Veinte años después de la muerte de Garzón, todo sigue como antes

"Nadie vino a salvarnos ni a tomar la batuta para fomentar un cambio de raíz. En consecuencia, continuamos siendo igual de miserables, indiferentes y egoístas"

Por: wilmar orlando lopez castaño
julio 31, 2020
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Veinte años después de la muerte de Garzón, todo sigue como antes

Era el año 1999, mediados de agosto, apenas comenzaba el día, cuando en la radio local suspendieron momentáneamente el programa matutino para informar a la audiencia que hace pocos minutos en las calles de la capital había sido asesinado el prócer de las risas, el caudillo del betún y los dientes manchados, el gran Jaime Garzón. Yo tenía 10 años apenas y, sin importar mi corta edad, sabía muy bien de quien hablaban. A pesar del poco o quizá nulo interés que me generaban las noticias, a mediodía tenía la cita siempre con Quack. De hecho, cuando llegaba el momento, si mis padres estaban viendo otro canal, me pedían que sintonizara el uno, quizás para reírse un ratico de este país de mierda, como diría Londoño. En fin, me hubiera gustado crecer con sus chistes y sus reflexiones, pero para desgracia de muchos, nos tocó hacerlo con su recuerdo.

Han pasado más de veinte años desde su asesinato y seguimos igual. Como decía Garzón, nadie vino a salvarnos ni a tomar la batuta para fomentar un cambio de raíz, en consecuencia continuamos siendo igual de miserables, indiferentes, despreocupados y egoístas. No nos importa si en la ciudad en la que vivimos los muertos se cuentan por miles, tampoco si hay desempleo, hambre, si los viejos venden dulces en la esquina para ganarse la vida, si al vecino lo matan, si a la muchacha que trabaja haciendo oficio la atracan... mientras no sea nuestro el problema, no importa... mientras no toquen nuestro nombre, sangre o bolsillo, qué más da.

Ese es el problema de nuestra patria boba. No se de cuando en cuando nos educaron así, pero en nuestro común la solidaridad no existe, no pensamos como comunidad y no actuamos como ella. Aquí los emprendimientos en su mayoría son individuales, ideas que se tratan de explotar al máximo en beneficio propio... y cuando el beneficio propio se consigue y si sobra algo, ahí sí que venga el beneficio social.

Así opera nuestra política: personas que asaltan el poder cual flota de caza, buscando los sueldos millonarios, los billetes, el avaluo y el renombre que trae consigo ocupar un puesto en la clase dirigente. Mientras tanto, nosotros, los nadie, pues nada... no hacemos nada y no luchamos por nada porque no nos importa. En tanto que el problema no sea nuestro no nos vamos a hacer matar por otro. Y los otros, los que quieren hacer algo y los que no quieren que se haga nada, siguen tirándose la papa.

Pensándolo bien, no es solo la indiferencia y el egoísmo lo que nos mata, es también la hipocresía; es creer y pretender que todo anda bien aunque el mundo a nuestro alrededor se caiga a pedazos; es echarle la culpa de todo a los otros para seguir siendo santos; es ese toque de Midas criollo que tenemos que todo lo convierte en mierda; es esa imagen que tenemos de país y de suciedad; es esa venda que nos tapa los ojos y no sabemos quitarnos; es juzgar mal a los demás, siempre moralmente por debajo de nosotros; y es ese actuar que tenemos, para que el juicio que se hace de nosotros siempre sea certero.

Esa imagen negativa que tenemos de  la sociedad en la que vivimos nos carcome, por eso mientras no cambiemos como sociedad el policía siempre será corrupto; el político, ladrón; el estudiante, tira piedras, etcétera. Ninguno, ni el más humilde, ni el más rico, ha hecho nunca nada para cambiar esos prospecto de mierda que tenemos. Y desde nuestro Garzón a la fecha todos somos más de lo mismo: el policía, veinte años más corrupto; el estudiante, veinte años más bueno para nada, y así sucesivamente en cada una de nuestras bases.

Espero que llegue un día esa utopía que muchos soñamos, donde aprendamos a convivir con nuestras diferencias, a proyectar un país, a generar una idea social que nos unifique y que busque el bien para todos, sin importar las bases de lo que nos define. Basta mirarnos al espejo los últimos veinte años para descubrir que somos mejores de lo que hemos entregado hasta ahora. Espero que en veinte años, si la mierda que nos corroe me permite vivir, haya ocurrido la hecatombe que nos despierte y no nos sigamos matando.

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