Vamos a gobernar este país

Cuando las fuerzas alternativas comprometidas con la democracia gobiernen para el progreso y el bien común, podremos decir que todo el sacrificio no fue en vano

Por: RICARDO VILLA SÁNCHEZ
mayo 22, 2018
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Vamos a gobernar este país

“Hay que cantar a la vida, porque si se vive en función de la muerte, uno ya está muerto"—Jaime Bateman Cayón.

En un lugar del caribe que siempre recuerdan los que reivindican a el libertador Simón Bolívar —porque fue el paraje donde se encontró a la muerte cuando preparaba la segunda independencia—, nació otro latinoamericano universal, de larga figura, peinado afro, hombre hicotea, sentipensante que, en su misterio sin final, como tituló Gabriel García Márquez un reportaje póstumo en su honor, después de recoger sus pasos, murió en extrañas circunstancias, viajando en una avioneta que se deshizo como una hoja de papel en el Tapón del Darién, en un lugar, en medio de tantos satélites modernos que, como escribió Darío Villamizar en su biografía, hasta un mosquito hubiesen detectado.

El niño que llegó a su casa, cruzando la línea del tren, después de husmear en casa ajena, diciendo: ¡Mamá, los perros de los gringos comen mejor que nosotros! porque los vio zamparse una jugosa carne. Aquella recordada madre costeña que evitó le amputaran su pierna en Barranquilla cuando tuvo el accidente que padeció hasta su muerte, a la que cuando caminaba en el monte en el Caquetá, se le escuchaba, como un lamento, preguntar qué sería de su vida y la que terminó por identificarlo, por esa lesión, cuando viajó a Panamá a reconocerlo.

Este ser caribe, que como a muchos le tocó partir a buscar suerte en otros fríos, se hizo como dirigente político en el altiplano, sin nunca dejar su dejo, su nostalgia, su simpatía natural explosiva de mirada triste, de marinero en tierra, que en la clandestinidad para caminar las calles del centro de Bogotá, siendo ateo, se disfrazaba de cura franciscano, para verse con sus amigos o su familia, que aún guarda como una reliquia las congas que se ponía a tocar cuando sonaba salsa, y nada le pasaba, a nuestro Quijote del Siglo XX, porque se sentía consciente de que existía una gran cadena de afectos que lo cuidaba, esa misma que hacía que la revolución fuese una fiesta y que corroboraba que el amor es la certeza de la vida, es la sensación de la inmortalidad.

El flaco que señalaba que solo cuando una ideología se vuelve apasionada, sentida como su propia carne, se transforma en fuerza real, mientras argumentaba que hay que acabar con el mito de que hay hombres perfectos; es decir, había que romper con el sectarismo y el dogmatismo, como alguna vez que, tomando del pelo, habría dicho que si el mundo era un pañuelo, los istmos, como el izquierdismo, eran un moco, que corría el riesgo de secarse y desaparecer. El que mi difunto padre hizo nombrar, en proposición aprobada, en chanza, presidente del Concejo de Santa Marta y hace poco lo lanzaron simbólicamente a la Alcaldía Distrital. El que, como le pasó al último de la estirpe de los Buendía, cuando preguntaba por el coronel, en su ciudad, como en la decadencia de Macondo, la gente piensa que fue una simple leyenda, que así se llamaba una calle o una canción, la ley del embudo, quizá, porque él no había existido y los que lo conocieron, esperan su regreso porque nunca murió, porque aún hace prodigios, porque todavía les habla en sus espejismos.

El humanista, adelantado a su tiempo, que, en medio de carcajadas serias, decía que cada hecho político debía ser un boom publicitario. Cuando alegaba que la política era la capacidad de movilizar masas, era el arte de la eficacia, y que en una democracia, la unidad se da en la dinámica, de acuerdo con las propuestas concretas, dirigidas a generar soluciones reales a problemas reales que reflejen las necesidades más sentidas del pueblo. Profeta de la paz, fue el primero que habló de diálogo nacional como mecanismo para la solución política al conflicto armado, cuando lo llamó el gran ‘sancocho nacional’; cuando afirmó que lo que teníamos que buscar era la comunidad de intereses, sin olvidar que la paz pasa por la justicia social y que a la gente no le importa que tú te equivoques en política: lo que le importa es si eres consecuente o inconsecuente.

Mientras leo en su epitafio la frase "morir por la patria no es morir", pienso en que cuando crece la audiencia, en el sueño de las escalinatas de Zalamea, siguen vivos sus planteamientos: siempre que quede un M, quedará la esperanza de la lucha. Vamos a dirigir este país. El hombre colombiano, el alegre, el que ama las cosas sencillas, el de la arepa, el de la música, el mamador de gallo, el man de a pie que sueña con vivir mejor y el sistema, muchas veces le niega las oportunidades; el audaz, el inteligente, lo que le da su dimensión de sobreviviente, tiene la voz disidente y la decisión, con su voto, para ganar este 27 de mayo o en la segunda vuelta después, con quienes comparten aún los sueños de abril del gran Jaime Bateman Cayón.

Así es, cuando las fuerzas alternativas comprometidas con la democracia profunda, con las causas nobles, con la gente, en una gran coalición ganen el poder por la vía democrática, gobiernen para el progreso y el bien común, podremos decir, con la mano en el corazón, que todo el sacrificio de tanta gente valiosa, no fue en vano; que nunca más será una opción sembrar vientos y cosechar tempestades, sino que será necesario, entre todos, construir un nuevo relato de nación que nos una, así nos duela, para avanzar hacia el cambio de época, en el que se pueda, por fin, cumplir con un programa común, la nueva promesa del Monte Sacro: otra Colombia es posible, una patria grande libre y soberana, más equitativa y más humana, en paz con justicia social.

 

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