Una maleta de sueños truncados

Hace 46 años, Campo Elías partió hacia Venezuela en busca de un mejor futuro. Sin embargo, hace 10, vaticinando lo que vendría, con tristeza decidió regresar

Por: LUIS EDUARDO RIAÑO
Abril 17, 2019
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Una maleta de sueños truncados
Foto: Pixabay

Una maleta llena de ilusiones y su guitarra fue todo lo que atinó a llevar consigo Campo Elías Sánchez Torres, un abnegado trabajador oriundo de Suesca, Cundinamarca, hace 45 años, cuando decidió salir del país a probar suerte en Venezuela.

Nunca olvida aquel 26 de enero de 1973, día en el que partió, recién cumplidos sus 22, tras haber trabajado como diseñador y fabricante de muebles metálicos para la conocida fábrica Industrias Cruz, que funcionaba el barrio las Cruces de Bogotá. Con la firme intención y el pleno convencimiento de mejorar su nivel de vida, que le garantizaría regresar con un capital para disfrutar en su tierra natal de un decoroso retiro.

Junto sus pocos ahorros, la liquidación de su trabajo, además de préstamos de familiares y amigos, da comienzo a una aventura para encontrarse con Nicanor, su hermano mayor, quien seis meses antes ya se había instalado en la ciudad de Barquisimeto y le insistía permanentemente en que le acompañara, para mitigar la soledad y la nostalgia de la tierrita.

Al llegar a una ciudad extraña, la tristeza afloraba, pero su guitarra le alegraba el alma, los compases de canciones de Julio Jaramillo y de Jorge Villamil; las espumas viajeras, le arrancaban en ocasiones lágrimas, sollozos y suspiros, pero igual le reconfortaban para no desfallecer. Pasados algunos años, a fuerza de sacrificio y perseverancia, recibe en compañía de su hermano el reconocimiento y respeto de compañeros, jefes y amigos, fundan la sociedad Sánchez Hermanos, para fabricar sus propios productos, empresa que tuvo épocas doradas.

Lo que nunca se imaginaron Campo Elías y Nicanor era que la situación iba a dar un inesperado giro de 180 grados, a partir la elección de Hugo Chávez como presidente de Venezuela y luego con la ascensión de Nicolás Maduro tras la muerte del primero. Las cosas se pusieron difíciles, los clientes ya no eran tan abundantes, las materias primas comenzaron escasear y el poder adquisitivo se vino al piso.

Con una familia conformada por su esposa venezolana, con la que procreó cinco hijos de los cuales hoy le subsisten cuatro, adquirió la nacionalidad venezolana cumpliendo rigurosamente todos los procesos, orgullosamente exhibe sus dos cédulas que le acreditan como colombo-venezolano, aunque se considera más venezolano, pues de sus 67 años de vida, manifiesta haber vivido muy bien vividos los últimos 45 en Barquisimeto, su segunda patria chica.

Con los recursos que Nicanor logró repatriar a Colombia, ya que este se adelantó nuevamente a regresar hace más de 10 años, cuando con visión profética vaticinaba que la situación iba a tornarse aún más difícil. Se estableció en La Mesa, reinició por segunda vez su propio negocio.

La decisión de Campo Elías de regresar a Colombia fue difícil de asumir, con la familia dispersa, pues sus hijos volaron y se radicaron en Italia, Argentina, y Perú, su esposa se quedó en Barquisimeto cuidando lo poco que aún les queda allí.

El 14 de febrero de 2018, retorna con su desvencijada maleta, en esta ocasión repleta de años, enfermedades y con las secuelas de un accidente cerebrovascular; la nostalgia, por sus amigos venezolanos a quienes considera sus hermanos. Sin guitarra, ya que uno de sus nietos la destrozo tras tomarla por improvisada silla convirtiéndola en añicos igual, que como manifiesta quedó su corazón al iniciar su regreso a Colombia.

Hoy, un año después y sin poder siquiera mitigar su melancolía tocando una guitarra, pues sus anquilosados dedos ya no le dan, pasa sus días en La Mesa adelantando los trámites para tratar de recuperar unos derechos sobre la herencia que le dejó su bisabuela en Suesca. Si bien tiene la ilusión de establecerse algún día allí, no pierde las esperanzas de volver a su Barquisimeto del alma si la situación y el sistema cambian. No quiere regresar a vivir como muchos, esperando a que les entreguen una bolsa plástica con algo de comida para mitigar el hambre.

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