El Consejo de Estado frenó el traslado a Colpensiones, los fondos celebran y tres millones de abuelos siguen siendo Lázaro a la puerta del banquete.

 - Lázaro no se pensiona

Había un hombre rico que se vestía con los más exóticos atuendos, las telas más finas, ropa hecha a la medida, sus iniciales tejidas hermosamente en los puños de sus camisas de mancuernas.

Ese hombre tenía avión, casa en las Bahamas, casa en Estados Unidos, sus hijos estudiaban en los mejores sitios y no quiero hablarles de lo majestuoso de sus mansiones, vehículos y fiestas.

Ese hombre siempre almorzaba en los sitios más exquisitos y, a la salida, veía a Lázaro. Lo veía en los semáforos, en las calles aledañas, en los ojos de sus sirvientes; sospechaba incluso que Lázaro podía ser hasta familiar de sus trabajadores más humildes.

Lázaro estaba enfermo, era ignorante, nunca pudo estudiar porque creció en una trampa de pobreza. Era vendedor ambulante, payaso de circo callejero, rebuscador, embolador de zapatos, obrero informal, mecánico de taller, vendedor de chucherias, ama de casa esposa de un Lázaro discapacitado, era reciclador, tendero de barrio pobre, Lázaro estaba por doquier.

Un día murieron los dos. Lázaro murió de una enfermedad no tratada, murió de sed, murió de hambre, murio por la indolencia, murió por el olvido. El hombre rico murió por los excesos, murió de viejo, murió como un rey

Cuando tuvieron que rendir cuentas, Lázaro fue puesto en un lugar de gloria, de leche y miel. El hombre rico quedó confinado a un hambre eterna, a una ansiedad insaciable, a una enfermedad implacable que después de comerse sus órganos los hacía aparecer otra vez para que la enfermedad recomenzara, por toda la eternidad.

El hombre rico pensó que estaba condenado por todas las veces que vio a Lázaro y no le importó. Pensó también que tal vez podría descender y rescatarlo, pero Lázaro no podía cruzar el valle de la desigualdad que ahora en el cielo los separaba. Lástima, porque en la tierra sí se puede cruzar.

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Esta parábola, inspirada en el evangelio de Lucas, queridos lectores, no es un cuento bíblico para leer en domingo. Es la radiografía exacta del sistema pensional colombiano. En la tierra, el valle de la desigualdad sí se puede cruzar. Hay puentes posibles, hay leyes posibles, hay decretos posibles. Pero a los administradores de la mesa servida les conviene que el valle parezca un abismo infranqueable, igual al que Abraham le describió al rico desde el cielo.

la desigualdad sí se puede cruzar. Hay puentes posibles, hay leyes posibles, hay decretos posibles. Pero a los administradores de la mesa servida les conviene que el valle parezca un abismo infranqueable, igual al que Abraham le describió al rico desde el cielo.

En Colombia, apenas uno de cada cuatro adultos mayores logra pensionarse

En Colombia, apenas uno de cada cuatro adultos mayores logra pensionarse. Tres millones de abuelos sobreviven con un bono de doscientos treinta mil pesos del programa Colombia Mayor, las migajas que caen de la mesa del banquete. Mientras tanto, los fondos privados administran cerca de cuatrocientos billones de pesos y cobran comisiones sobre cada cotización del trabajador, gane o pierda el afiliado, viva o muera el cotizante.

Mientras tanto, seguirán los manteles de lino, las copas de cristal, las iniciales tejidas en los puños de las camisas hechas a la medida.

El Gobierno del presidente Petro presentó una reforma para tender un puente sobre ese valle. Un sistema de pilares donde el Estado garantizara una renta básica al adulto mayor en pobreza, donde los aportes hasta dos coma tres salarios mínimos fueran a Colpensiones y los excedentes a los fondos privados. La reforma fue aprobada y sancionada como Ley 2381 de 2024, pero la Corte Constitucional la suspendió mediante el Auto 841 de 2025 por un vicio de trámite. El puente quedó a medio construir.

Para que las personas que ya cumplían requisitos pudieran efectivamente pensionarse, el Gobierno expidió el Decreto 415, ordenando trasladar a Colpensiones cerca de veinte billones de pesos en ahorros que dormían en los fondos privados. El martes veintiocho de abril, el Consejo de Estado suspendió parte del decreto.

Y aquí viene la pregunta que un abogado tiene la obligación de formular sin eufemismos. ¿Los jueces del Consejo de Estado son de los que tienden puentes sobre el valle de la desigualdad o son de los que lo hacen más profundo? ¿Son los abogados de Lázaro o son los abogados del hombre rico?

Porque esa decisión, examinada con la frialdad del derecho, no defiende a un afiliado concreto. Defiende un patrimonio bajo administración. Defiende a quien cobra la comisión. Suspende el traslado de unos recursos que, según el ministro del Interior, beneficiaban a ciento veinte mil ciudadanos que voluntariamente habían pedido moverse al régimen público. Esos ciento veinte mil son Lázaro multiplicado.

La justicia no es neutral cuando decide quién cruza el valle y quién se queda en la orilla del hambre. Cuando un alto tribunal frena el flujo de recursos hacia los más vulnerables y deja vigente la administración privada de un ahorro que es, por mandato del artículo 48 de la Constitución, un derecho irrenunciable, está tomando partido. Está diciendo de qué lado del valle pone su silla. La toga, en estos casos, se vuelve mantel.

Abraham le advierte al rico que el abismo nadie puede cruzarlo. En la Colombia de hoy, los abismos los cavan los hombres y los pueden tapar las leyes. La pregunta que cada juez y cada legislador tendrá que responder antes del siete de agosto es de qué lado del valle quiere quedar el día que le toque rendir cuentas. Porque en la tierra, el valle sí se puede cruzar. Solo hace falta querer hacerlo.

Del miso autor: Los lotófagos

@HombreJurista

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Por Alejando Carranza

Abogado, magister en estrategia y geopolítica, magister en Derecho, especialista en Derecho tributario, especialista en casación penal. Gerente de crisis. Panelista. Constructor de la utopía contraria.