Texto escrito por: Carlos Lagos Campos
Las grandes obras de infraestructura no fracasan únicamente por falta de recursos. A veces fracasan porque el diseño político termina desconectado del diseño urbano. Y eso es precisamente lo que empieza a asomar detrás de la discusión sobre el Regiotram del Norte.
En apariencia, el debate parece financiero: quién pone la plata, quién incumplió reuniones, quién tiene la competencia. Pero el verdadero problema es otro. Lo que está en juego no es solamente un tren regional, sino el modelo de integración metropolitana entre Bogotá y Cundinamarca.
El Conpes 4190 estableció que la Nación asumiría el 81,6 % de la financiación, lo que permitió salvar el proyecto presupuestalmente, pero Bogotá dejó de ser socio financista directo. En infraestructura, quien financia termina definiendo el rumbo. Esto implica que el Distrito pierde capacidad de veto sobre aspectos sensibles: materiales, tecnología e incluso la gobernanza operativa y la integración con la tarjeta TuLlave.
La discusión se vuelve estructural: ¿puede una ciudad mantener control sobre un sistema de movilidad que atraviesa su territorio, pero cuya capacidad de decisión quedó en otra instancia? A esto se suma el choque por las 54 observaciones técnicas planteadas por el Distrito. Mientras el Gobierno Nacional insiste en que el proyecto es viable, Bogotá advierte que licitar sin resolver puntos críticos —como los cruces en la Calle 100 o la Autonorte— podría convertir el tren en una barrera urbana.
El concejal David Saavedra ha insistido en que el Distrito tenía listos los $2,3 billones para participar, pero el Gobierno Nacional expidió el Conpes “a las carreras”. “La manera de resolver las falencias técnicas no es excluyendo a Bogotá, sino trabajando de manera articulada”, advirtió Saavedra.
Aparece entonces el verdadero fantasma: la obra a medias. No porque el tren no funcione, sino porque funcione desconectado de la ciudad. Un Regiotram sin integración eficiente con la Primera Línea del Metro no sería una red articulada, sino dos sistemas coexistiendo sin diálogo. La paradoja es evidente: mientras el Gobierno cuestiona la altura del viaducto del Metro, algunos tramos del Regiotram contemplan pasos con mayores afectaciones urbanas.
En este contexto, la mesa técnica entre el alcalde Carlos Fernando Galán, el gobernador Jorge Emilio Rey y el Ministerio de Transporte es vital. El riesgo ya no es perder el proyecto; el riesgo es construir un tren que atraviese Bogotá sin integrarse realmente a ella.
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