Vuelve la rivalidad entre Rusia y Turquía

Además de la disputa por el avión derribado, hay tensión por el apoyo ruso al régimen sirio

Por: Ricardo Angoso
diciembre 22, 2015
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Vuelve la rivalidad entre Rusia y Turquía
Foto: tomada de mexicanbusinessweb.mx

El súbito, pero también rotundo y contundente, regreso de Rusia a la escena internacional plantea numerosas incógnitas y, sobre todo, mucha desconfianza e incertidumbre en los Estados Unidos y en sus aliados occidentales. Desde la anexión de Crimea por parte de Moscú, desafiando a las nuevas autoridades de Kiev y a sus socios europeos, Rusia ha comenzado a desplegar una política exterior mucho más activa, dinámica e implicada en los aquellos escenarios regionales que considera dentro de su esfera de intereses geoestratégicos.

Sin embargo, el reciente derribo de un avión militar ruso por parte de Turquía -supuestamente en el espacio aéreo turco- ha generado la más grave crisis política entre Moscú y Ankara, poniendo en grave peligro la hasta ahora intensa actividad económica entre ambas naciones y la cooperación política para resolver los conflictos de Oriente Medio y el Cáucaso. Nuevamente se imponen las lógicas políticas y militares del pasado en que las dos potencias se disputaban su influencia política y militar en los Balcanes y, en general, en toda la región. Rusia ya ha acusado a las autoridades turcas de haber atacado al avión ruso sin motivo y de haberlo hecho fuera de su espacio aéreo, contradiciendo la versión oficial turca.

También, el apoyo de Rusia al régimen sirio que preside Bashar al-Asad, al que le presta un importante soporte político y militar, ha elevado la tensión entre Rusia y Turquía. Ankara considera más peligroso para sus intereses la creación de un Estado kurdo en Siria, conectado por vía terrestre con la entidad autónoma kurda de Irak que al Estado Islámico, principal enemigo en esta zona del mundo del régimen sirio, del maltrecho Estado controlado por los chiítas de Bagdad, de Irán, y también de una buena parte de las naciones occidentales lideradas por los Estados Unidos en esta guerra ya abierta y brutal.

La incierta deriva de Turquía, que preside el impredecible e irresponsable Recep Tayyip Erdogan, ha derivado en la reapertura del conflicto bélico con la principal fuerza kurda en la escena turca, el Partido de los Trabajadores  del Kurdistán (PKK), en la casi ruptura de relaciones con Rusia, en una implicación en el conflicto sirio pero sesgada y solo sirviendo a sus intereses y en una ausencia de diálogo para resolver sus nulas relaciones con Armenia, Chipre, Israel (reactivadas recientemente pero en niveles muy bajos), Siria y ahora Rusia.

El proyecto imperial neotomano, junto con sus nunca ocultadas veleidades islamizadoras de la que hasta ahora era una sociedad dinámica y moderna, han llevado a la Turquía de Erdogan a un cuestionamiento sistemático de lo que era un sistema político republicano, laicista, cívico, modernizador y democrático, tal como lo concibió en su momento el fundador de la República de Turquía, Mustafa Kemal Atatürk, en 1923.

Con todo lo reseñado anteriormente, es más que dudoso que podamos considerar a Turquía como el fiel aliado de Europa y los Estados Unidos de antaño en esta zona del mundo, ya que su proyecto político es excluyente, etnicista, dotado de un notable déficit democrático e intolerante en lo religioso, y porque sus intereses geoestratégicos difieren notablemente de los de Europa.

Pese a ser miembro de la OTAN y pretender ingresar en la Unión Europea, Turquía tiene una agenda paralela a la de Occidente y sus intereses pasan ahora por construir una nueva nación ajena a lo que fueron los principios fundacionales laicistas y republicanos. Su proyecto "imperial", en donde el pueblo kurdo y otras minorías no tienen cabida, pretende proyectar su influencia más allá de sus fronteras -por ejemplo: claro apoyo a los turcomanos de Siria y a Azerbaiyán en su disputa con Armenia- y seguir sin resolver sus contenciosos históricos, como el eterno conflicto de Chipre que se generó tras la invasión turca de la isla allá por el año 1974  y que dura hasta hoy.

Paradójicamente, y porque nunca ha sido mayor verdad que la política hace extraños compañeros de cama, los intereses europeos y norteamericanos, es decir, los de Occidente, están más cerca de los de Rusia que los de Turquía. Si Europa no hubiera hecho un seguidismo a ultranza de la errática política norteamericana con respecto a Ucrania, al apoyar un ejecutivo ultranacionalista de escaso talante democrático, hoy no estaríamos como estamos en nuestras relaciones con Rusia y contaríamos para derrotar al Estado Islámico con un aliado potente, confiable y que sabe el modo y la forma con la que se debe actuar frente al radicalismo islamista. Rusia fue capaz de derrotar al Islam más radical en Chechenia y de poner orden, nunca mejor dicho, en las turbulentas aguas del Cáucaso, mientras que Turquía animaba a Azerbaiyán en sus "juegos de guerra" contra Armenia y coqueteaba con Irán para hacer pingues negocios.

Rusia, además, ha construido en los últimos años sólidas alianzas en con sus antiguos aliados exsoviéticos, como lo constituye la iniciativa denominada Unión Aduanera Euroasiática, a la que pertenecen junto al gigante ruso Bielorrusia, Kazastán y Armenia, y también con China y algunas naciones del sudeste asiático ha tejido sólidos vínculos comerciales.

¿Hacia dónde puede derivar esta suerte de "divorcio" entre Rusia y Turquía? El desencuentro tiene raíces profundas y se deriva de la escasa convergencia entre ambos países en sus intereses estratégicos. Rusia, con su apoyo a Siria en contra del Estado Islámico y otros grupos terroristas apoyados por Occidente, está simplemente intentando proteger a su principal aliado en Oriente Medio y, de paso, garantizar su única base naval en el Mediterráneo (Tartus). Es una vieja alianza que no se romperá fácilmente, por mucho que los occidentales se empeñen y también Turquía.

Mientras que para Ankara las cosas están muy claras: hay que evitar a toda costa la creación de un Estado kurdo en la región, pues eso daría más fuerza todavía al PKK y el conflicto nunca acallado rebrotaría con más intensidad. Pero ese objetivo puede chocar con los intereses occidentales y europeos que necesitan a los kurdos para derrotar al Estado Islámico y para servir de contrapeso a los emergentes grupos chiítas en escena apoyados por Irán.

Nuevamente, las antiguas áreas de influencia están en juego y el tablero de ajedrez en esta parte del mundo se decide en un mano a mano entre Rusia y Turquía. Flaco favor haría Occidente a la estabilidad regional en esta zona del mundo si apostase sin reflexionar a la carta turca, poniendo en juego la necesaria cooperación y colaboración de Moscú en las diferentes crisis que padece esta región. Por otra parte, Turquía también tiene mucho que perder en esta crisis: no olvidemos que el turismo ruso aporta a este país 10.000 millones de dólares al año y que el 60% del gas consumido por los hogares turcos proviene de Rusia. Esperemos que se imponga la sensatez y Occidente, como ya hizo en el pasado, incluya a las autoridades de Moscú en un necesario diálogo sin exclusiones ni pretensiones hegemónicas. Ese es el único camino, no hay otra alternativa, al menos por ahora.

@ricardoangoso
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