Virus y guerra para el mal morir

Los hechos del siglo XXI impiden ser optimistas e invitan a prepararse para entender que después del COVID-19 la vida será de otra manera, pero no en un mejor sentido

Por: Manuel Humberto Retrepo Dominguez
abril 07, 2020
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Virus y guerra para el mal morir
Foto: Pixabay.

Petróleo, ferrocarril y aseo cambiaron el curso del mundo a comienzos del siglo XX, que internet, robótica y especulación financiera cerraron. Las guerras que abrieron el siglo con grandes movilizaciones de soldados harapientos emboscando al enemigo en campo abierto, al ritmo de tanques y camiones, en el S.XXI mutaron hacia enemigos asimétricos, difusos, creados en laboratorio y atacados para justificar victorias que distraen los grandes negocios y dominio político que subyace. Así ocurrió con Afganistán, Iraq, Siria, todos bajo la expresión de “infectados”. Para ocupar lugar de aislamiento basta que le toque su turno en la baraja del poder hegemónico para ser bloqueado, encerrado, exterminado, con la lógica de la peste y de la guerra, que hace 70 años llevan la herencia nazi técnicamente perfeccionada. Peste y guerra azotan con mayor violencia a vulnerables, apátridas, marginados, pobres, que reciben por igual los azotes de la plaga, sea de marines, cabezas rapadas, paracos, militares en ejercicio o bacterias y virus letales como este COVID-19 en sus dos cepas S y L.

Los bárbaros ejércitos, “inteligentes”, son mitad máquina, mitad humanos, digitales y mecánicos, drones, bombarderos no tripulados, máquinas de precisión, hombres sin humanidad, francotiradores en línea apostando a matar, salen de la nada, dan miedo, aprovechan la sombra y la legalidad que les da impunidad, reciben la paga como antiguos mercenarios, sus asesinatos valen oro, cobran en bolsa. Los gobernantes declaran y anuncian al “enemigo universal” a ser atacado de manera implacable, ante la impotencia de sus vecinos y hermanos. Estos días los Estados Unidos le anuncian a América Latina, que viene una guerra, así de repente como la peste y nadie duda que su poder le alcanza para cooptar gobernantes (calificados por quienes los eligieron para conservar la paz de pusilánimes, entreguistas y traidores) y hacer alianzas de negocios con empresarios y políticos para adelantar acciones abiertas y encubiertas, de guerra regular o sucia y uso del terror general o selectivo.

El virus invisible llega sin anuncio no declara la guerra, se mete en el cuerpo de los más expuestos y se expande, permitiendo que los gobernantes abandonen la agenda social y la concertación y busquen equilibrios entre un temor manipulable (útil para experimentar una nueva disciplina y control de conductas sociales) y contener el contagio. América Latina, con el anuncio de guerra, anticipa su lenta muerte como continente próspero y esperanza de futuro, su tenacidad no va a alcanzar para vivir al mismo tiempo el contagio y una guerra inesperada, creada a la sombra del virus letal. Los vientos de guerra contra Venezuela se extenderán y todo el continente va a arder. Lo que ocurra no podrá ser exhibido como victoria de nadie, es una gran vergüenza para todos. La gran perdedora será Colombia, que con sus siete bases americanas será convertida en el “nido del águila” (donde el führer ordenaba su crueldad) para organizar la destrucción de lo poco que le queda de grandeza a la patria grande soñada por Bolívar, que en su soledad cuenta sus muertos, en tanto espera completar el contagio del 10% de su población total, inerme, desigual, excluida y olvidada, lista para morir.

Los hechos del siglo XXI, que era el siglo de América Latina, impiden ser optimistas y más bien invitan a prepararse para entender que después del trance de COVID-19 nada quedará igual y la vida será de otra manera, pero no para vivir un post de alegrías, porque la guerra prometida estará ahí como otro virus letal. Colombia podrá quedar encerrada en el triángulo macabro de una violencia endémica con visos de retorno a la guerra interna, una guerra internacional y una pandemia que se niega a irse. Las consecuencias previsibles anuncian afectación de fondo a la estabilidad del trabajo, al aparato productivo de baja capacidad de respuesta y una economía inestable, en medio de un tejido político y social polarizado, que impide avanzar en la solidaridad y respeto a la naturaleza, al otro y a sí mismos, lo que dificulta regresar a una normalidad de renovados deberes y responsabilidades que permitan un fraterno reencuentro. El COVID-19 se irá, llegará un antídoto, pero la guerra que empieza estará más cerca, mortal y certera. Todo cambia drásticamente de repente y ojalá haya tiempo para preguntarnos en estos días: ¿quién soy yo como ser humano?, ¿quién soy yo para la humanidad? El COVID-19 es el “enemigo invisible” y la conciencia indica que desigualdad y exclusión son la base de permanencia del “enemigo visible”: el gran propietario que no abandona su ímpetu de guerra, ni cesa en su empeño de permanecer así, hasta que realmente el sistema de acumulación sea golpeado.

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