Texto escrito por: Germán Peña Córdoba
Un buen orador improvisando tiene mucho valor en lo emotivo, la inteligencia y la memoria. El discurso escrito y leído en plaza pública tiene el mérito de la seriedad y el compromiso y lo más importante: deja constancia escrita de lo expuesto. El discurso leído no emociona tanto como el improvisado, pero puede llevar a una profunda reflexión. En el discurso improvisado las palabras se las lleva el viento; en el leído todo queda allí expuesto, para ser verificado. Ambos discursos son valiosos cuando son de buena factura, pero el leído es más responsable.
Los discursos de Jorge Eliécer Gaitán en plaza pública estaban llenos de emoción y propuestas de cambio social; los discursos de Gaitán causaban hilaridad y los asistentes llegaban al clímax. Alberto Lleras Camargo (1958-1962) era un presidente inteligente, pausado y reflexivo. Alberto Lleras siempre leía sus discursos sin detrimento a la calidad de sus propósitos políticos.
En la llamada oposición toman la seriedad del discurso de Iván Cepeda de manera peyorativa; su banalidad los lleva a burlarse y llamarlo infantilmente "papelitos". Los llamados papelitos llevan implícito un profundo mensaje de cambio y credibilidad. Para la llamada oposición política es más importante matar al mensajero portador del mensaje que el mensaje mismo, con toda su argumentación y sentido. Es la tendencia de castigar, culpar y criticar a la persona que piensa, cuestiona y a la vez propone. Ultimar al que trae el mensaje, en vez de abordar seriamente el problema, es similar al avestruz que entierra la cabeza en la arena mientras el depredador da fácilmente cuenta de ella.
La disertación leída por Iván Cepeda en plaza pública tiene una enorme carga de profundidad: la gente está cansada de promesas vanas, cansada de promesas incumplidas y el antídoto de lo que ha sido costumbre es comprometerse realmente de tal manera que un posible control posterior fácilmente logre verificar, bien sea aplaudir el cumplimiento de lo escrito o revocar al político por el incumplimiento de lo disertado. El discurso de Iván Cepeda frente a sus seguidores es un acto de responsabilidad.
Ninguno de los candidatos con mayor opción propone algo novedoso. Combatir la corrupción no es un programa de gobierno, es un deber de todo gobernante. Hacer una "Revolución Ética" como lo plantea Iván Cepeda resulta atractivo para todo elector cansado de la sempiterna corrupción. Buscar la paz es un derecho contemplado en la Constitución. Pero este deber y este derecho se conculca tanto en Colombia que se convierte para los candidatos y los electores en un hecho excepcional y, de contera, en un programa de gobierno.
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