Una pandemia que desafía nuestra fuerza interior

Estos días nos han llevado a reencontramos con nosotros mismos y con los nuestros, a pensar en los demás y a recordar lo fundamental

Por: EVA MARÍA RODRÍGUEZ DÍAZ
marzo 30, 2020
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Una pandemia que desafía nuestra fuerza interior

Por estos días el COVID-19 es la noticia que abunda en nuestras pantallas de computador y de celular. Es el tema de la mesa, de la sala y que ronda nuestras cabezas. Es el asunto que ocupa nuestro interés.

Mientras guardamos cuarentena, mientras caminamos y volvemos a caminar nuestras casas, mientras empezamos a ver y a usar lo que hace meses no mirábamos ni encontrábamos útil. Nos damos cuenta que nada de lo que ocurre afuera lo podemos controlar. Este es un tiempo de los científicos y profesionales de la salud, las personas más útiles en este momento al trabajar sin descanso para atender a las personas afectadas o para buscar un tratamiento y cura. Las demás personas, compartimos nuestro rol como víctimas potenciales y resultamos más útiles haciendo menos o haciendo casi que nada. Nuestro aporte crucial en este momento lo hacemos al quedarnos en casa y en el aislamiento, con nuestra propia persona si no tenemos a nadie y con las personas de nuestras familias o con quien sea que estemos compartiendo la cuarentena.

Se habla de padres compartiendo más tiempo con sus hijos, de parejas encontrándose y dialogando más y, hasta de posibles divorcios. El tiempo que siempre dijimos no tener, ahora lo tenemos; las cosas que dijimos que no podíamos hacer, ahora las podríamos hacer.

Comprobamos cada día que el único control que podemos tener es sobre nuestro propio ser. Y también podemos notar que es en lo que menos control tenemos. En estos días de menos cosas por hacer y en consecuencia de mayor intimidad personas, desatamos nuestra ansiedad por salir, nuestro deseo de sobresalir, nuestra angustia, nuestro egocentrismo… desatamos toda nuestra vulnerabilidad. Y la realidad es que tenemos que compartir un espacio durante 24 horas, tenemos que ceder un poco de lo propio, tenemos que compartir los recursos escasos, tenemos que dialogar lo que nunca hemos dialogado, aprender a escuchar las diferencias que hemos desconocido durante tanto tiempo.

Es increíble cómo estando en el estado de máxima protección (en casa y con los nuestros) se pone a flote nuestra más increíble vulnerabilidad. Nos damos cuenta como ante cualquier mínima situación: una mirada, una palabra, un punto de vista distinto, incluso ante un silencio o una ausencia, pueden surgir nuestras más remotas y nefastas emociones. Tal vez por eso mismo, hemos huido tanto tiempo al silencio, a la quietud, al aislamiento a la intimidad, para ocultar esas debilidades.

Ahora mismo sabemos que lo único que podemos controlar es a nosotros mismos, irónicamente esa es la parte que siempre hemos evitado, porque es más fácil aparentar y refundirse ante muchos comportamientos, culpar a otras personas señalando sus flaquezas que suelen ser las mismas nuestras y por lo mismo son tan útiles para camuflarnos. Ahora mismo, también revisamos qué tanta capacidad de control propio tenemos, ahora que es cuando nos volvemos más evidentes es cuando nuestras flaquezas son más expuestas. Pero también es el tiempo donde pueden salir nuestros sentimientos más bellos, nuestras fortalezas emocionales y nuestra sensibilidad escondidas.

Indudablemente, tenemos un gran reto con la vida humana y con el planeta. Nuestro aporte está en cuidarnos en aislamiento, porque es además la única forma de cuidar a los demás. Tal vez por primera vez estamos pensando de manera colectiva y en que tenemos que cuidar a las demás personas.

Pero estos días, mientras nos cuidamos para cuidar, se nos crea otro gran reto, un reto muy personal, ahora mismo lo único que podemos controlar es nuestro carácter, nuestras emociones, nuestros miedos, ansiedades e inseguridades. En este pequeño mundo que habitamos, más íntimo, más cercano, es donde ponemos a prueba toda nuestra capacidad humana; es acá en casa y en el encierro, donde expresamos a cada instante nuestra felicidad o nuestra amargura, la solidaridad, la felicidad, la capacidad de escuchar puntos de vista comunes y no comunes y de expresarnos desde perspectivas distintas. En este tiempo de encierro e intimidad podremos manifestar nuestra ternura, comprensión, apoyo, nuestra creatividad o, nuestra dependencia al mando de otros, nuestra necesidad de respaldo permanente, nuestros miedos y nuestras seguridades.

El planeta nos exige una responsabilidad conjunta; pero indudablemente nosotros nos tendremos que exigir a nosotros mismos una responsabilidad individual que nos ayude a ser mejores personas, más honestas, más expresivas, más respetuosas de la diferencia, más incluyentes, más asertivas. Y también más expresivas y seguras de nuestras inseguridades. Porque quienes vivamos o vivan después de este tiempo, tendremos o tendrán el reto de ser mejores seres humanos con sigo mismos, con las otras personas y con el planeta.

En estos días en que el planeta reclama atención, lo más seguro que tenemos es que no tenemos control de nada, más que de nuestro carácter y emociones. Así que es nuestra decisión personal: hacerlas útiles y constructivas o, ponerlas al servicio del ego, la división y la destrucción de nuestras relaciones más cercanas.

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