Un viaje a las escuelas más olvidadas de las regiones de Colombia

Un programa del Ministerio de Educación viaja a las escuelas mas recónditas en la selva para fortalecer la capacidad de enseñar de los profesores

Por: Milton Arlex Atehortúa
diciembre 29, 2018
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Un viaje a las escuelas más olvidadas de las regiones de Colombia
Foto: Tipishca

Después de más de 7 horas de recorrido, tres de ellas caminando, llegamos al corazón del resguardo, donde debíamos ejecutar la tarea de formar a los docentes.

Llegamos al lugar después del largo desplazamiento en nuestras motos. Dejarlas en una improvisada choza por una semana, ponía en juego nuestra confianza en estos pobladores que acabábamos de conocer, nos reciben dos de ellos con lanzas de madera talladas finamente en sus espaldas, las cuales inicialmente confundimos inevitablemente con fusiles, también portaban radio teléfonos con los que se comunicaban en su idioma aumentando nuestra incertidumbre, sólo percibíamos que se mostraban recelosos y suspicaces con nosotros. Sin embargo luego de un tiempo en el fatigante calor y de responder muchas preguntas;  los miembros de la guardia indígena nos dan la bienvenida y nos asignan un guía para llegar al corazón del resguardo indígena Purembará, en este momento nos faltaban tres horas de camino por empinadas montañas que desde abajo parecían infinitas, cada minuto que avanzaba complicaba el desafío que nos había encomendado el Programa Todos a Aprender del MEN.

Desde la ciudad de Pereira hay que viajar tres horas hasta el municipio de Mistrató, último casco urbano antes de llegar a la institución educativa a la que fuimos asignados (denominada como la más lejana del Departamento de Risaralda). Este pequeño municipio se caracteriza por poseer una alta población indígena, está rodeado de prominentes montañas y es atravesado por una cristalina cañada. Allí nos abastecimos de víveres, llevando lo estrictamente necesario pues fuimos alertados por los lugareños, del largo camino que nos esperaba por carretera sin pavimentar, además nuestro material didáctico y ropa ya representaban una carga que con el avance del recorrido se hacía más agobiante.

Nos adentramos en las montañas, y durante el recorrido de tres horas, se podía observar como la vegetación se hacía más espesa, llamaban la atención las casas de madera al lado de la carretera y los indígenas que miraban con indiferencia nuestro paso, los cuales aumentaban en número a medida que ingresábamos en el inhóspito lugar, como si lo remoto estuviera destinado para ellos.

Después de más de 7 horas de recorrido, tres de ellas caminando llegamos al corazón del resguardo, donde la abandonada infraestructura del colegio que funciona como internado contrasta con la suntuosidad de la casa misionera y la iglesia, allí además se encuentra el cabildo indígena (donde nos dejan pasar la noche) y un pequeño puesto de salud atendido por una amable y solitaria enfermera, a lo lejos el secretario del colegio, un amable y sonriente indígena que nos ha servido de guía, nos señala el antiguo cementerio, nos advierte las reglas de su comunidad y los peligros de la zona, especialmente no transitar después de las seis de la tarde so pena de ser detenidos por la guardia o atacados por el “aribada”.

Este lugar representa otro mundo, donde la amabilidad de la gente, su disposición a aprender, su sencillez y solidaridad hacen creer que aun no están permeados por los perjuicios de nuestro mundo mestizo, son altamente creyentes lo que visibiliza el éxito de la misión católica que fundó el resguardo hace cientos de años, sin embargo para las labores educativas suponía una desventaja, pues los recursos tecnológicos y didácticos eran muy escasos en comparación con las demás instituciones educativas.

Nos pusimos manos a la obra y durante los meses que estuvimos allí, pudimos intervenir en la cualificación del ejercicio de los docentes y el fortalecimiento organizacional de la institución educativa, labor que fue dificultosa teniendo en cuenta el respeto y arraigo que allí permanece por su lengua Emberá, la cual no dominábamos; por otra parte, el trabajo con los docentes, quienes la mayoría de ellos son bachilleres egresados de la misma institución, se enfocó en la creación de material didáctico y en el adecuado uso de las guías de aprendizaje  con el fin de fortalecer en ellos el desarrollo de las competencias comunicativas y lógico matemáticas, cuyos puntajes han sido de los más bajos del departamento.

A medida que pasaba el tiempo nuestra titánica labor rendía frutos, los docentes aprendieron a confiar en nosotros, sus tutores de chalecos azules del Programa Todos a Aprender;  consultaban, indagaban, nos invitaban a sus aulas, nos expresaban su deseo de aprender y de ser mejores docentes, no obstante no pudimos visitarlos a todos con alta frecuencia, pues sus sedes educativas y el colegio principal estaban separados por aproximadamente 6 horas de camino, empinados senderos y riesgosos laberintos de vegetación.

Aunque el puntaje de la institución en las pruebas Saber subió durante la ejecución de nuestra ruta de acompañamiento, aun así sigue siendo uno de los más bajos del departamento, pues son sometidos a una prueba en castellano que es su segunda lengua, algo así como evaluar a un estudiante de un colegio regular en inglés, lo que representa un reto mayúsculo ya que los directivos y maestros anhelan  ser competentes en dicho idioma sin descuidar su lengua nativa, lo anterior para hacer frente al mundo que hay afuera y que históricamente les ha hecho tanto daño a su cultura, en ocasiones aprovechándose de su ingenuidad o bajo nivel de educación.

A pesar de las dificultades de la zona, de los largos trayectos, de la falta de luz y agua potable en esta población, fue altamente gratificante representar un programa en tan remoto lugar. Los docentes que allí laboran consideran que han estado por años condenados al ostracismo, nadie los quiere visitar y si allí llegan no quieren regresar. Por ello se sienten agradecidos que tutores altamente formados y cualificados en lenguaje y matemáticas, estuviéramos allí, guiándolos y contribuyendo con su formación y la de sus estudiantes.

Ahora bien, además del sacrificio, la constancia y continuidad de los procesos son vitales para la consecución de resultados, por ello aquellos estudiantes que deben caminar largas horas por peligrosas trochas antes de internarse en el colegio y que deben luchar en ocasiones con la escasez de alimento durante la semana esperan que el gobierno nacional de vía libre a la continuidad del programa, pues ya son conscientes de la importancia de la formación a sus dedicados maestros y que la educación es su camino de salvación para no terminar esclavizados en las minas que invaden su territorio.

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