Opinión

Y la vida continua

Elegir presidente es un ejercicio de prestidigitación que hace creer que todo cambia, cuando la realidad sigue igualita

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Junio 22, 2018
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Y la vida continua
Iván Duque tiene una tarea titánica por hacer si quiere mantener el inmenso nivel de aprobación que logró

Pues sí, salió electo el señor Duque y derrotado el señor Petro. Más de diez millones quedaron felices, más de ocho quedaron tristes y el resto de colombianos, indiferentes. Pero para todos y todas, la vida continúa con sus aciertos y desaciertos. El cambio de gobierno no significará, por el momento, más que cambio de caras en las carteras ministeriales y en los numerosos cargos burocráticos del Estado.

Que llegue Iván Duque a la presidencia no hará que se levante de sus escombros el puente Chirajara, ni que se repare milagrosamente la sala de máquinas de Hidroituango, ni que terminen por fin el Túnel de la Línea o se concluya la Ruta de El Sol.

La nueva presidencia no hará que de repente desaparezcan las barreras que nos hacen uno de los países más desiguales del mundo, tampoco logrará que se acaben los cultivos ilícitos, ni se esfumen los laboratorios de coca, ni que las disidencias de las Farc y su recua de bandidos deje de azotar el municipio de Tumaco.

Con una nueva familia en el Palacio de Nariño el costo de vida no se va a congelar, ni se reducirá el número de expedientes en los juzgados, ni el número de presos en las cárceles. Tampoco vamos a subir milagrosamente la calidad de la educación o la atención en salud.

De la mano de Duque no se acabará la contaminación en el Valle de Aburrá, tampoco se tornarán trasparentes las aguas del río Bogotá. Ni mucho menos dejarán de existir zonas de alto riesgo en ciudades como Cali, Manizales o Pasto. Nuestros páramos seguirán amenazados por la minería, el río Atrato mantendrá sus niveles de mercurio o los irá incrementando para desgracia de las poblaciones rivereñas.

Con la llegada de un presidente de 41 años, no se acabará de un tajo la corrupción, ni nos devolverán los billones de pesos que se esquilmaron de Reficar o los sobornos de Odebrecht. No resurgirán los recursos de los PAE, ni la platica de la salud. Muchos corruptos seguirán gozando de casa por cárcel y privilegios derivados de sus inmensas fortunas.

En fin, elegir presidente es un ejercicio de prestidigitación que hace creer que todo cambia, cuando la realidad sigue igualita. Tal vez por eso desgarrarnos las vestiduras por que unos perdieron y otros ganaron no se vea como una actitud de democracia madura, sino más bien como una infantil pataleta.

 

A la oposición le tocaría un trabajo de filigrana para no terminar de romper
los débiles puentes que se tendieron en la segunda vuelta

 

A la oposición, que desde ya se ve fragmentada, le tocaría un trabajo de filigrana para no terminar de romper los débiles puentes que se tendieron en la segunda vuelta. Petro, sin arrogancias, tendrá en el Senado un escenario propicio para hacer esto. Angela María en la Cámara podrá seguir haciendo ese trabajo de fina diplomacia que demostró saber hacer muy bien en esta campaña.

 

Iván Duque deberá pasar a la realidad política de unas bancadas hambrientas
que esperan sus órdenes para canjearlas por prebendas

 

Por otro lado, el nuevo gobierno tiene una tarea titánica por hacer si quiere mantener ese inmenso nivel de aprobación que logró. Iván Duque deberá pasar de las frases bonitas a la realidad política de unas bancadas hambrientas que esperan sus órdenes para canjearlas por prebendas. Los millones de votos que se depositaron en esta elección se hacen grandes ilusiones, esperan mejoras reales y sueñan conque este sí será el que nos haga el milagrito. Lamento decepcionarlos: ¡milagros no hay!

Es bueno que un país no se estremezca con cada cambio de gobierno. Eso sólo pasa en repúblicas inestables, no en democracias maduras. Pero también es bueno, que los cambios no sean solo retoque, meros formalismos, nombres nuevos para los titulares de los medios, sino que den paso a acciones que puedan cumplir siquiera una mínima parte de lo que prometieron los candidatos. Eso, es lo que no ha pasado en Colombia, el reino del Gatopardo donde cada cuatro años todo cambia, pero todo sigue igual.

 

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Iván Duque tiene una tarea titánica por hacer si quiere mantener el inmenso nivel de aprobación que logró

 

 

 

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