Andrés Quintero no llegó a España con la idea de construir un imperio. Llegó tratando de salvarse. Era octubre de 2002 cuando este pereirano aterrizó en Madrid con más deudas que certezas. Tenía apenas 30 euros en el bolsillo que le habían prestado sus amigos, y una intuición que terminaría cambiándole la vida: en Europa, el trabajo no siempre se encuentra, muchas veces se inventa.

Ese punto de quiebre lo encontró en medio de la necesidad. Sin empleo, sin red de apoyo sólida y con el tiempo corriéndole en contra, entendió que debía recurrir a lo único que realmente tenía: su historia, sus raíces y una receta que venía de familia.
Hoy, más de dos décadas después, ese impulso inicial se convirtió en D’Carnilsa, una empresa que factura cerca de 5 millones de euros anuales y que logró algo que parecía improbable: llevar el sabor del chorizo santarrosano a las mesas en ciudades como Oslo, Londres o Berlín.
Pero antes de los números, las exportaciones y la estructura empresarial, hubo una cocina pequeña, improvisada, y un olfato afinado para entender lo que realmente buscaban los migrantes latinoamericanos en Europa.
El milagro de los 30 euros
El inicio no tuvo nada de glamuroso. Con esos 30 euros, Andrés compró lo básico: carne, especias y tripa. No había plan de negocios ni estrategia de mercado. Había necesidad. Recordó entonces las recetas que había visto en Pereira, las manos de sus abuelas y ese sabor que no se olvida.

Empezó a producir desde su casa, casi en silencio, pero con un resultado que pronto empezó a hablar por él. El primer canal de distribución no fue una tienda ni un supermercado, sino el voz a voz entre migrantes que circuló cerca a los locutorios, plazas y puntos de encuentro donde la nostalgia se mezcla con la necesidad de sentirse cerca de casa.
Ahí encontró su oportunidad. No se trataba solo de vender comida: se trataba de llenar un vacío emocional. El colombiano en el exterior no solo extraña a su familia, también extraña los sabores. Cuando la demanda creció, entendió que necesitaba formalizar lo que estaba haciendo.
Así nació D’Carnilsa, un nombre que no es casual. Es un acrónimo cargado de significado: D de Dios, CAR por su hijo Carlos, NIL por su hija Nicol y SA por su esposa Sandra. Más que una marca, era una declaración de identidad.
Saltando el muro de la ley europea
Convertir ese emprendimiento casero en una empresa formal no fue sencillo. En Europa, la industria cárnica está fuertemente regulada, y el salto de la cocina al mercado implicaba enfrentar un sistema exigente en términos sanitarios, técnicos y legales.

Obtener el registro sanitario fue el verdadero punto de inflexión. Sin ese aval, el negocio no podía crecer. Con ese requisito cumplido, D’Carnilsa dejó de ser un producto de nicho para migrantes y empezó a posicionarse como proveedor en canales más grandes, incluyendo tiendas especializadas y superficies comerciales.
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El crecimiento no fue inmediato, pero sí sostenido. La empresa pasó a vender más de 600.000 paquetes al año, consolidando un modelo basado en volumen, calidad y consistencia. Ya no era solo un emprendimiento de supervivencia: era una operación estructurada.
De Pereira para el mundo entero
El chorizo fue la puerta de entrada, pero no el único producto. Con el tiempo, el portafolio creció. Aparecieron las arepas, en distintas versiones, pensadas no solo para colombianos, sino también para otros públicos latinoamericanos.
La estrategia fue clara: entender que el mercado no era uno solo. Ecuatorianos, dominicanos y otros migrantes también buscaban sabores propios. Así, D’Carnilsa empezó a diversificar su oferta, adaptándose sin perder su esencia.
Hoy, la empresa opera desde el Polígono Industrial de Cobo Calleja, en Fuenlabrada, uno de los principales centros logísticos del comercio latino en España. Cuenta con más de 20 empleados directos, flota propia de distribución y presencia en al menos siete países europeos.
La operación creció, pero también lo hizo la ambición y lo que empezó como una solución a las dificultades personales terminó convirtiéndose en una plataforma de exportación cultural.
El legado: no olvidar los orígenes
A pesar del crecimiento, Quintero mantiene una narrativa clara sobre su historia. No se presenta como un empresario tradicional, sino como alguien que logró abrirse camino en medio de la necesidad.
Esa visión también se ha reflejado en sus acciones. Durante la pandemia, por ejemplo, apoyó a comunidades migrantes en Madrid que atravesaban dificultades económicas, entregando alimentos desde su propia operación.

Además, ha impulsado iniciativas sociales y culturales, desde el apoyo a equipos de fútbol de barrio hasta programas como “Chef Junior”, enfocados en las nuevas generaciones.
Después de más de 20 años, su mirada está puesta en la expansión. Consolidar su presencia y distribución en Europa sigue siendo la prioridad, pero también aparece la intención de llegar a otros mercados. No desde la improvisación inicial, sino desde una estructura que ya demostró que funciona.
La historia de Andrés Quintero no es solo la de un emprendedor y su negocio exitoso. Es la de una experiencia de vida que combina intuición, contexto migratorio y una lectura precisa del mercado. Una muestra de que, en ciertos casos, el emprendimiento no nace de la oportunidad, sino de la urgencia. Y que, incluso desde ahí, puede construirse algo que trascienda las fronteras.
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