Vivir una pandemia en pleno siglo XXI

"Fue la oportunidad de compartir más con mi familia, de dormir un par de horas más y de evitar el desgaste de casi dos horas de la casa al trabajo"

Por: Óscar Castro R6
octubre 20, 2020
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Vivir una pandemia en pleno siglo XXI
Foto: Pixabay

En la tercera semana de marzo, la alcaldesa Claudia López anunciaba que en la ciudad de Bogotá se llevaría a cabo un simulacro de cuarentena obligatoria del 20 al 23 de marzo. Dentro de mi ser me era imposible creer que una situación como esta se diera en nuestros tiempos. Al ser fin de semana, mis planes no eran más que ver algunos programas deportivos en la televisión, leer un poco, pasar tiempo con la familia (tan escaso en una rutina que implicaba antes de esta situación) y permanecer por más de 18 horas por fuera de la casa. Sí, es raro sentirse como un extraño en su propio hogar. Esto es lo que trae una vida llena de ocupaciones en la ciudad, que te obliga a sacrificar tiempo de tu vida personal para cumplir algunas metas, y tener una estabilidad económica.

La idea de hacer teletrabajo, una utopía en un país que aún tiene mentalidad de las cavernas, donde las empresas creen que al tener al individuo sentado por más de ocho horas garantiza cumplir con los objetivos. Quedé asombrado al ver las noticias, donde se anunciaba que a partir del 24 de marzo se iniciaba la cuarentena obligatoria en el país. La idea de trabajar en la comodidad de mi casa, se volvió realidad, no daba crédito a ese tema de conversación, que algunas veces comentábamos con mis compañeros de trabajo en los almuerzos.

Mi rutina daba un vuelco total. Ya no iba a oír la alarma del celular a las 04:30 a.m. retumbando en mis oídos, que en un estado aun de sonambulismo me obligaba a levantarme de la cama, para empezar otro día más, con miles de actividades en la agenda. Ese 24 de marzo, desperté a las 07:00 a.m. Por primera vez en mucho tiempo, mis ojos se abrían con la luz del día, ya no fue necesario correr para alistarme e ir a la oficina. Tomé un café con toda la tranquilidad, un placer que, aunque se da por sentado, es difícil disfrutar en un tiempo tan agitado.

Ese lunes era el inicio de una nueva vida, de diferentes connotaciones. Poder saludar a mis padres y cruzar algunas palabras con ellos, me llenaba de alegría, después de tantos años, podía disfrutar de sus voces, de ese cariño, que se había dilatado con el tiempo, consecuencia de ensimismarse en unos hábitos, que dejan en un segundo plano la vida familiar. Para muchos el transcurrir de los días encerrados en sus casas era un tedio; para mí fue la oportunidad, de llevar las cosas con calma, de dormir más de tres o cuatro horas, que era lo habitual durante muchos años. Mi madre, a las 10:00 a.m., me preguntó: ¿Mijo, quiere un tinto? A lo cual respondí con mucho entusiasmo, si ma’, muchas gracias.

Esos pequeños detalles son los que armonizaban este nuevo ritmo de vida. A la 01:00 p.m., me disponía almorzar en compañía de mis padres, ya había contestado algunos correos, participado en algunas reuniones, entre otras actividades que se presentaron en dicha mañana. El tema de conversación del almuerzo, fue el aumento de contagios en el mundo, por el virus COVID-19. No niego que una incertidumbre me embargo, por la preexistencia respiratoria que tiene mi mamá, pensaba que pasaría si alguno de nosotros se contagiaba. Tendríamos que aislarnos inmediatamente, para no poner en riesgo a mis padres. Más allá de esto, disfruté de una hora plácida de almuerzo, después de muchos años, mis compañeros de almuerzo, volvían a ser mis padres, un privilegio que me daba estar confinado en mi casa.

A la una, menos cuarto, me cepillé los dientes y volví a mi nuevo sitio de trabajo para continuar con la agenda del día. Transcurrió la tarde y se llegó la hora de dejar el computador por un momento. A las 05:30 p.m., que es el horario de salida de la oficina, me paré de mi silla, y estire un poco las piernas, había que hacerlo, ya que no volvería a dar la vuelta, después del almuerzo, alrededor de las calles del centro de la ciudad, donde está ubicado mi lugar de trabajo. No tendría que salir como alma que lleva el diablo, a coger el TransMilenio, para alcanzar a llegar a mis clases. Otra de las ventajas de estar en cuarentena.

Esta nueva situación empezaba a gustarme cada vez más. A las 06:00 p.m., me conecté a la plataforma de Blackboard, que es la herramienta que tiene dispuesta la universidad para las clases virtuales. Este nuevo espacio de tener clases, que no es modalidad virtual, como muchos aseguran. Esa confusión que hacía que muchos compañeros se cuestionaban de por qué tener que pagar el mismo valor de semestre por clases virtuales. Pero para los que hemos experimentado un programa virtual, sabemos que estas nuevas disposiciones, no se acercan a lo que en realidad es estudiar en una modalidad virtual. Solo cambió el lugar para recibir las clases, ya que el horario seguía siendo el mismo.

A las 09:45 p.m. terminamos la clase. Se había acabado una jornada con las afugias típicas del inicio de semana. Mi rostro con un semblante más fresco, que ya no era atosigado por el cansancio de las madrugadas y las trasnochadas, que implicaba comenzar el día antes de ver los primeros rayos de sol. A las 10:00 p.m. fui hasta la cocina a calentarme un tinto, ese gusto, que tenemos muchos por una buena taza de café. Mientras saboreaba el sabor amargo de mi bebida, reflexionaba acerca de esta pandemia que había llegado a interrumpir abruptamente nuestras vidas. Aunque en mi caso, yo siempre le he sacado provecho a las situaciones que enfrento en mi vida. Y en este caso fue la oportunidad de compartir más con mi familia, de ver los rostros de mis padres, testigos del paso de los años, de dormir un par de horas más, de evitar el desgaste de casi dos horas de la casa al trabajo. Aunque muchos digan lo contrario, me sentí más productivo trabajando desde mi casa, porque todo lo tenía al alcance de mi mano. Siendo ya las 11:00 p.m., me asaltó el sueño, y así terminó un día, cuya rutina duraría casi por 6 meses

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