Texto escrito por: Martín Rafael López González
Mayo, mes de la afrocolombianidad, no debería reducirse únicamente a una celebración folclórica de bailes, tambores o gastronomías. Es, sobre todo, un tiempo para la memoria histórica; una invitación a mirar las profundas heridas que dejó la trata trasatlántica de africanos y las múltiples formas de resistencia que surgieron en medio de la violencia colonial. Las Naciones Unidas, con excepción de USA, Israel y Argentina, han reconocido la esclavitud y la trata trasatlántica como uno de los crímenes más graves cometidos contra la humanidad, no solo por la magnitud del horror, sino porque sus consecuencias sociales, raciales y económicas continúan presentes en nuestras sociedades contemporáneas.
El océano Atlántico y el mar Caribe no fueron únicamente rutas comerciales. Fueron también cementerios sin tumbas, archivos líquidos del sufrimiento humano y escenarios de resistencia. Durante siglos, millones de africanos fueron arrancados de sus territorios y transportados hacia América en barcos esclavistas. Muchos murieron durante la travesía; otros fueron arrojados vivos al mar, como ocurrió en la tristemente célebre Masacre del Zong ocurrido el 29 de noviembre y los primeros días de diciembre de 1781, cuando más de ciento treinta africanos esclavizados fueron lanzados al océano para que los propietarios del barco pudieran cobrar el seguro de la “mercancía” perdida. Los tiburones que seguían las embarcaciones negreras terminaron convirtiéndose en símbolo macabro de aquella ruta de exterminio entre África occidental y América.
Pero el mar no solo guardó muerte. También conservó memorias, lenguas, espiritualidades y formas de resistencia que sobrevivieron al horror de la travesía atlántica esclavista. En el Caribe colombiano esas memorias llegaron a puertos como Riohacha, Dibulla y las costas perleras del Cabo de la Vela y Cubagua, territorios donde el saqueo colonial transformó profundamente el paisaje humano del Caribe.
Cubagua, el Cabo de la Vela, y posteriormente Riohacha, fueron enclaves fundamentales de riqueza para la Corona española y para la Iglesia de Roma, dentro del orden colonial legitimado por los Reyes Católicos y el papa Alejandro VI. De aquel saqueo provenía parte de las inmensas toneladas de perlas extraídas de estas costas, obtenidas al altísimo precio del exterminio y la esclavización de los pueblos originarios.
La brutal explotación de indígenas dedicados al buceo de perlas produjo una mortandad tan elevada que la colonia recurrió progresivamente a la importación forzada de africanos esclavizados para reemplazar la mano de obra destruida por el propio sistema colonial. Así, el Caribe dejó de ser únicamente un espacio de intercambio marítimo para convertirse también en escenario de despojo, destierro y tráfico humano.
En 1565, según documenta la historiadora María Cristina Navarrete, una flotilla de corsarios ingleses arribó a Riohacha con más de mil africanos esclavizados para su venta. Bajo amenaza de incendiar el poblado, las autoridades y vecinos negociaron durante días el intercambio de seres humanos por oro y perlas. El episodio revela cómo el Caribe guajiro quedó tempranamente incorporado al engranaje económico de la trata trasatlántica. Las mismas aguas que enriquecían a la Corona con perlas y metales preciosos eran también rutas del destierro africano y de la deshumanización colonial.
La explotación de las pesquerías de perlas en Riohacha no solo dejó muerte y enriquecimiento colonial. También produjo resistencia. La más grave rebelión de esclavizados registrada en las granjerías perleras ocurrió el 6 de agosto de 1603, día de la Transfiguración del Señor. Según un informe enviado al Consejo de Indias por el procurador Pedro de Peralta, cerca de cuatrocientos cincuenta africanos esclavizados —entre pescadores de perlas y hombres y mujeres del servicio— se levantaron contra las autoridades coloniales armados con lanzas, arcos, flechas, cuchillos, machetes y espadas obtenidas clandestinamente.
Su objetivo era acabar con los mayordomos y responsables del régimen de explotación impuesto en las pesquerías. Durante el levantamiento fue muerto a lanzadas Pedro de la Vera, mayordomo del capitán Agustín Delgado. La reacción de las autoridades fue inmediata, reflejo del temor permanente que las élites coloniales sentían frente a posibles insurrecciones de africanos esclavizados en el Caribe.
Este episodio demuestra que el mar Caribe no solo conserva la memoria del sufrimiento afrodescendiente, sino también la de su rebeldía. Los mismos hombres obligados a sumergirse diariamente en busca de perlas para enriquecer a la Corona española fueron capaces de organizar formas colectivas de resistencia contra el orden colonial.
Sin embargo, la historia posterior de La Guajira terminó privilegiando una narrativa predominantemente indígena del territorio, invisibilizando muchas veces la presencia africana que también participó en la construcción económica, humana y cultural del Caribe guajiro. Reconocer esta dimensión no significa desconocer la profundidad histórica del pueblo Wayuu, sino comprender que las identidades del Caribe fueron moldeadas por complejos procesos de encuentros, fugas, mestizajes y resistencias compartidas.
El valle del río Ranchería, ruta histórica del cimarronaje africano, se convirtió en un espacio de contacto permanente entre indígenas, africanos fugitivos y poblaciones no europeas. Allí emergieron nuevas formas de organización económica y social ligadas al pastoreo, al intercambio y a la supervivencia en medio de la violencia colonial. Muchas de las huellas afrodescendientes terminaron diluidas en el relato dominante de la región, aunque todavía sobreviven en prácticas culturales, formas de parentesco, economías pastoriles y memorias orales del Caribe guajiro.
Reconocer estas memorias cruzadas implica descolonizar la mirada histórica. Significa admitir que el Caribe colombiano no fue construido por identidades puras, sino por pueblos sometidos a enormes violencias coloniales que aprendieron a resistir, mezclarse y reinventar la vida desde la adversidad.
La afrocolombianidad en La Guajira no es un anexo marginal de la historia regional. Es una memoria sumergida en las aguas del Caribe, en las rutas del cimarronaje, en las pesquerías de perlas y en las luchas de quienes resistieron al sistema colonial. Las aguas del Caribe guardan así una doble memoria: la del dolor y la de la resistencia.
También le puede interesar:
Anuncios.

