Macondo en El otoño del Patriarca

Una mirada desde el universo del temido general

Por: LUIS EDUARDO FORERO MEDINA
octubre 24, 2014
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Macondo en El otoño del Patriarca
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El general en el crepúsculo

El general se había empotrado en el poder y no se resignaba a dejarlo, “gobernaba como si se supiera predestinado a no morirse jamás”, que se mueran otros, solía repetir. Los oficinistas “de la casa presidencial tenían que ponerse de pie con un pañuelo blanco cuando él pasaba”, todos eran vitalicios; hasta los músicos, cuando morían aún tocando en la banda, al acto un músico “viejo lo reemplazaba” y la función continuaba. El cargo más relevante después del general era el de “impostor oficial”, el segundón, que tenía camello hasta que mi Dios se acordará y lo llamara a cuentas.

El cortejo que acompañaba al general era numeroso, como lo hacen ahora sus tataranietos en esta aldea. En sus memorias describe sus peligrosos y arriesgados desplazamientos así: “Andamos por la calle como fugitivos en siete automóviles iguales que cambiaban de lugar adelantándose unos a otros en el camino de modo que ni yo mismo se en cuál es el que voy, que carajo…” Era tan cauteloso que las personas más cercanas “comprobaban la pureza del aire que respiraba porque él había temido que le pusieran veneno ...” Las malas lenguas dicen que primero indagaba . “Nunca contestó una pregunta sin antes preguntar a su vez y usted qué opina?”

Cuando visitaba las regiones, no propiamente a consejos regionales, abandonaba su acompañamiento de 7 vehículos que usaba en la capital, y llegaba “a los pueblos a la hora menos pensada sin más escolta que un guajiro descalzo…y un reducido séquito de diputados y senadores que él mismo designaba con el dedo según los impulsos de su digestión.” Los guajiros servían fielmente así como al presidente de la República, en las condiciones anotadas, a la familia de “Isabel viendo llover en Macondo”, donde trabajaban en el servicio “sin camisa y descalzos, con los pantalones enrollados hasta las rodillas”.

Jornada laboral

Intensas jornadas laborales cumplían los funcionarios públicos, trabajaban de sol a sol. La intensa jornada era variada por el general que ordenaba que la hora no fuera era la hora, sino la que él ordenara. “Como ordene mi general.” Fue el comienzo de la supresión de horas extras y recargos nocturnos. La vaina de este país, decía “ es que a la gente le sobra demasiado tiempo para pensar,” y buscaba “la manera de mantenerla ocupada”.

Eran los “tiempos del ruido” en que predominaba el haga-esto-ya no lo haga-desbarate-vuelva a construir- “que me volteen al revés el curso de este río “-, lo volteaban, no había disculpa para que se dejara de cumplir cualquier orden. A los empleados les preocupaba que les pasara cuando en Macondo llovía mucho, que desapareció “por completo..la noción del tiempo.” Isabel no vio llover el jueves, porque “no hubo jueves.”

A la gente le seguía sobrando tiempo porque “se habían restablecido las antiguas fiestas de guardar”, las que sin embargo el general cambiaba “de acuerdo con sus planes…” y se interrumpía el descanso. Enseguida comenzaban a operar todos los anillos reversibles, y la hermandad macondiana retornaba al trabajo.
Informalidad y precariedad laboral

Estos males, que la descendencia del general cree son de hoy, tienen sus orígenes en esta aldea, en donde la gente debía arreglárselas para convivir con el estridente “ laberinto babélico del comercio, su música mortífera,..los baratillos de los turcos descoloridos por el sol”, que los ofrecían a voz en cuello, todo era caos, y todo era a peso, hasta los escondederos; los aficionados a relatos misteriosos compraban “ folletines de crímenes atroces y amores sin fortuna..” , sin mencionar los…. La precariedad laboral se engendraba en la madre del general, que le eran asignadas “seis criadas”, todas andaban descalzas y “peleando” todo el día con la señora Alvarado “ por las cuentas del mercado”; reparaba por un real, ignorando que tanto ella como “ su hijo no andaba tan desvalidos como ella suponía.” Ya se descubrirá cómo consiguió la fortuna el general.

Sistema general de pensiones

Nuestros antepasados macondianos no tenían la fortuna de hoy, cuando de 100 colombianos se pensionan sólo nueve, allí o se le asignaba esta prestación voluntariamente o a resignarse. El general fue muy agradecido con una de las criadas que atendían a su progenitora, sin más trámites le decretó “ a la lavandera una pensión para la educación de sus hijos”. El lumpen, si probaba el tiempo exigido por la ley, no lograba demostrar su identidad ante las autoridades, porque cuando no los encontraban en los “ archivos del monasterio donde (los) habían bautizado”, en no pocas ocasiones hallaban tres actas de nacimiento de la misma persona, todas diferentes “y en todas era el, tres veces distinto, tres veces concebido en tres ocasiones distintas..”

Sistema de salud

Cuando se enfermaban los pobladores de Macondo, contaban con varias opciones: “Hospitales de pobres”, centros médicos móviles, y clínicas instaladas en carpas. Los domingos y fiestas de guardar se suspendía el servicio, aún el de urgencias, para destinar las instalaciones de los hospitales a actividades recreativas de los familiares y relacionados de los ministros. Este fue el origen de los “domingos de playas”, día del Señor en que la clase política se dedicaba a divertirse hasta más no poder “en los hospitales desarmables y las tiendas de campaña de la cruz roja, “, y todo era felicidad. La plebe ni pensar en enfermarse esos días.

Cuando atendía, la red hospitalaria no tenía médicos, ni equipos, ni curas, ni gasa, ni alcohol, nada… los “médicos.. entendidos en flagelos asiáticos”, hacían lo que podían. A los paisanos sólo les quedaba invocar el recurso divino, como lo hacían sus antepasados de la época no tan grata para recordar de “La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de.. ”, que acudían para sus dolencias a la Virgen de los Remedios.

Aunque no se conociera que trabajaran especialistas en Enfermedades Raras y de Base Genética, sí proliferaban unas bastante raras, la gente resultaba con “sapos en la barriga”, ( antes habían tenido que tragárselos) , otros con “crestas de iguana que le crecían en las vertebras”; otros ….; a la primera dama, Bendición Alvarado, la mamá del general, en una de esas recaídas que le daban, después de investigar juiciosamente su patología, los entendidos dictaminaron que “su enfermedad no era la peste, ni la sarna, ni el pian,..sino algún maleficio de indios que solo podía ser curado por quien lo hubiera infundido.” Andaban buscando a ese indio por la ceca y la meca. Eran tantas las enfermedades raras , como ahora , más de cinco mil, que de ese drama años después se inspiraron los creadores del “Día de las enfermedades raras”, el 29 de febrero, que es un día muy raro. Realidad o fantasía, la gente pensaba que las tales enfermedades huérfanas eran familiares de las ultra huérfanas y olvidadas. Fuentes cercanas al general afirman que alguien pensaba en inventar aplicaciones apps para predecir esas enfermedades, tildándolo de loco “Entre tantas pendejadas el único que tiene la razón es mi compadre el ministro de salud ”, decía el general.

Ascenso militares

Estos ascensos no los aprobaba el Senado, existía esa especie, como el senador Onésimo Sánchez en la época de la abuela desalmada, más no ejercían; era el general, que apenas sabía distinguir un sargento de un capitán, quien “los ascendía a los grados más altos señalándolos con el dedo…tú a capitán, tú a coronel, y tu a general y todos los demás a tenientes, qué carajo..y a otros sacaba de la nada.” En compensación a la generosidad del general , “pasaron años enteros sin que los comandantes de las tres armas protestaran…ni pedían aumento de sueldo, ni nada”

Masacre laboral

Cansado el general de tanta burocracia y que cada vez más lagartos andarán pisándole los pies, llamándolo a toda hora, adoptó una reforma administrativa que llevó a la calle a miles de empleados, la gran mayoría recomendados. Se dijo así mismo, mi mismo, a partir de hoy soy el cowboy, “me quedo solo con la guardia presidencial que es gente derecha y brava y no vuelvo a nombrar gabinete de gobierno, qué carajo, sólo un buen ministro de salud que es lo único que se necesita en la vida, y si acaso otro con buena letra para lo que haya que escribir..”

Ante ese despido masivo se encontró con numerosos inmuebles desocupados, ya no había personal, qué carajo, optó por “.. alquilar los ministerios y los cuarteles y…, que aquí lo que hace falta no es gente sino plata..ni doctores de letras que todo lo saben ni políticos sabios que todo lo ven , que al fin y al cabo esta es una casa presidencial y no un burdel de negros como dijo Patricio Aragonés que dijeron los gringos, y yo solo me basto y me sobro para seguir mandando hasta que vuelva a pasar el cometa, y no una vez sino diez…”

El cometa Halley pasó 10 años después, en 1985 y volverá a atravesar Macondo en 2060, después a los 75 años, y así hasta 10 veces seguirá mandando el general. (en sueños, claro está) Así estaba decidido por el general, y lo que él ordenaba se cumplía “Como ordene mi general”. Entre tanto, el general libre de tanto enredo oficial que no se había vuelto a presentar por el recorte de nómina “se encerraba en la oficina para decidir el destino de la patria…firmaba toda clase de leyes y mandatos con la huella del pulgar”, no sabía ni leer ni escribir, sólo una cosa había aprendido a las mil maravillas, la siguiente...

Régimen antipopular, corrompido y dictatorial

Presumiblemente la casa presidencial fue , orquestados directamente por el general, quien se ideó una ingeniosa forma de ganarse siempre la lotería, con lo que hizo mucha fortuna. Los dineros se desviaban y “todo lo que él acumulaba con los negocios del gobierno lo registraba a nombre de doña Bendición”. La madre del general ignoraba la abundancia en que nadaba su hijo, era utilizada como testaferro, y de ordinario, inocente de lo que pasaba a su alrededor, compadecía al general diciendo que su crío estaba “Envainado con ese empleo de presidente de la república por un sueldo rastrero de 300 pesos mensuales, pobre hijo”

El “pobre hijo”, fuera de “que había despilfarrado los fondos con el vicio irreprimible de comprar aparatos de ingenio”, se inventó un sistema para ganarse siempre la lotería con visos de legalidad, utilizando las peores formas de trabajo infantil, “tres niños menores de siete años con los ojos vendados..” para realizar el sorteo de la lotería , utilizando diez bolas, que los niños mostraban ingenuamente a los espectadores. El truco consistía en que nueve bolas eran iguales y la décima era una bola helada. Los niños tenían instrucciones de sacar siempre la bola helada. De esta forma se ganaba la lotería el general.

Como no hay nada oculto bajo el cielo, todo se supo, y preocupado el general le preguntaba a los comandantes de las tres fuerzas, qué había pasado, porqué se había descubierto la trampa. Muy nerviosos Los Tres Mosqueteros, apretujados en sus uniformes, a lo D´Artagnan, se justificaron con lo primero que se les vino a la cabeza, y como recitando los tres le contestaron al tiempo : “Nunca pensamos que los niños podían contarlo mi general.” Nunca. ¿Qué hacer?, preguntaba uno al otro y ese a otro .. y así mismo se interrogaban “.no tuvieron otro recurso que ….
Apagaron las velas de sebo, todos se levantaron y el general tras un prolongado silenció sentenció “Mi decisión superior e irrevocable es que aquí no ha pasado nada, se suspende la sesión, yo respondo. Como simple medida de protección..” … El Estado Mayor pensaba al tiempo general. Eran muchos los niños que habían participado en el sorteo ilegal de la lotería. Intentaban enviarlos al otro barrio. ¿Había resucitado Herodes?

Como el ministro de salud era compadre del general, el único ministerio que había sobrevivido, era el superministerio, que había que saquearlo también. Resulta que en el otoño del patriarca “le vendían al ministerio de salud los cargamentos de plasma sanguíneo, las toneladas de leche en polvo que el ministerio de la salud lo volvía a vender por segunda vez a los hospitales de pobres” Con esta artimaña el general acrecentó más sus caudales. Sus aliados del Estado Mayor representado por los comandantes de las tres fuerzas, se contagiaron y ” cambiaron sus ambiciones por los contratos de obras públicas. “

Para distraer a los macondianos defraudados, como que les decían, no se si en sueño o en vela,

Ya era irremediable, al Estado se lo habían carcomido por debajo, por arriba y por los lados, y los jueces andaban atareados investigando acuciosamente “entre los memoriales sin resolver cuyo curso ordinario había sido más lento que las vidas más áridas”. Los senadores le habían enseñado al general que los políticos tienen , (Oriana Fallaci, Entrevista con la historia, Noguer,

Madrid, Barcelona. 1978, pág. 222)

En uso de buen retiro
Cuando los ex presidentes dejan sus cargos, los antecesores del general se quedaban “nadando en el estado de inocencia del limbo del poder”, imponiéndose así mismo “ la penitencia de vivir el resto de sus años en un tremendo estado de postración con cilicios de privaciones en el alma y toda clase de hierros de mortificación en el cuerpo, sin nada más que pan de centeno para comer y agua de pozo para beber, ni nada más para dormir que las losas del suelo pelado…” Como ahora.

El ocaso
Ante tanta desolación en Macondo “los asuntos cotidianos del gobierno seguían andando solos”, por lo que su fiel ministro de salud le aconsejó a su compadre el general “ya es hora que entregue los trastos mi general,…sálvenos del desmadre ..Ya no hay quina,. ,ya no hay cacao, no hay añil, general”…. “No había nada, salvo su fortuna personal que era incontable y estéril y estaba amenazada por la ociosidad”. Entre tanto como Prometeo, los macondianos siguen luchando, no hay otra alternativa…y el general…muy triste …la fatal noticia, hace seis meses se la había dado el chófer de Gabriel José de la Concordia García Márquez , don Genovevo Quiroz.

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