Opinión

Violentos contra violentos

Qué tal que en un escenario cerrado como puede ser El Campín, se les dé oportunidad a los violentos de enfrentarse con los mismos violentos

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agosto 08, 2021
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Violentos contra violentos
Que los violentos puedan descargar su odio y adrenalina en un espacio cerrado nos puede librar al resto de su violencia en las calles

Al contrario de lo que afirman muchos comentaristas y analistas (generalmente foráneos, ligeros y sesgados), Colombia no es un país violento. Que hay violentos, por supuesto que los hay. La abrumadora mayoría de los generadores y propagadores de violencia están de lleno metidos en el negocio del narcotráfico, de la minería ilegal y de la trata de personas. Algunos de estos violentos se arropan en mantas ideológicas como son las Farc y el ELN. A otros, poco les importa que los califiquen como lo que son: simples narcotraficantes.

Lamentablemente hay muchos violentos urbanos que hacen parte de la llamada sociedad civil. El martes pasado fue un día triste para el fútbol colombiano. Los hinchas regresaron al estadio El Campín de Bogotá después de 15 meses ausentes, pero el desenlace fue desastroso: violencia descontrolada. Como lo relata el periodista Christian Amézquita de FútbolRed: “El resultado final pasó a un segundo plano. Los videos e imágenes que corroboraron lo ocurrido, dejaron sin palabras al verdadero amante del fútbol. Todo lo que podía salir mal, salió mal. Justamente uno de los materiales visuales más viralizado en redes sociales, trata sobre un hincha cardenal golpeado brutalmente por aficionados verdolagas. Puños, patadas y agresiones de todo tipo contra un ser humano tirado en el suelo. La degradación total.”

Otros violentos son aquellos llamados de la “primera y segunda línea”. Como este columnista relataba en un artículo publicado recientemente en El Espectador, “Desde temprana hora bloquean las calles del pueblo con busetas, volquetas y lujosas camionetas blindadas con escoltas pagados por los contribuyentes. Se ‘cortó la ruta’, según la graciosa definición de la CIDH. Los colectivos trasportaban a los de la “primera línea”, a la línea de contraataque y a los ‘neutralizadores’ que son los encargados de disipar los efectos de los gases lacrimógenos. En volqueta llegaron los elementos de ataque y protección (escudos, bates, pasamontañas, máscaras de gas, botas y rodilleras), material que aportó el senador Gustavo Bolívar después de una meritoria campaña de crowdfunding. Los elementos algo más agresivos, los machetes y papas bombas, fueron discretamente entregados como generoso aporte de la Minga, el ELN y la Nueva Marquetalia. Los de la retaguardia y las “barras bravas del pueblo” (que llegaron con ladrillos) fueron rociados con pintura roja, y hábilmente maquillados con heridas y quemaduras.”

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En un lado pueden colocarse los de las “barras bravas” del Nacional; y en el otro lado los de la “primera y segunda líneas”

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La propuesta que quisiera hacer quien escribe esta nota es que, en un escenario cerrado como puede ser El Campín, se les dé oportunidad a los violentos de enfrentarse con los mismos violentos. En un lado pueden colocarse los de las “barras bravas” del Nacional; y en el otro lado los de la “primera y segunda líneas”. De esta forma, a los que el periodista español Arturo Pérez – Reverte llama “Pan­da de gilipollas que buscan adrenalina, arriesgando estúpi­damente una vida preciosa cuyo manual de uso ignoran”, se les permite enfrentarse con bates y a navaja limpia. Para el escritor español, “Por desgracia, la navaja se ha convertido ahora en protagonista de lances cobardes, de horror gratuito, estúpido, a la puerta de discotecas o es­tadios de fútbol: por eso periódicamente se levantan vo­ces pidiendo que se prohíba su venta. Niñatos de mier­da, chulos de discoteca, zumbados de coca, pastilla y cubalibre, perros chusmosos con cerebros de a medio gramo, tiran de ella con una inconsciencia y una facili­dad que da escalofríos.”

El que los violentos puedan descargar su odio, resentimiento y adrenalina en un espacio cerrado nos puede librar al resto de los colombianos de presenciar la violencia que los iracundos les ha dado por practicar en las vías públicas.

 

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