Brigitte Baptiste es bióloga, dirigió el Instituto Humboldt y hasta el 30 de este mes de octubre será rectora de la Universidad EAN. Hace años que explica, con paciencia y algo de sarcasmo, que la naturaleza no es un santuario donde los humanos estorbamos, sino el lugar del que venimos. Es de las pocas personas en el país que pueden sentarse con un ministro, con un gremio petrolero o con una comunidad que bloquea una obra, y hablar de política ambiental con el mismo criterio en los tres casos.
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El mundo al que le toca opinar está caliente. 2024 fue el año más cálido registrado y el primero en que el promedio anual superó los 1,5 °C sobre la era preindustrial. Eso no significa que se haya roto el Acuerdo de París, que mide tendencias de largo plazo, pero sí que el margen se está acabando. Las emisiones siguen sin bajar al ritmo prometido, el petróleo todavía mueve la comida, la ropa y la carga del planeta, y casi nadie niega ya el calentamiento. La pelea ahora es sobre quién lo causó y quién lo arregla.
Mientras tanto, la salida cuesta más de lo que se contaba. Electrificar el mundo exige más electricidad de la que hay, minerales que casi nadie tiene a mano, plata en cantidades absurdas y paz en una época que se arma hasta los dientes. A eso se le sumó la inteligencia artificial, que promete eficiencia y a cambio se bebe la energía y el agua de media humanidad. Colombia no está mirando desde el andén. Tiene cobre, tiene permisos sin resolver y tiene una discusión pendiente sobre qué se toca y qué no.
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