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Opinión

Una mujer admirable

Admiro a Jineth Bedoya porque se ha atrevido a hablar, a presentar públicamente su caso, con la claridad necesaria para decir: ¡Yo no soy la culpable, yo soy la víctima!

Por:
Mayo 13, 2016
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No admiro a Jineth Bedoya por haber devuelto la indemnización de casi veinticinco millones que le entregó la Unidad para las Víctimas; eso es un gesto más que confirma su integridad, pero no es por eso por lo que la admiro.

Tampoco la admiro por su condición de comunicadora comprometida, esa que la llevó a meterse en la boca del lobo de unos paracos infames; eso muestra una calidad profesional que hace falta y mucha en este país, pero tampoco es esa la causa de mi admiración.

No admiro a Jineth Bedoya por haber conseguido salir de una profunda crisis psicológica dejada por la violación, por el acto criminal de atentar contra lo más profundamente privado que tiene un ser humano como es su sexualidad; eso muestra una capacidad de resiliencia, una fuerza interior muy grande y poderosa, más poderosa que la supuesta “hombría” del monstruo que la violó y le dijo con un cinismo increíble “míreme bien porque nunca se va a olvidar de esta cara”. Esa fuerza interior es admirable, pero no por eso es que la admiro.

No la admiro porque esta periodista haya persistido en sus denuncias, haya acorralado a la justicia hasta el grado de hacerla retroceder en una medida de prescripción contra el bandido cobarde que atentó contra su integridad sexual y su vida. Puede ser muy valiente su actuar, pero no es por eso que la admiro.

Admiro a Jineth Bedoya porque se ha atrevido a hablar de lo que le pasó, porque su caso es presentado públicamente por ella, mostrando su cara, sin permitirse el miedo a ser estigmatizada, sin aceptar ni un minuto de revictimización. Ella, como muy pocas mujeres ha tenido la claridad necesaria para decir: ¡Yo no soy la culpable, yo soy la víctima!

Es tan grande la distorsión del machismo que,
en nuestra sociedad, una mujer tiende por lo general a ser culpada
cuando sufre un ataque sexual

Es que la violencia sexual tiene un elemento cultural, que por muy increíble que parezca, hace sentir culpable a la víctima. Es tan grande la distorsión del machismo que, en nuestra sociedad, una mujer tiende por lo general a ser culpada cuando sufre un ataque sexual. “Es que se vestía de una forma provocativa”, dicen unos; “quién sabe que le habrá hecho a ese hombre para que la atacara”, aseguran sin vergüenza otros apologistas del machismo; “Quien la manda a meterse en esos temas” reprochan algunos con cinismo. En fin, las razones para justificar a los hombres cuando cometen un delito sexual son múltiples e ilógicas.

Son tantos y tan grandes los falsos imaginarios sobre los ataques a la integridad sexual de una mujer que el resultado es que muchas nunca se atrevan a contar qué les ha pasado. Por años, décadas o por toda la vida prefieren cargar con el dolor y los sentimientos de rabia e impotencia que enfrentar a una sociedad que no las respalda sino que las juzga, que no castiga al victimario, sino que se ensaña con la víctima.

En el conflicto armado colombiano, de casi ocho millones de personas reconocidas como víctimas solamente unas ochenta mil han declarado que sufrieron un ataque sexual. Esa cifra es insignificante, ridícula, frente a las estimaciones más cautelosas sobre lo que ha significado esta atrocidad que es convertir el cuerpo de las mujeres en botín y campo de guerra. Los actores armados se han ensañado contra la mujer con una brutalidad fuera de toda lógica, pero la sociedad no ha sido capaz de señalar este crimen como lo que realmente es: un acto de lesa humanidad, un delito que no debe permanecer oculto, ni un minuto más.

Por esto es que admiro a Jineth Bedoya, porque además de ser gran periodista, un ser humano íntegro y una mujer de valores, es una valiente que decidió para bien de muchas otras mujeres, no quedarse callada, no ser cómplice de esta sociedad patriarcal, sino señalar sin ambigüedades la enfermedad profunda que vivimos y que se expresa con toda brutalidad en nuestro conflicto, la enfermedad del machismo que mata.

www.margaritalondono.com

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