Nada más fácil que explicar a posteriori el pasado.
Respecto a las elecciones se puede decir que poco de sorpresa hay, puesto que su desarrollo responde a las premisas sobre las cuales se montó.
Para entender o demostrar esto toca partir de algunas de esas.
Es un error simplificar el marxismo a que asume como dinámica de la historia la lucha de clases; y que simplemente excluye la posibilidad de una organización social de modelo libertario que se desarrollaría alrededor de la propiedad privada símbolo mismo de la libertad individual; o del elemento de solidaridad que permitiría tener propósitos colectivos.
La realidad es la inevitabilidad de las relaciones conflictivas, no necesariamente entre clases sociales, pero sí entre los beneficiados con un estado de cosas y los perjudicados o por lo menos los desfavorecidos bajo él.
En el caso bajo análisis (la situación de Colombia en el momento de estas elecciones) se encuentra de un lado lo que llamamos ‘el establecimiento’ que son básicamente los dueños del poder económico, del poder político y del poder mediático -con las correspondientes posibilidades de convergencia entre ellos-; y del otro los excluidos, los que para estos efectos se clasifican en el lenguaje político como ‘los nadies’ (término que no es de Francia Márquez, sino ya convencional como lo usa Eduardo Galeano), que no tienen más opción que luchar por su supervivencia, que están sentenciados por su condición de nacimiento, que no se les tiene en cuenta sino muy eventualmente como una cifra estadística, pero no como seres necesitados de algo más que mínimos vitales como son la dignidad y la esperanza.
El resto de los habitantes son simplemente inertes, indiferentes al régimen que los rodea y al sistema bajo el cual viven. Se puede decir que encuentran una zona de confort o de resignación, pero que no representan una fuerza dinámica en las luchas políticas. Hasta tiempos recientes esas mayorías habían sido manejadas bajo un sistema oligárquico donde los pocos que representaban el poder organizaban una sociedad conformista que funcionaba en forma relativamente armónica sin que existieran las nociones de incluidos y excluidos de los beneficios del progreso de la colectividad.
La evolución histórica llevó esa partición bajo ese concepto relativamente nuevo pero de gran incidencia.
Aclarado que ese es el proceso que vivimos, el momento y el desarrollo de las ‘candidaturas’ son más claros.
Se reduce la trascendencia a lo que son los candidatos, es decir accidentes anecdóticos.
Ninguno había pensado, aspirado o adelantado una trayectoria que lo acercara a esa posición
Abelardo tenía todas las condiciones que chocarían con esa posibilidad (abogado de los cuestionables, arrogante en el despliegue de su fortuna, sin contacto alguno con la esfera pública, perfectamente desconocida de la ciudadanía) y, como él lo dice, un día, de repente, y sin motivo alguno adicional, madrugó con la idea de ¿porqué no intentar ser presidente?
Cepeda por el contrario, vinculado de siempre a la esfera pública pero no en el camino del poder político, se econtró de repente con que por haber vencido transitoriamente a Alvaro Uribe en los estrados jurídicos, quedó catapultado como la alternativa para derrotarlo políticamente.
Y Paloma Valencia fue pirimero prácticamente promovida por el excesivo radicalismo de María Fernanda Cabal que excluia cualquier posibilidad de expansión del uribismo; y después, por su ingreso a último momento a la ‘consulta’ que paradójicamente se había montado para excluir extremismos como el del Centro Democrático.
Esa característica de aspirantes improvisados sin mayor arraigo político ni expectativa electoral confirma que la esencia de la elección es entre dos posiciones y no entre tres candidatos.
La vocería del lado de los que se oponen al cambio es donde hay una especie de debate por quién representa esa posición del establecimiento, pero respecto a de quiénes son voceros y qué modelo político contemplan no hay diferencias.
Ahora : ¿Porqué la cuasi desaparición de Paloma Valencia?.
En parte porque nunca tuvo verdadera opción de ser una alternativa, para lo cual se necesita un liderazgo, un equipo, representar una convergencia de intereses o una propuesta que los encarne; y, después de las frustraciones de los gobiernos elegidos bajo el eslogan de ‘el que apoye Uribe’, dejó de ser eso suficiente para ganar. Su crecimiento que pareció tan dinámico se debió al efecto de vencer en la consulta, y el supuesto que con los otros miembros que participaron en ella se representaba un abanico que cubría al país.
Pero probablemente más por el error de no entender que Oviedo captó los votos contra el Centro Democrático, por la imagen de ‘alternativo’, que permitía ir contra el gobierno pero sin ser uribista (ya que ser gay y ser uribista aparentemente es un oximorón, una contradicción como subir para abajo).
El otro gran error fue convertirse en un botafuego, en una especie de María Fernanda Cabal, asumiendo la personalidad de aquella a quien había derrotado, con ataques personales contra Petro y su entorno, basada en una estrategia en que lo que se jugaba era solo entre el petrismo y el antipetrismo, en vez de intentar al menos una propuesta de gobierno. En lo que le ganó De la Espriella es que jugó en el campo de la Derecha Vs la Izquierda mostrándose como el de verdad de mano dura y no simplemente como el enemigo de Petro.
Del mismo autor: Defensa de la institucionalidad o de las instituciones
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