Homero contó que sus hombres olvidaron Ítaca por un fruto dulce; en Colombia hoy, el fruto cabe en un bolsillo y le está robando la casa a nuestros hijos.

 - Los lotófagos

Yo había combatido diez años en Troya, diez años lejos de mi isla, lleno de honores y glorias de batalla que de nada sirven como padre, y cuando la ciudad cayó y pudimos al fin zarpar, creí, como creen siempre los que vuelven; que el regreso sería breve.

Pero nos cayó encima el Bóreas: nueve días y nueve noches de viento, velas rotas, remos inútiles. Al décimo día vimos una costa desconocida y bajamos a ella, como los que descienden al Hades, después de semejante tormenta sin hambre y casi sin nombre.

Elegí a dos tripulantes y les añadí un heraldo para explorar. No encontraron monstruos: encontraron un pueblo apacible de manos abiertas, los lotófagos, que los recibió sin violencia y les ofreció su alimento, el fruto del loto, dulce como la miel.

Mis tripulantes no volvieron. Los llamé y no respondieron; hasta que los vi sentados en la playa y entendí que ahí, donde parecía terminar el peligro, realmente empezaba.

Quien probaba el loto ya no deseaba volver: quería quedarse allí, pastando el fruto y olvidando el mundo. Disparaba recompensas rápidas que se iban como llegaban: un placer de segundos que pedía otro placer de segundos, y otro. Olvidaban la nave, a los suyos, la casa del otro lado del mar.

Fui a buscarlos y los hallé mansos entre los lotófagos, con el fruto todavía dulce en la cabeza y en las manos. Les hablé y me escucharon como se escucha al que habla de una tierra que ya no importa; protestaron como niños cuando intenté moverlos.

Los arrastré hasta las naves; lloraban por no quedarse, lloraban por ser rescatados. Los até bajo los bancos de los remos y ordené zarpar de prisa, no fuera a ser que alguno más probara el fruto y se olvidara del regreso.

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Los até, a cada uno, bajo los bancos huecos de los remos, amarrados como se amarra la carga, porque no había otra manera; y ordené al resto de la tripulación, a los que todavía no habían probado el fruto, que embarcaran de prisa, que tomaran los remos y batieran el mar cano, no fuera a ser que alguno comiera loto y se olvidara del regreso.

Homero escribió este pasaje hace casi tres mil años; yo, confieso, lo he adaptado libremente. No conoció pantallas, ni algoritmos, ni teléfonos de bolsillo, pero cualquier padre colombiano ya reconoció el fruto: lo lleva su hijo en el bolsillo.

La diferencia entre Ulises y nosotros es que él volvió por sus tripulantes; nosotros estamos perdiendo a los nuestros sin acudir al rescate. Las cifras de la Comisión de Regulación de Comunicaciones son demoledoras: niños, niñas y adolescentes entre 3 y 17 años pasan en promedio 8,9 horas diarias en el celular entre semana y 7,2 los fines de semana; casi nueve horas al día con el fruto en la mano. El 81 por ciento de los adolescentes (14 a 17) ya tiene celular propio; el 55 por ciento de los preadolescentes; el 35 por ciento de los niños entre 6 y 9. Y apenas el 13 por ciento de los padres usa alguna herramienta de control parental, mientras el 53 por ciento de los menores ni siquiera sabe que existen filtros para protegerse.

Cada cifra es un muchacho sentado en la playa, dejando de querer volver.

¿Qué hace ese loto moderno en el cerebro? Lo mismo que una máquina tragamonedas. Cada video libera una descarga de dopamina, pero como el cerebro no sabe si el próximo será mejor o peor, se queda enganchado al deslizamiento. Es la recompensa intermitente el mecanismo más adictivo que conoce la neurociencia: el algoritmo reparte placer sin aviso y el cerebro vuelve y vuelve, como quien echa otra moneda para ver qué sale.

Hay un detalle biológico: en el cerebro en formación, las áreas de emoción y recompensa (sistema límbico) maduran antes que la corteza prefrontal, responsable del autocontrol. Por eso no basta con gritar o advertir: no es simple capricho, es vulnerabilidad. Pedirle a un niño que resista ese fruto con “buen juicio” es pedirle al tripulante de Ulises que resistiera al loto con buena voluntad.

Las consecuencias están documentadas: los adolescentes que más tiempo pasan en redes tienen hasta tres veces más probabilidades de sufrir depresión, e investigaciones publicadas en Addictive Behaviors muestran que el uso compulsivo del celular reduce el volumen de materia gris en áreas clave para la empatía, la memoria y la autorregulación. En el camino se llenan las consultas de psiquiatría infantil de ansiedad, insomnio, aislamiento e ideación suicida; la soledad adolescente ha dejado de ser una sensación privada para volverse un dato.

Por eso el padre que rescata a su hijo del fruto no está abusando: está cumpliendo. El artículo 44 de la Constitución no es una recomendación: establece que los derechos de los niños prevalecen sobre los derechos de los demás. Y cuando nombra a los responsables de protegerlos, lo hace en un orden que no es casual: la familia, la sociedad y el Estado. El padre primero; los demás detrás, sosteniéndolo.

No podemos, ni queremos, atar a nuestros hijos a los bancos de los remos: el rescate debe hacerse con firmeza y con amor. Firmeza para poner un límite que hoy protestarán y mañana agradecerán; amor para que el límite no se sienta castigo sino cuidado. Y humildad para reconocer cuándo la isla ya atrapó demasiado fuerte y hay que buscar ayuda: psicólogos, psiquiatras infantiles, programas de desintoxicación digital. No hay derrota en pedir ayuda; la derrota es dejar al hijo en la isla por orgullo.

Pero un padre solo no alcanza: ¿basta con que cada Ulises rescate a su tripulante mientras los lotófagos siguen repartiendo fruto? No. El artículo 44 habla también de sociedad y Estado, y el Estado tiene una herramienta que el padre no tiene: la ley. Hoy los lotófagos tienen nombre, razón social y dirección en Silicon Valley, y el derecho apenas empieza a reconocerlos como lo que son.

El 25 de marzo un jurado en Los Ángeles declaró culpables a Meta y YouTube de generar adicción deliberada en menores mediante el diseño de sus plataformas

El 25 de marzo de este año, un jurado en Los Ángeles declaró culpables a Meta y a YouTube de generar adicción deliberada en menores mediante el diseño de sus plataformas; y en Nuevo México, Meta fue condenada a pagar 375 millones de dólares por facilitar la exposición de niños a depredadores sexuales en sus redes. Zuckerberg, rey moderno de los lotófagos, tuvo que sentarse en el banquillo. Es hora de que el Estado colombiano tome esos precedentes y legisle con coraje: verificación efectiva de edad, prohibición del diseño adictivo dirigido a menores, transparencia algorítmica y sanciones reales. El proyecto de Ley de Protección a Menores de Edad en Redes Sociales lleva archivado en el Congreso desde junio del año pasado; cada mes de demora es un mes más de tripulantes que se quedan.

Cuenta la Odisea que, cuando Ulises sacó a sus tripulantes de la isla y siguió navegando, los oía llorar bajo los bancos de los remos mientras la costa se alejaba. Pero no todos alcanzaron a embarcar: algunos se quedaron en la playa, con el fruto en la mano, y nunca volvieron a casa.

En Colombia también hay tripulantes que ya se quedaron: niños que entraron a la isla demasiado temprano, adolescentes a quienes la ansiedad y el insomnio ya les quebraron la edad, jóvenes que miden su valor en likes. Cada cifra de esas encuestas es un nombre propio, y cada nombre es una casa que los esperaba del otro lado del mar.

A veces, cuando el mar está en calma y los niños duermen con el celular al lado de la almohada, pienso que la isla de los lotófagos sigue ahí. Y que Ulises, cualquier padre que decide ir por su hijo, cualquier maestro que apaga el teléfono en el aula, cualquier legislador que se atreve a ponerle límites a Silicon Valley, todavía puede volver por ellos. Porque lo que está en juego no es una generación de usuarios: es una generación de ciudadanos que, si los dejamos en la isla, ya no recordará el nombre de su casa, de su estandarte y su patria.

Del mismo autor: La Verdad desnuda

@HombreJurista

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Por Alejando Carranza

Abogado, magister en estrategia y geopolítica, magister en Derecho, especialista en Derecho tributario, especialista en casación penal. Gerente de crisis. Panelista. Constructor de la utopía contraria.