ser un medio de transporte para convertirse en una extensión del ego. Ya no se compran para ahorrar tiempo; se compran para hacer ruido, levantar miradas y, en algunos casos, desafiar descaradamente la lógica y la muerte.
Mientras la ciudad despierta entre montañas, el ¡Brum, brum! de un mofle alterado anuncia que comenzó la competencia clandestina diaria por ver quién llega primero al próximo semáforo o al próximo quirófano. Según cifras de la Secretaría de Movilidad, en Medellín se atienden entre 120 y 140 siniestros viales con lesionados cada día.
Además, las cifras son tan brutales que parecen inventadas. Durante 2025 murieron 137 motociclistas en las vías de la ciudad; ciento treinta y siete personas que salieron de casa pensando que regresarían. Y en lo corrido de 2026 ya van 43 conductores de moto fallecidos. Como si el asfalto tuviera hambre y la ciudad le alimentara víctimas en cuotas de 24 horas. Exceso de velocidad, embriaguez, maniobras peligrosas e imprudencia son algunas de las causas, sin mencionar esa absurda sensación de inmortalidad que muchos sienten apenas llevan a fondo el acelerador.
La escena barrial ya es patrimonio cultural no declarado: casco colgado en el brazo como accesorio decorativo, iPhone 17 Pro Max en una mano y el manubrio sostenido milagrosamente con la otra. El retrovisor apuntando al cielo —o simplemente retirado para que la moto se vea más “mela”—, las direccionales como piezas ornamentales y el semáforo en rojo que parece más una sugerencia filosófica que una norma de tránsito.
La adolescencia también cambió sus prioridades. Ya no se sueña con graduarse; ahora el rito de iniciación es llegar al prom en una NMAX, una Kawasaki o una NKD con luces LED que iluminan más que el arbolito de navidad. Resolver el Teorema de Pitágoras perdió prestigio frente a la capacidad de hacer sonar el mofle como si fueran las turbinas de un avión despegando.
Y mientras tanto, las estadísticas siguen creciendo silenciosamente. Porque detrás de cada “azote en la moto”, muchas veces termina existiendo una madre en una sala de urgencias o una silla vacía en la mesa. La cultura motera no debería medirse por quién corre más duro o quién levanta la llanta en plena avenida. Debería medirse por quién llega vivo a casa. Porque el verdadero lujo no es una moto de alto cilindraje: es poder volver a abrazar a la familia después de cada recorrido.
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