¿Y ahora ante quién nos inclinamos los latinoamericanos?

No es secreto que existen países como Colombia que juegan siempre a socavar una unidad que no sea la que sus gobernantes imaginan como socios de los gringos

Por: Jorge Ramírez Aljure
noviembre 24, 2021
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¿Y ahora ante quién nos inclinamos los latinoamericanos?
Foto: Pixabay

Latinoamérica se la pasó jugando entre servirle siempre al imperio gringo como oficio único de sus élites conservaduristas o intentar encontrarle una salida a una situación exasperante proponiendo de cuando en vez fórmulas independentistas que no pasaron de algunas reuniones de delegados de partidos y grupos o gobiernos fallidos de izquierda por encontrarle al subcontinente caminos diferentes a los ya transitados sin éxito alguno.

Sin que durante todo el tiempo pasado en estos bretes se hubiera llegado a una conclusión seria sobre la realidad que afrontábamos, y que finalmente se han patentizado, gracias a la pandemia, en un escenario irresoluble donde nadie sensato se atrevería a continuar sin hacer una reflexión de fondo.

Y el sensato incluye por supuesto a la élite política latinoamericana, que sin mayores arrestos para construir un destino propio decidió ahorrarse esfuerzos entregándole buena parte de su autonomía al poder norteamericano haciendo suyas -con una ingenuidad abismal- las proezas del patrón sin que importara moralmente que estas fueran honestas, porque el espacio que se les permitió ejercer -como simples rentistas por la entrega de las riquezas de sus pueblos- tampoco lo era.

Y menos al vaivén de un capitalismo hirsuto donde todo el que tenía poder -así fuera el dado por cargarle la maleta al patrón- encontraba justificado aprovecharse del más débil, fuere este persona, grupo o nación.

Contados han sido los esfuerzos reales por parte de la dirigencia nuestra por solventar la situación de subdesarrollo, que simplemente significa un estado perenne de limitaciones económicas para los pueblos que lo sufren, no obstante que en ese tiempo estos hayan dilapidado lo mejor de sus recursos como el trabajo y las riquezas minerales con sus negativas facturas ecológicas, que han partido para el exterior sin dejar ningún adelanto consistente en materia de desarrollo.

Y cuando estos esfuerzos han mostrado alguna esperanza, no ha faltado la mano por demás perversa de la economía gringa para frenarlos, en una demostración de que su labor no se limita a las leyes del mercado, sino que puede ser más efectiva por otras vías cuando se trata de defender la acumulación por la acumulación misma, en una demostración clara de que el capitalismo salvaje es poder, y que funciona desde la política hasta la guerra misma de ser necesario.

En cambio han existido y quizás en exceso las propuestas de izquierda, limitadas desde su origen por cuenta de una nativismo politico y religioso donde demonizar sus ideas y programas ha sido expediente fácil, y desacreditar sus éxitos electorales no requiere demasiados argumentos.

Y aún más, donde condenar sus gobiernos no necesita recurrir al análisis de contextos económicos y políticos pues basta con evocar desde siempre su necesario fracaso.

Una sin salida que pareció no importarles a sus protagonistas hasta que la pandemia dejó ver la realidad que se movía detrás del discurso facilista que unas veces declaraba la llegada de un país al desarrollo, mientras pocos días después advertía la necesidad del uso franco de la fuerza para frenar a grupos terroristas que nada tienen que ver con el derecho a la protesta que puedan adelantar el 55% de sus habitantes sometidos al hambre y el desempleo.

Y así toda Latinoamérica con alguna excepción, y la necesidad de crecer al menos para cubrir sus necesidades más elementales sin que dentro del sistema neoliberal vigente y el entorno ecológico global en crisis haya para dónde.

Y con un mundo nuevo para entender lo que nos está pasando, que dejó de ser el simple con que evadíamos los problemas que nos acuciaban hasta hace poco tiempo.

Y que aún parece vigente para nuestros funcionarios cuando para juzgarlos -que no resolverlos como sería lo importante- recurren a la cartilla donde el gobierno estadounidense nos dejó escrito para siempre quién es quien en el planeta y cómo debemos tratarlo.

Y más en el caso de Colombia cuando nos hemos convertido en parte comprometida de los problemas como nos ha sucedido con Venezuela, que dejó de ser el de la sufrida oposición oligarca bajo el dictador Maduro para convertirse en un tema de poder internacional que rebasa la ingenuidad de nuestros soporíferos internacionalistas, y que mal jugada nos puede convertir en cualquier momento en objetos de friciones inesperadas de las potencias involucradas.

Y por el mismo camino va el caso de Alex Saab -tan ligado a uno de nuestros países enemigos que a lo nuestro- para que pretendamos, pegados a la cartilla colonialista, que entre más le endilguemos posibles pecados a su contubernio, peor le irá al gobierno de Venezuela y por ende brillarán las supuestos triunfos del gobierno demócrata y derechista de los colombianos.

Y qué decir de la metida de pata del ministro de defensa, señor Molano. Apenas acorde con el catecismo trumpista, afirmación que pretendió ser desmentida por Duque con el cuento de que Colombia no tiene países enemigos, a pesar de sus constantes ataques a Venezuela por considerarla una dictadura, por resguardar -sin temor a equivocarse- a las disidencias de la Farc y al ELN, a terroristas de todo origen, a narcos y fumadores de marihuana, etc.

A lo que se nos agrega otro fardo y con problemas fronterizos como el de Nicaragua y el gobierno de Ortega, que lejos de ser un ejemplo de democracia -¿y quién asegura serlo en esta recocha electoral en que nos hemos convertido?- entra también dentro de los problemas que no estarán al alcance de lo que diga Estados Unidos a través de la OEA, sino que se incrusta en esa compleja relación multipolar que se tejió en nuestras narices y donde los que menos importa -si no caemos en cuenta así sea tarde- es la suerte de los propios países latinoamericanos involucrados.

Porque si la unidad latinoamericana y con ella seguramente su independencia figuran en las constituciones de la mayoría de las naciones como objetivo principal, lo logrado, hasta ahora, es todo lo contrario.

Pues no es un secreto que existen países que como Colombia han jugado siempre a socavar cualquier unidad que no sea la que sus insípidos gobernantes imaginan como socios estratégicos de los Estados Unidos, dignidad autoinfringida que no da ni para una llamada por teléfono del amo pero mantiene encendida la llama del servilismo en nuestros presidentes.

Reto que se convertirá en algo más complejo si nos atenemos a que la relación bipolar, si bien no desaparecerá por completo, perderá importancia para compartirla con otros protagonistas mundiales que, como tales, no vendrán a hacer obras de caridad sino a imponer sus propios intereses y por lo pronto a agregar problemas a los ya existentes.

Sin que podamos perder de vista que una ausencia total de identidad y presencia como bloque de nuestros pueblos, nos dejará abandonados a la suerte que nos brinde el convertirnos en escenario propicio donde las potencias decidan dirimir los conflictos que no estan dispuestas a enfrentar de manera directa.

Y los casos para ilustrar esta situación están frescos en la historia reciente de muchas naciones a la deriva, para ser evaluados en toda su terrible dimensión.

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