Opinión

Yo he ido al psiquiatra, ¿usted?

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abril 04, 2014
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Hace unos veinte años acudí al psiquiatra por primera vez.  No he repetido la visita muchas veces pero me gusta relatarlo por solidaridad con los enfermos mentales. Nos miran distinto cuando hacemos conocer este detallito de nuestras vidas.  Ahora, para la sociedad en general yo no estoy “loco” ni lo he estado (eso creo). Cuando informé a mis amigos del diagnóstico, muy acertado, que me habían hecho me dijeron que quizás debí ahorrarme esa platica pues ellos solo conociéndome diagnosticarían lo mismo. Les creo. Pero ellos no me habrían ayudado mucho. No tenían los medios terapéuticos ni el know how para hacerlo.  Simplemente me clavarían un rótulo: Pedro “el esquizofrénico” o “el deprimido” o “el paranoide” o “el ciclotímico”. El psiquiatra me ayudó mucho más y esa es la gran diferencia.

“Recientes estudios epidemiológicos afirman que la mitad o más de la población cumple los criterios diagnósticos de alguna enfermedad mental en el algún punto de su vida” sostiene el psiquiatra Joseph Pierre de la Universidad de California (Aeon Magazine, 19 de marzo, 2014)  Entonces la mitad de nosotros en algún momento necesitaríamos ayuda psiquiátrica porque no somos ni mucho menos expertos en trastornos sicológicos, mentales o psiquiátricos (llámelos como quiera) y su tratamiento. En la consulta llore, hable de sus obsesiones, describa sus delirios secretos y quizás confiese que a veces oye voces en el aire, aunque esto último es mucho más grave. Pero nos da vergüenza, ¿no?

El Dr. Pierre narra que hay dos conductas comunes en una fiesta cuando lo presentan como psiquiatra. Unas personas se alejan y no le vuelven a hablar por miedo de ser analizados y “patologizados”. Otros por el contrario le cuentan todos sus problemas, los de su esposa, los de sus  hijos, sus vecinos, etc. Estas distintas reacciones se explican por la necesidad de compartir nuestros miedos profundos y a la vez una sospecha generalizada de una supuesta conspiración de profesionales de la salud y grandes laboratorios farmacéuticos para medicar a casi todo el mundo.  Hay como una inútil paranoia generalizada ante la salud mental y los expertos en ella.

Es cierto, afirma el autor, que el campo de las terapias sicológicas ha aumentado dramáticamente en los últimos años. Cada día hay más profesionales trabajando en ese campo con distintos enfoques pero nadie está acorralando rebaños de zombis. La llamada “biblia de la psiquiatría”, el DMS-5 (Manual Diagnóstico y Estadístico, 5ª edición) publicado el año pasado incluye más diagnósticos que nunca pero eso se debe a la enorme demanda de ayuda psicológica y psiquiátrica para multitud de situaciones humanas.

Un profesional de la salud mental puede intervenir, por ejemplo, en el manejo apropiado de las sanas preocupaciones de algunas personas, worried well las denomina el doctor Pierre. La psicología actual acepta la existencia de estrés bueno o “eustrés sin distrés” (Selye, Stress without distress, 1974) ante muchas retos de la vida biológica y social humana.  Pero hay individuos que manejan inapropiadamente esas justas preocupaciones e incertidumbres y podrían beneficiarse con algunas terapias, probablemente ambulatorias, sin hospitalización, no farmacológicas. Yo me atrevería a sugerir cambios en la legislación sanitaria permitiendo la prescripción de ciertas drogas psiquiátricas en algunos casos por psicólogos clínicos con entrenamiento serio y formal. El autor del artículo citado se opone a esta propuesta pero debíamos discutirla en la actual reforma al sistema de salud ante el número creciente de pacientes.

El breve ensayo publicado en Aeon subraya dos aspectos importantes en esta demanda de servicios de salud mental. Primero, las condiciones psicológicas y psiquiátricas se disponen en un espectro continuo de variaciones desde lo normal a lo francamente patológico. El diagnóstico no es un simple sí o no, blanco o negro, sano o loco. Por ejemplo, las personas con trastornos afectivos maníaco-depresivos (los “bipolares”, hasta un 3% de la población humana en diferentes culturas y sociedades según Wikipedia) se colocan en un rango que va desde una alegre y casi normal hipomanía, diversas y menos divertidas manías, depresiones leves o graves continuas o cíclicas hasta francos estados de psicosis. Según un amigo psiquiatra en cada congreso se presenta una nueva variedad de trastorno bipolar. En esta compleja situación la exactitud del diagnóstico es quizás menos importante que la disposición y habilidad del profesional para ayudar al paciente.

Este es el segundo punto importante del artículo de Pierre.  Un buen terapeuta no usa el DSM como catálogo de enfermedades, encerrando las personas en una etiqueta diagnóstica. Sino con su empatía y experiencia para entender la historia personal del paciente ofrece un abanico de intervenciones terapéuticas para aliviar el sufrimiento de quien solicita su ayuda. Sufrimiento que puede ser la presentación clínica de una enfermedad mental o parte de la vida humana corriente y usual.  Entonces, cero vergüenza si vamos al psiquiatra.

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