¿Se nos está volviendo normal la imposición, el alarde y la bravuconería? Una conversación que necesitamos dar como país

 - ¿Una mentalidad traqueta?
Texto escrito por: Jesús Darío González Bolaños
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Hay algo que se viene haciendo cada vez más visible en la vida pública colombiana y que necesitamos discutir sin demasiados rodeos; tiene que ver con la manera como ejercemos el poder, resolvemos los conflictos, tratamos al contradictor y reconocemos - o dejamos de reconocer - los límites que hacen posible vivir con otros. Podríamos llamarlo, provisionalmente, mentalidad traqueta.

No me refiero solamente al narcotráfico ni a aquella conocida estética de ostentación, dinero fácil, armas y violencia que lleva décadas entre nosotros y reaparece cíclicamente bajo nuevas formas y generaciones. Hablo de algo que parece haberse extendido mucho más allá de ese mundo, una cultura de la ventaja y la imposición que penetra distintos espacios de la vida social y que resulta especialmente inquietante cuando llega a la política y a las instituciones.

Pasar por encima de las reglas porque se tiene poder, convertir la trampa en viveza, exhibir dinero, fuerza o contactos como signos de superioridad, intimidar al contradictor, amenazar para conseguir obediencia, confundir autoridad con prepotencia, reproducir un machismo que necesita demostrar a cada momento quién manda y terminar considerando el diálogo, el cuidado, la prudencia o el respeto por las normas como señales de debilidad. Estas prácticas están demasiado presentes entre nosotros y sería un error acostumbrarnos a ellas.

No significa que Colombia sea una sociedad “traqueta”, porque ninguna sociedad puede reducirse a una sola mentalidad; aquí existen también solidaridades, resistencias, cuidados, tejidos cotidianos sensibles a la diversidad y muchas otras maneras de construir la vida común. El problema comienza cuando aquello que debería avergonzarnos empieza a producir admiración, cuando el ventajoso se vuelve “avispado”, el prepotente parece “fuerte”, quien grita demuestra “carácter”, quien atropella los procedimientos resulta “ejecutivo” y quien amenaza termina siendo respetado porque sabe hacerse respetar.

Entonces ya no estamos hablando simplemente de malas conductas individuales, estamos frente a un problema cultural que se vuelve mucho más grave cuando atraviesa la vida pública, porque la democracia funciona exactamente en la dirección contraria: supone límites al poder, procedimientos que deben respetarse aunque incomoden, normas que obligan también al poderoso, contradictores que tienen derecho a existir e instituciones que no son propiedad de quien temporalmente las gobierna.

La democracia fue construida, entre otras cosas, para que no tuviéramos que resolver cada desacuerdo midiéndonos la fuerza. Por eso algo serio ocurre cuando la intimidación, la amenaza, la humillación, el abuso del poder y el desprecio por las reglas comienzan a instalarse como formas aceptables de actuación pública, vengan de donde vengan. Cuando la política se convierte en una competencia para demostrar quién manda, lo que se va asfixiando lentamente es el espacio común.

Y ahí está quizás el asunto más preocupante: lo traqueto puede sobrevivir perfectamente sin narcotraficantes. Puede instalarse en una oficina, una empresa, una institución pública, un partido político, una calle, una familia, una universidad o una red social. Aparece cada vez que alguien cree que tener poder le concede el derecho de humillar, que el dinero, las armas o las credenciales lo colocan por encima de los demás, que las normas existen solamente cuando le convienen o que un conflicto se resuelve callando, sometiendo o eliminando al otro.

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Por eso vale la pena preguntarnos qué estamos reconociendo y admirando como sociedad, qué estamos enseñando cuando celebramos al vivo y ridiculizamos al honesto, cuando confundimos liderazgo con autoritarismo, cuando admiramos al que se impone y miramos con desdén al que conversa, cuando el acuerdo empieza a parecernos cobardía y la agresividad termina disfrazada de valentía.

No necesitamos una sociedad sin conflictos, necesitamos exactamente lo contrario, una sociedad capaz de vivir sus conflictos sin destruir al otro, capaz de recuperar el valor de la palabra, del límite, del cuidado, de los acuerdos y de unas reglas comunes que no dependan de quién tenga en ese momento el dinero, el cargo, el arma, el micrófono o el poder.

Una de las disputas culturales más importantes que tenemos por delante en Colombia es precisamente impedir que la lógica del “aquí mando yo” termine devorándose la posibilidad del nosotros. Cuando esa lógica se impone, lo público se encoge, la palabra pierde valor y el otro comienza a ser visto como alguien a quien hay que vencer, callar o someter.

Necesitamos ir en otra dirección; reconocer al otro no es una muestra de debilidad, respetar los límites no es falta de carácter y construir acuerdos no significa renunciar a nuestras diferencias. Es comprender algo mucho más elemental, que nadie puede hacer país solo, ni a los gritos, ni a las malas, ni pasando por encima de los demás.

Quizás por ahí comienza otra manera de proyectarnos como sociedad.

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Por Jesús Darío González Bolaños

Es caleño, investigador social, Doctor en Antropología de la Universidad del Cauca, Maestro en Filosofía, con estudios de especialización en Comunicación y Cultura, y en Pensamiento Político Contemporáneo, Trabajador Social de la Universidad del Valle. En el sector público ha ejercido como coordinador de cultura de los DDHH de la Defensoría Regional del Pueblo en el Valle del Cauca, asesor de Participación Ciudadana, director del Departamento Administrativo de Gestión del Medio Ambiente - DAGMA, secretario de Gobierno, gerente encargado de EMCALI y secretario de Bienestar Social en la Alcaldía de Cali.