Opinión

Un ciego con un fusil

Una veintena de personas armadas piden convocar una Constituyente, todo ello tan patético y tan peligroso como la imagen silente de Jesús Santrich: un ciego con fusil.

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septiembre 10, 2019
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Un ciego con un fusil
Congresistas abandonan sus curules para reembarcarse en una aventura guerrillera de segunda generación, virtual, aislada, impopular; decisión tan poco atinada como un ciego con fusil

El acto de lanzamiento de la Segunda Marquetalia pertenece al mundo del surrealismo. Un grupo de muy antiguos guerrilleros, que dejaron de serlo gracias a un acuerdo de paz negociado por años con su participación y la del mundo entero, que se considera traicionado por el Estado, vuelve a tomar las armas. Lo hace con una proclama que mezcla la prosa poética con amenazas al establecimiento, no a las fuerzas militares que consideran formadas por gente del pueblo, sus aliados naturales. Su declaración de guerra es contra la oligarquía, enemigo común. Sus esperadas alianzas son con lo que queda de la guerrilla en Colombia, que presumiblemente no los quiere. Sus fuentes de financiación no serán las retenciones sino los impuestos decretados por ellos mismos, que invitan a pagar voluntariamente. Una veintena de personas armadas que piden convocar una Constituyente. Todo ello tan patético y tan peligroso como la imagen silente de Jesús Santrich: un ciego con un fusil.

Dan la impresión de esos generales que siguen dando órdenes cuando sus ejércitos han desaparecido. Todos los años de negociación en La Habana, todo el esfuerzo logístico para producir el voluminoso documento del acuerdo de paz, que los expertos califican de un logro excepcional cuya materialización tomaría al menos 20 años, todo el ceremonial del desarme y la llegada al Congreso de la República, echados por la borda por razones que parecerían más relacionadas con el derecho penal que ahora los cobija, que otra cosa.

El costo de ese acto sin pies ni cabeza, sin la más mínima autoridad moral o política para hacerlo, sin apoyos aparentes, es enorme. Los noticieros internacionales en español, inglés y francés, que solo se ocupan de Colombia cuando hay un desastre natural o un ataque guerrillero, que saludaron con bombos y platillos el acuerdo de paz, vuelven a mencionarla para destacar su fracaso. La imagen que queda del evento, reproducido universalmente, es de Colombia ante los ojos del mundo como un país donde hay guerrillas que no han podido ser derrotadas y resurgen con cada primavera. Flores del mal, como corresponde al subdesarrollo de los países semiselváticos del trópico. Se trató, pero no se pudo. De ese esfuerzo queda un premio nobel, entregado solo a una de las partes del conflicto, lo cual quizás quiso significar que la voluntad de paz era un tanto unilateral. Todo ello muy injusto y muy dañino.

 

Despojado de polvo y paja, mirado a distancia de intereses políticos y electorales,
el esfuerzo por lograr la paz, entendida por el cese de la guerra y la matazón,
ha sido enorme e importante

 

Despojado de polvo y paja, mirado a cierta distancia de intereses políticos y electorales, el esfuerzo por lograr la paz en Colombia, entendida por el cese de la guerra y la matazón, ha sido enorme e importante.  Los gobiernos de Álvaro Uribe Vélez, lograron la desmovilización paramilitar, que fue la más espantosa alianza de ejércitos privados con sectores productivos y fuerzas estatales, presentada como un acto de legítima defensa del establecimiento contra el comunismo revolucionario de la guerrilla, de ese proceso quedó la estela de las bacrim, aún operativas. Los gobiernos de Juan Manuel Santos, sentaron a la mesa de negociaciones a la guerrilla más grande, organizada y poderosa, debilitada militar y políticamente, y lograron un acuerdo de paz, que dejo la estela de las disidencias, a las cuales se une ahora la Segunda Marquetalia.

En ambos casos se sabía que eso iba a pasar, que el gran negocio de la guerra se desmonta con extrema dificultad. El logro más importante de ambos eventos, la despolitización de la criminalidad rampante, que sigue ahora sin esa vestidura protectora. Su mayor defecto, que se vendieron como si paramilitarismo y guerrilla se hubieran acabado para siempre. Esos acuerdos no fueron ni el fin de la violencia, ni la paz social, que hay que construir por generaciones a través de la reconciliación, la educación y el desarrollo económico con equidad. Entenderlo es una buena lección de historia patria.

Hay mucho de oportunismo político en la crítica constante al actual gobierno sobre la lenta ejecución de los compromisos adquiridos en los Acuerdos de La Habana. Organismos independientes especializados que monitorean el tema como el Instituto Kroc de la Universidad de Notre Dame, han medido el nivel de cumplimiento de cada uno de los múltiples compromisos que le toca desarrollar a un gobierno que no estuvo de acuerdo con lo pactado, y los encuentran razonablemente bien. Se avanza con enormes dificultades, pero la voluntad gubernamental de cumplir esta allí.

El problema hoy es el ataque incesante del partido de Gobierno a las normas acordadas, que pone al Presidente contra las cuerdas, la presencia de los antiguos dirigentes guerrilleros, en el Congreso, sin haber pasado antes por un tribunal de justicia que molesta a muchos, y el daño que así mismos se hacen como movimiento político con la conducta de algunos de sus miembros, congresistas que abandonan esas curules que tanto costaron para reembarcarse por las razones que sean en una aventura guerrillera de segunda generación, virtual y en apariencia militarmente sofisticada, pero aislada, marginal, lejana,  impopular;  decisión que  parece tan poco atinada como un ciego con un fusil.

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