¡Ustedes!

En ese palabra va una carga de paradigmas más fuerte que el dardo que mató a Dilan

Por: Javier Arias Londoño
diciembre 06, 2019
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¡Ustedes!

La violencia más fuerte no duele físicamente pero sí penetra en la mente, generando múltiples reacciones que unidas al estado permanente de estrés que viven las personas en las sociedades modernas deriva en una cantidad de conflictos muy complejos de explicar.

En Colombia, particularmente, llevamos un tiempo viviendo en un limbo emocional, transitando por un pedregoso y curvilíneo camino hacia un país en paz. Además, conservamos aun el miedo de la guerra vivida por décadas, a pesar de que queremos disfrutar de vivir en armonía. Sin embargo, todavíá no sabemos aún cómo, así que nos debatimos entre la valentía de enfrentar lo que venga o el temor de perder lo que se supone tenemos. ¿Qué es? Tampoco sabemos.

La historia se vive y luego se interpreta, parte se escribe o se incrusta en un imaginario colectivo y otra se olvida, pero las consecuencias pertenecen al hoy así se sufran o disfruten con el paso del tiempo, según como cada cual se mueva.

Sí, estoy hablando del paro, del #21N, del miedo de seguir en la calle, pero también de salir de ella. Del temor del tirano de aplastar so pena que se fragmente con su propia fuerza o abrir espacio para un nuevo escenario. En suma, todos tenemos miedo y desconocemos qué hacer, por eso siento que aún nos aferramos a las “armas” que hemos usado, aunque tímidamente exploremos nuevas; lo que sí es cierto es que ya no somos los mismos, desde el policía violento, el gobernante corrupto, el incrédulo, el dios me lleva y dios me traiga, el estudiante, los niños, el trabajador, el periodista, porque parodiando a un senador “nos necesitamos todos”.

Creo ver, como en todo proceso de transición, que hay dos fuerzas que se retan: el poderoso que ya ni sabe por qué está acumulando poder frente a quienes ya no tienen nada que perder. Estos segundos son la vanguardia que impulsa al todo hacia otra dimensión, que en esta oportunidad es difusa porque debemos crearla, ya no es el socialismo o el capitalismo con rostro humano, el momento del cambio nos cogió atascados en las dudas pero ya no da espera.

Y en ese “no saber qué hacer” subsiste el ego que no hemos podido vencer, esa necesidad de ser necesitado, de tener la razón, de hacerse ver, pero también los paradigmas que nos anclan, que nos amarran y nos impiden cambiar, haciendo las mismas preguntas y obteniendo las mismas respuestas.

Aunque estoy rodeado de personas de muchas tendencias, durante este #21N no he perdido amigos, ni nadie me ha dejado de hablar porque expreso mis convicciones. De hecho, eso me ha brindado una esperanzadora calma espiritual que he logrado llevar a un nivel que califico de superior: ponerme en los zapatos del otro, no mirar por el prisma del paradigma enquistado, sino verme a mí en el otro. Ya no separo el dolor del muerto según su ubicación, ni califico las reacciones según mis simpatías. Tampoco he cambiado del todo, aún vocifero y ataco, pero exploro nuevas formas. Sobre todo siento que si salgo de la calle sin terminar esto que empezó estaré muerto.

Concluyo mis reflexiones hablando de la palabra que más polariza cuando la emitimos: “ustedes” (“es que ustedes piensan”, “si no fuera por ustedes”, “ustedes deberían”, “ustedes, etcétera”). En ese “ustedes” va una carga de paradigmas más fuerte que el dardo que mató a Dilan. Tanta es su fuerza que últimamente se concluye con “claro, no todos son así”.

Ese “ustedes” puede ser “ustedes en el paro son vagos", “ustedes, estudiantes, son capuchos", “ustedes, Esmad, son asesinos", “ustedes, políticos, son corruptos", “ustedes que no marchan son arrodillados", “ustedes son petristas, uribistas, tibios...". Se dirige la palabra a alguien particular, pero estampando un rótulo ofensivo para cercenar al otro, para agredir.

Visualizo un contexto. Estoy parado en el semáforo montado en mi bici, al lado una señora en una moto también espera, y pasan dos chicos huyendo de la policía:

— Mire esos vándalos, después los matan y los vuelven héroes—, me mira la señora.

— Son dos muchachos que buscan pacíficamente una mejora para todos pero los reprimen violentamente—, interpelo.

— Ustedes los petristas son lo peor que le pasó a este país, partida de vagos.

El semáforo cambia quizá, jamás nos volvamos a ver.

Posdata. Quizá debamos empezar por saber que cada uno es un mundo y no solo hay que respetarlo, sino también escucharlo y esperar de regreso algo similar. Este gesto puede hacer la diferencia para evitar eliminar al otro o que me eliminen a mí. Quizá allí empieza la armonía.

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