Las más recientes jugarretas de Donald Trump han tenido como principal objetivo político y propagandístico el escamotear su responsabilidad en el desencadenamiento de la guerra en el Golfo pérsico atribuyendosela a Irán. Sus declaraciones de que la guerra ha terminado y que si Irán no lo ha reconocido es por la profunda división existente dentro de su dirigencia política y militar, han sido la antesala de su declaración de alto el fuego, que ahora da por roto por las acciones militares realizadas por Irán en respuesta a la incautación previa de uno de sus petroleros por la marina de guerra estadounidense. Había un alto el fuego e Irán lo ha roto, por lo que está plenamente justificado mi decisión de reiniciar las hostilidades. He aquí el mensaje que quiere el quiere trasmitir con esta retahíla de declaraciones en Truth Social, confiando en que los medios hegemónicos logren que nos lo creamos.
El problema es que por mucho que se esfuerce en escamotearla u ocultarla, la realidad es que es exclusivamente suya y de Benjamín Netanyahu, la responsabilidad de iniciar la presente guerra de agresión contra Irán. Y subrayo “guerra de agresión” porque este es “el crimen de los crímenes” según el memorable alegato en contra de la dirigencia nazi, pronunciado el 20 de noviembre de 1945, por Robert H. Jackson, el fiscal general del Juicio de Nuremberg. El crimen que, según este destacado juez de la Corte Suprema de Estados Unidos, resumía los restantes crímenes de guerra y de lesa humanidad cometidos por el régimen nazi, durante los doce años de su fatídica existencia. El crimen definido y condenado explícitamente por la Carta de las Naciones Unidas, aprobada el 26 de junio de ese mismo año.
Está inequívocamente probado que fueron las fuerzas armadas de Estados Unidos e Israel las que iniciaron la guerra con un letal bombardeo masivo de Irán el 28 de febrero pasado, sin declaración de guerra oficial ni previo aviso y al día siguiente de que los diplomáticos de Omán informaran que los negociadores iranies habían aceptado un acuerdo razonable sobre la cuestión del enriquecimiento de uranio. Por faltar, faltó hasta el pretexto de un ataque de falsa bandera, como el realizado contra guardias fronterizos alemanes por un supuesto comando polaco, utilizado por Hitler para ordenar la invasión de Polonia que desencadenó la Segunda Guerra Mundial. La arrogancia de Donald Trump, sumada a la confianza de Benjamín Netanyahu en que el gobierno iraní colapsaría en pocos días, llevaron a ambos líderes a prescindir completamente de cualquier formalidad y a ordenar por segunda vez el bombardeo a traición a Irán.
De lo que ambos no han prescindido en cambio, es de los argumentos para justificar su criminal agresión a Irán. El primero lo ha venido proclamando a voz en cuello Benjamín Netanyahu, desde hace 20 años (¡!). "Irán está a punto de construir un arma nuclear". En un plazo fijado en meses, semanas, incluso en días, dependiendo de la fecha y las circunstancias de la emisión de tamaña alarma. Argumento que Donald Trump hizo suyo durante su primera presidencia, cuando decidió por sí y ante sí romper unilateralmente el Plan de Acción Integral Conjunto, aprobado por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que tenía como garantes de su cumplimiento a Alemania, Francia, Gran Bretaña, Rusia y China.
El plan tenía como objetivo asegurar que el programa iraní de enriquecimiento de uranio se limitara a los fines pacíficos de investigación y usos sanitarios, gracias a las revisiones periódicas de las instalaciones de enriquecimiento de uranio del país, realizadas por inspectores de la Organización Internacional de la Energía atómica de las Naciones Unidas. Exigencia que Irán cumplió a rajatabla hasta el 13 de junio del año pasado, cuando las fuerzas armadas estadounidense e israelíes lanzaron un segundo bombardeo masivo de Irán, igualmente sorpresivo y criminal, y centrado en sus instalaciones nucleares. Que contó con la información de inteligencia sobre dichas instalaciones, proporcionada por su actual director: el diplomático argentino Rafael Grossi. Irán también acordó suscribir el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares que el líder supremo de entonces, el ayatolá Ali Jamenei, reforzó con una fatua que, esgrimiendo motivos religiosos, prohibía la fabricación y el uso de las armas nucleares. “El Corán lo prohíbe”- sentenció entonces.
Irán no tiene ni ha tenido hasta la fecha ningún programa de fabricación de armas nucleares
En resumen: Irán no tiene ni ha tenido hasta la fecha ningún programa de fabricación de armas nucleares y si ahora estaría considerando la posibilidad iniciarlo es por el asesinato por un bombardeo estadounidense del ayatola Alí Jameneí y su familia. Y por el hecho de que Donald Trump no solo ha amenazado a Irán de “destruir su civilización” y de devolverlo “a la Edad de piedra”, a la que, según él, pertenece. El analista geopolítico estadounidense y ex oficial de inteligencia de los marines, Larry Johnson, informó en el programa del Juez Napolitano que en una agónica reunión en la Situation Room de la Casa Blanca, celebrada el sábado 18 de abril, Donald Trump pidió los códigos nucleares y que se negó a entregárselos el general Dan Caine, jefe del Estado Mayor Conjunto de las fuerzas armadas de Estados Unidos. Tal era la barbaridad del pedido.
Por lo demás: ¿con qué derecho se permite Israel exigir a Irán que no tenga armas nucleares, cuando tiene al menos 200 ojivas nucleares y, encima, no ha suscrito del Tratado de No proliferación de las mismas? Y ¿con qué derecho Netanyahu y Trump exigen que Irán ponga fin a su exitoso programa de misiles de largo y mediano alcance? ¿Esperan que el gobierno iraní se desarme, como para su desgracia se desarmaron en su día los gobiernos de Libia y de Siria, para así poder bombardearlos impunemente?
Irán tiene toda la razón. Es la víctima de una guerra de agresión y tiene todo el derecho de defenderse de sus agresores, Estados Unidos e Israel, y de los colaboradores indispensables para dicha agresión: las monarquías del Golfo Pérsico.
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