Texto escrito por: Camilo Ferreira
El 5 de mayo, en el puerto nariñense de Tumaco, el gobierno celebraba la llegada de 329 piezas arqueológicas repatriadas desde Chile: figuras, cerámicas y objetos pertenecientes a la cultura tumaca que habían salido del país décadas atrás. En medio de esta ceremonia, el presidente Gustavo Petro añadió una nota amarga: Alemania había bloqueado la devolución de aproximadamente 140 piezas de la cultura de San Agustín, una de las civilizaciones precolombinas más antiguas y enigmáticas de América del Sur, cuyos vestigios se concentran en el macizo colombiano, entre el Cauca y el Huila. Las piezas (estatuas, esculturas funerarias y objetos rituales) fueron sacadas del país por un ciudadano alemán antes de la Primera Guerra Mundial y hoy reposan almacenadas en las bodegas de un instituto privado en Alemania.
El expresidente alemán Frank-Walter Steinmeier había manifestado en visitas oficiales su voluntad de gestionar esta devolución como un gesto de reparación histórica. Pero, el cambio en las prioridades del gobierno alemán y la negativa del instituto que las custodia bloquearon el proceso. La arquitectura institucional del coleccionismo europeo pudo más, pues, los museos e institutos que acumularon piezas durante el colonialismo y las guerras diseñaron marcos legales para blindar sus colecciones.
La restitución del patrimonio cultural, entonces, no ocurre en un escenario de igualdad. Alemania conserva las piezas; Colombia apenas dispone de razones históricas, éticas y simbólicas para reclamarlas. Y, sin embargo, esas razones son contundentes. La cultura de San Agustín dejó tras de sí el conjunto de esculturas precolombinas más grande de América Latina, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1995. Sus figuras mitad humanas, mitad felinos, mitad dioses no son decoración: son el testimonio material de una cosmovisión. Privadas de ese contexto, encerradas en cajones que nadie ve, se convierten en trofeos mudos.
El contraste con lo que ocurrió en Tumaco no es solo diplomático: es filosófico. Chile devolvió porque asumió que ciertos objetos pertenecen al pueblo que los creó. El instituto alemán, en cambio, se escuda en la autonomía institucional. La conservación sin acceso no es curaduría: es acaparamiento con buenas intenciones declaradas.
Petro tiene razón en llamarlo un robo. La repatriación de patrimonio no puede seguir siendo episódica. Colombia necesita una política de Estado sostenida, con instituciones y recursos jurídicos. Porque el problema de fondo no es solo que Alemania tenga esas piezas. Es que, si llegaran mañana, no está claro si tenemos el museo o la voluntad pública capaz de hacerles justicia. Los objetos merecen volver, pero también merecen llegar a un lugar que esté a la altura de lo que representan.
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