Vivimos en casa por cárcel, dentro del país más bello del mundo

"Nuestra falta de estética es correlacional a nuestra falta de ética, y la miseria de la ciudad es un reflejo fiel de nuestra miseria espiritual"

Por: Andrés Óliver Ucrós y Licht
marzo 09, 2021
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Vivimos en casa por cárcel, dentro del país más bello del mundo

Hoy leyendo a Víctor Paz Otero se me ocurrió esta reflexión:

Nadie que esté desprovisto de carácter y de sentido estético en su vida puede ser ético. La ética es también el impulso que tenemos de no vivir de cualquier manera. Quien vive de cualquier manera, difícilmente puede tener ética, pues para ser ético hay que ir a contrapelo, nadar a contracorriente, en un mundo cuyo corazón está desprovisto de corazón, cuyo espíritu está desprovisto de espíritu. La estética no es contrarrevolucionaria. La estética es la máxima revolución. La revolución del espíritu sobre la materia. Seguiré hasta el final de mi vida siendo platónico y hegeliano.

Creo que los colombianos nos hemos acostumbrado a vivir de cualquier manera. Los barrios de clase media y baja están en su mayoría desprovistos de jardines; los de clase alta, con calles que ya no responden a las necesidades de los automotores ni de la gente; los espacios comunes entre ambos, convertidos en tugurios y basureros; y detrás de ellos, cenáculos de drogadicción e indigencia, testimonios de nuestra derrota espiritual.

Tenemos un país que podría vivir del turismo, pero insistimos en vivir del café. No hemos salido de esa mentalidad del monocultivo del siglo XIX. Pero trate de enseñarle eso a los campesinos; o al ministro de Agricultura, o al ministro de Turismo o al Presidente de la República. Es imposible… Mientras el negocio de los banqueros Gilinsky, Mejía Correa y Sarmiento Angulo vaya bien, lo demás es mierda.

Necesitamos el compromiso de las fundaciones, de los grupos económicos que han estado como vampiros succionando hasta la última gota de la sangre del país, para lograr la creación de parques naturales y parques recreativos en las diferentes urbes, hoy más que nunca sedientas de ello. Pero más que dicho compromiso, necesitamos el de la ciudadanía para recuperar esos espacios y embellecerlos, para unirse cada barrio en grupos de WhatsApp contra la inseguridad y a favor de recuperar los jardines, los parques comunes y recreativos, aquellos que pueden con su belleza ahuyentarla; que empecemos a protestar no solo por las vacunas, por los abusos del Esmad (que son causas justas)... pero debemos sobre todo protestar por dejar de vivir de cualquier manera.

Protestar dentro de casa. Protestar en el barrio. Protestar en las ciudades. Protestar en el desayuno y en la cena. Protestar con la próstata, protestar protestando, protestar de progesterona, de protista y de procariota, pero protestar... Protestar para demandar la inversión en parques, en bibliotecas, en teatros, en ciclorrutas, en senderos ecológicos, en sardineles tupidos de flores, en buses que conduzcan al pueblo a parques de la Nación, en lograr calidad de vida. Colombia hoy por hoy parece ser solo un país para el disfrute de los extranjeros, como Cuba.

En las guerras de los conquistadores con los pijaos y otras tribus, todos los árboles frutales eran talados para que el contrincante muriera de hambre. Por eso casi no tenemos árboles frutales en las ciudades en un país de indigentes. Seguimos mentalmente en las guerras de la Colonia. El inconsciente colectivo no ha salido de la Edad Media.

Por lo demás, nuestras ciudades adolecen de una gran ampulosidad que ha hecho mella ya en el lenguaje cotidiano, con la que a cualquier plaza le llamamos parque: “el parque Santander”, “el parque de las Granjas”, “el parque la Rebeca”, “el parque de Los Periodistas” (como sucede en Neiva). Pero ninguno de esos “parques” se parece al parque Simón Bolívar o al parque de Engativá o al Jaime Duque de Bogotá, por no hablar del Disneyland Park en Orlando, Florida o al Central Park de Nueva York. En Cali, en Pereira, en Tunja, en Ibagué, pasa igual. Apenas son espacios de cemento y baldosa donde cagan las palomas y se ofrecen servicios de prostitución; donde envejecen los ladrones acometiendo contra los ciudadanos de a pie, pues esos lugares no ofrecen nada que admirar. A duras penas son plazas, plazoletas, plazuelas de nadie y para nadie.

Creo que nuestra falta de estética es correlacional a nuestra falta de ética; que la miseria de la ciudad es un reflejo fiel de nuestra miseria espiritual.

Hasta hace 70 años la vida transcurría en fincas. Luego todo el mundo se mueve a las urbes y ese acceso que teníamos casi que por derecho de nacimiento a la naturaleza con sus flores, sus frutos, sus ríos, se hace cada vez más restringido al privatizarse el país. Me pregunto qué habría sido de las canciones de Jorge Villamil o de los poemas de José Eustasio Rivera sin la naturaleza. No existirían. Creo que la ausencia de parques naturales en la urbe es lo que explica que ahora haya más gente pero menos poetas. Espíritus absorbidos por el asfalto y el afán de supervivencia.

Otro proyecto que creo que debería tener toda la atención del Ministerio de Cultura y del Ministerio de Turismo, es la ruta de las haciendas coloniales vinculadas a la Independencia en el Cauca; esta ruta de trece haciendas la propuse en la Universidad del Cauca hace 3 años como organizador de su grupo de investigación desde la vicerrectoría de Cultura. Dichas haciendas, patrimonio histórico, arquitectónico y natural de la Nación, deberían conectarse con otras haciendas del Valle y del Huila con semejantes historias, y a su vez, con las rutas de los parques de los Nevados (Galeras en Nariño, Puracé en el Cauca, Huila, Tolima y Ruíz), de otros parques Nacionales naturales abandonados por la administración del Estado y de los museos en las ciudades. Todo está correlacionado. Todas las historias. Para ir a un parque natural, la gente del común necesita tener plata, carro y Ejército. Esto lo hace imposible, pero en la ciudad tampoco hay sustitutivos.

Teníamos antes de la pandemia la ciudad por cárcel; ahora, la casa por cárcel y el espíritu sepultado en el cemento y la cotidianidad abúlica del ruido de los carros. En el cambio de semáforo y en el sillón, cuya sonrisa inerte es la forma abúlica de nuestro culo, se encuentra refundido el espíritu.

Duque tuvo la oportunidad de aprovechar el acuerdo de paz para hacer un país turístico, poniendo a los exguerrilleros a custodiar como guardabosques estas zonas naturales, a promover el turismo de observación de aves, resguardar la naturaleza de la explotación minera, en fin, convertir a Colombia en un gran parque turístico, pero la desaprovechó.

Tenemos un país que podría vivir de su belleza, como una mujer hermosa, pero nos empeñamos en que la vida debe ser el café. En que calidad de vida no es tener adónde ir, sino vivir en un apartamento con nueve chapas de seguridad, alarma y cámaras en un sector que pague administración e impuestos muy caros del que no podemos salir.

Como dijo Víctor Paz Otero: “Solo una revolución que se proponga cambiar la vida, podría con éxito cambiar las cosas”.

Un saludo para el maestro Paz Otero que se recupera de una afección vascular. Esperamos que estas palabras lo motiven a seguir escribiendo.

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