Solo los anarquistas creen que una comunidad humana no requiere unas reglas de juego para su funcionamiento, que un orden sin Estado y sin institucionalidad puede existir.
La necesidad de un conjunto de instituciones como fundamento de la vida en sociedad no es sujeto de controversias.
Pero un tema diferente es el cuáles deben ser esas instituciones.
Porque en la realidad siempre habrá perdedores y ganadores según cuales sean esas instituciones.
Y tan inevitable y válido es que quienes se benefician de ellas busquen preservarlas, como que quienes consideran que son fuente de injusticias busquen cambiarlas.
Tan legitimo es defenderlas como querer sustituirlas.
Se nos presenta la supuesta frase que copió Churchiil según la cual “la democracia es el peor modelo de gobierno exceptuando todos los demás”.
Pero eso es poco cierto.
La ‘democracia’ en el sentido que más se usa se referiría al modelo de gobierno americano. Por el éxito -o por la forma en que como poder se ha impuesto- hoy esa palabra perdió cualquier sentido de contenido y se le da a la democracia la categoría de un valor superior o de un bien abstracto e indiscutible.
Pero si vamos a compararla con otros sistemas de gobierno entran varias consideraciones
A comenzar porque debe entenderse que bajo la modalidad de régimen presidencialista es de por sí una cuasiexcepción entre las ‘democracias’. Bajo los regímenes parlamentarios la diferenciación entre Jefe de Estado y Jefe de Gobierno permite que el primero represente como institución la identidad de una nación mientras el segundo es solo un administrador transitorio de una de las ramas del poder.
Hay países con estructuras autocráticas, o teocráticas, con regímenes socialistas o socialdemócratas, con monarcas o con partidos gobernantes.
Lo que menos hay es países con regímenes como el nuestro, ‘liberal democrata’ según le dicen ahora.
El hecho es que en la práctica solo los países latinoamericanos se rigen por este modelo. Básicamente por la imposición de la política de los Estados Unidos. Pero copiamos un modelo que no defiende valores sino propósitos de ‘pragmatismo político’, de ‘real polítik’, distante de los valores que nos dicen promover.
Exterminó los pueblos nativos -Pieles Rojas-; robó a los mexicanos la mitad de su territorio; llegó a ser el país con mayor número de esclavos (a estudiar eso mandaron a De Tocqueville); fue de los últimos en acabar con la esclavitud, pero manteniendo en el Sur el apartheid; solo a finales del siglo XX reconoció los derechos civiles; no tuvo reato de consciencia en acabar centenares de miles de seres humanos no solo una vez sino dos veces con las bombas de Hiroshima y Nagasaki.
Trump no es la desviación sino es la apoteosis de ese modelo de gobierno: con el poder y sin otra consideración que la de imponer su voluntad, intenta continuar la historia, atacando todo lo que su visión del mundo no comparte (clasista, machista, racista, etc), y ampliando su ‘grandeza’ comprando a Groenlandia, proponiendo anexar a Canadá o volver a Venezuela el Estado 51, o ‘borrando una civilización’ en el caso de Irán y destruyendo un país como Cuba.
Eso no sería lo grave, aunque podría ser sí una consideración para no estar tan obsesionados con que ‘hay que defender las instituciones’, o sea ‘hay que seguir la guía estadounidense’.
Lo que sí debería obligarnos a reflexionar al respecto son los resultados y los resultados comparativos.
El hecho es que el descontento con la ‘democracia’ en sus diferentes variantes es hoy cada vez más creciente en los países donde se supone que ella rige, entre ellos Colombia. En parte porque es claro que operativamente ya no funciona; y en parte porque las condiciones que la hicieron benéfica han cambiado.
Y comparativamente, si se excluyen los países africanos con estructuras tribales, todos los países con institucionalidad distinta a la nuestras han tenido mejores procesos de desarrollo y han llegado a mejores condiciones de convivencia -o incluso armonía social-; los países escandinavos, los países que sin mucho fundamento llamamos comunistas, como China, Rusia o varios de la antigua Unión Soviética; Japón; los tigres asiáticos de primera generación (Taiwán, Singapur, Corea); los de segunda generación (Vietnam, Malasia, Indonesia); las autarquías del Medio Oriente (Arabia, Emiratos); todos con instituciones diferentes a las nuestras han prosperado más que nosotros.
Del mismo autor: Un libro para “poner a pensar a Colombia”
Anuncios.


