Una crítica a la economía naranja

Es urgente examinar este concepto con un lente crítico

Por: Sebastian Santisteban
junio 11, 2019
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Una crítica a la economía naranja
Foto: Las2orillas

Hablar de crítica no necesariamente equivale a estar en contra de algo, sino que, más directamente, se refiere al intento de dar cuenta de la manera en que distintos conceptos se forman y operan en la realidad social y, además, las formas en que ejercen poder y subjetivación (es decir, la manera en que uno se identifica o reconoce algo a través de ellos). Hay varios de estos conceptos que merecen ser puestos con particular detalle al examen crítico, dada la inmensa popularidad con la que cuentan en la actualidad, el impacto que tienen al orientar las políticas públicas y privadas, y, además, por sus efectos en cuanto a la generación de aspiraciones e imaginarios en generaciones enteras. Entre estos estarían el de emprendimiento, por supuesto, startup, creatividad, innovación y un poco más recientemente, el de economía naranja.

Mi intención acá no es la de rigurosidad sino hacer un breve comentario. La economía naranja, que por cierto se popularizó inmensamente a partir de la publicación de un texto de infográficos compilados por Buitrago y Duque para el BID, hace alusión a la oportunidad que implica para las naciones y mercados rentabilizar las actividades de manipulación y operación cognitiva, cuyo producto final es un saber o bien simbólico. Claro, si uno hila fino todo puede llegar a ser economía naranja, pues desde la preparación de una empanada o la fundición de una varilla, hasta la creación de un complejo producto de software o un nano robot, todo requiere, en cierta medida, de un saber y de una serie de operaciones cognitivas. La discusión es sumamente válida, a mí modo de ver, y, además, sintomática de la debilidad que implica la teorización de es eso que se dice que es “naranja” en una economía. Sin embargo, no se trata de entrar en esa discusión ahora mismo. Que nos baste con seguir la línea conceptual más general que define como “economía naranja” a eso que a su vez surge de otro concepto un poco más elaborado que es el de las “industrias creativas y culturales”, que, a su vez, se refieren a las actividades culturales y simbólicas atravesadas por la producción industrializada (así, entonces, la industria editorial, el diseño, la música, el cine, las obras de Broadway, el museo Guggenheim, etc.) a las cuales luego se le añadieron las producciones de software. Ya. Es más o menos eso; uno podría pensar que los influencers y youtubers son una nueva manifestación de estas industrias y no creo que estaría muy equivocado.

Mi comentario, sin embargo, no apunta a robustecer conceptualmente a la economía naranja, sino más bien a resaltar la necesidad (urgente, diría yo) de examinarla con un lente crítico. Y eso, principalmente por una serie de razones que enumeraré (desordenadamente) en viñetas para corresponder con las demandas de eficiencia de la actualidad:

  • Ya Adorno y Horkheimer advirtieron las maneras en que la industria cultural alienaba y oprimía a los sujetos de la primera mitad del S. XX a través de las fantasías acerca de la felicidad y éxito que vendían para hacerlos más obedientes al sistema (es decir, al amo capitalista). Para ellos esa era una especie de fascismo incluso más eficiente porque operaba a nivel del inconsciente.
  • Hoy podemos observar con mucha mayor evidencia la precarización de los denominados “trabajadores creativos”. Jóvenes (aunque ya no tanto) con tatuajes, barbas y bicicletas de cambio fijo que viven hacinados en barrios gentrificados porque no pueden pagar una vivienda propia, ni seguridad social, ni ahorrar, y que siguen dependiendo en gran medida de las esporádicas ayuda de sus familiares, incluso luego de los treinta (en parte por eso, quizás, el poco interés en hijos y más en perros, gatos y bonsáis, que, en general, son más baratos).
  • Políticos orientando el grueso de sus planes de gobierno a nivel nacional a partir de un concepto débil, sin teorización, que es más producto de la elaboración de una serie de infográficos que de una reflexión académica y pragmática seria (en serio, hay que leerse el libro de Duque, está en internet y es gratis, se llama: economía naranja). No digo con esto que los números de estas industrias no sean inmensos y significativos, digo que para operar sobre ellas se requiere de mucha mayor reflexión y rigurosidad en el desarrollo conceptual. No se trata de convertir la política pública en un meme.
  • La salud mental. Mi sospecha es que tanto en los emprendedores, como en los trabajadores creativos freelance, el deterioro de la salud mental es un tema serio. Hay que pensar en los efectos de los estilos de vida del capitalismo tardío a este nivel
  • Finalmente, y para no extenderme, la normalización aburrida y repetitiva del mundo y su realidad. Es decir, ¿no han entrado de pronto ustedes a un café en Medellín, o Bogotá, o Nueva York, o Melbourne, o San Petersburgo y no han sentido que están exactamente en el mismo lugar, rodeado de la misma gente, tomando lo mismo, y hablando casi de lo mismo? A lo mejor ahí nuevamente se evidencia esa alienación de la que tanto hablaban Adorno y Horkheimer, ese asesinato de lo original de la subjetividad y el control y la opresión que estos discursos ejercen en las masas, y a lo mejor estas denominadas “industrias creativas” lo que terminan haciendo es matando la creatividad misma (quiero decir, no perdamos de vista que en el S. XVIII la música tenía a Bach y Scarlatti, mientras que nosotros ahora tenemos a J. Bieber y J. Balvin, y es posible que exista alguna diferencia).

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