Un taurino dilema

"El fallo de la Corte Constitucional pasa por encima de los derechos de los animales"

Por: Alonso Rodríguez Pachón
septiembre 08, 2014
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Un taurino dilema
fiorenzanophotography.com

Descansando, me hallo sentado en el sofá. La noción del tiempo se negaba ante mis ojos y la temperatura ambiental de la noche desbordaba los 7 o 9 grados.

Mi mano derecha sostenía fuertemente la oreja de un pocillo que tenía dibujos alusivos a una vaca; el recipiente contenía leche muy caliente para tratar de mitigar el frío. Por un momento cuestioné si sería coincidencia la relación del dibujo y el líquido contenido en aquella porcelana que calentaba mi mano.

Mientras tanto, mi otra mano apretaba el control remoto. El televisor plasma de 22 pulgadas reposaba frente a mí. De pronto una noticia detuvo mis impulsos de cambiar el canal. La voz de Jorge Alfredo Vargas anunciaba: “Mucha atención, un fallo de la Corte Constitucional acaba de revivir las corridas de toros…”. Pues sí, era martes en la noche y se acababa de incubar un hit noticioso. No sabía si cambiar de canal o dejar caer lo que sostenían mis manos.

Mi indignación era tal que no podía consentir ni asimilar cómo la honorable Corte Constitucional daba un giro jurisprudencial drástico al ordenarle al Distrito Capital que en los próximos meses  de vía libre, para que la Plaza La Santa María empiece a funcionar con las corridas de toros. ¿Acaso es esa una Plaza de Toros o un lugar para que algunos le den rienda suelta a sus momentos de tortura bovina? El hecho de cancelar esa práctica macabra en la capital de la República, no era impedimento a las demás ciudades para que dejen de hacerlo; aun así, Bogotá sí estaba generando un gran antecedente en términos, si se quiere, de derecho a los animales.

Terminando la noche, antes de irme a dormir me pregunté ¿Bajo qué fórmula tendrá que seguirse dando esa masacre animal? ¿Seguirán llamando corrida de toros a esa vergüenza nacional de aniquilar y jugar con la vida de un indefenso animal a costa de una diversión puramente subjetiva? ¿Tendrá relevancia para la Corte Constitucional que, ante semejante aberración humana, se continúe saciando el morbo de unos pocos al ver correr ríos de sangre y hacer de una supuesta “expresión artística” una completa práctica sanguinaria?

A la mañana siguiente, muy en la madrugada del miércoles, de un plato de color blanco de porcelana emanaba una especie de humo que desaparecía en la superficie. La presentación visual de aquel platillo es simple y no contiene mayor presentación. Aquel aroma suspendido en el aire revelaba a un delicioso caldo con papas que, de inmediato, me atrajo a la mesa del comedor. Miré el reloj, aún tenía tiempo para desayunar con calma. Antes de sentarme prendí el radio para escuchar noticias. Paso seguido, me ubiqué, corrí mi silla y tomé una cuchara para partir las papas y hacer una especie de puré que, combinado con unas cuantas tostadas y una buena pisca de cilantro, hace de este singular desayuno un plato exquisito. También me percaté que junto a las papas había un ingrediente más, al que no le puse mayor atención.

Sólo, en la mesa, observaba por medio de la ventana cómo la luz del alba se hacía más intensa y las nubes se empezaban a despejar cada vez más rápido. Después de tener la sensación agradable de sentirme vivo empecé a degustar aquel delicioso caldo, mientras me percataba de mi aparente doble moral.

No lo podía creer. Aquel alimento no era de más de 15 cm de largo por 6 o 7 cm de ancho, tenía una superficie corrugada y su textura era blanda: era un trozo de carne. ¡Sí carne de res, de bovino! Yo, que la noche anterior había estallado en rabia, estaba contradiciendo mis instintos. Segundos después, justo, en el radio, la noticia del momento: “por orden de un fallo vuelven las corridas de toros a Bogotá”. Atento, escucho el informe periodístico, termino mi desayuno sin mayor preocupación, y lo mejor de todo, sin dejar un solo recado. En seguida, algo meditabundo, empiezo a cuestionar ¿Será que me vuelvo vegetariano? ¿Estaré obrando en contra de mis principios?... ¡Pero si ese caldo es delicioso! Mi bisabuela, mi abuela y mi madre seguramente lo han preparado por décadas. Hasta mi cuna se ensuciaba con el consomé que caía y luego se resbalaba por mi ropa hasta llegar al piso ¿Cómo podría dejar de consumirlo? No sabía qué hacer ante tal disyuntiva: estar en desacuerdo con las corridas de toros o, seguir probando el delicioso caldo con papas y carne.

Busqué una respuesta vagamente fácil a ese dilema. Traté de hallar argumentos sencillos y razonables que me condujeran a una posición humanamente posible.

Primero, no pretenderé caer en el error de ser un Fabio Andrés Olarte haciendo una interpretación errada del eterno debate de Moral vs Derecho que, con todos los títulos no la tiene bien clara. Tampoco, intentaré hacer un análisis jurisprudencial parecido al del susodicho, teniendo en cuenta que de eso no entiende un carajo, para realizar argumentos, dizque, objetivos. ¡Por favor! Mucho menos pretenderé creerme un procurador que considera que la moral, su pseudomoral, es Derecho, sólo porque así lo dicta su iracunda voluntad.

Segundo, y en mi opinión rechazo, no tolero y me genera indignación que a un animal se le vulnere una especie de “muerte digna”; más con la tauromaquia. No comparto en lo absoluto que un ser humano se ensañe contra un animal que, por naturaleza responde a sus instintos y contra ataca. Y aunque usted no lo crea y la H. Corte aún no lo considere así los animales tienen derechos.

No vamos a suponer que al matar un toro en eso que llaman plaza, va a ser igual que aquella forma con que éste animal termina en un suculento plato de desayuno en la mesa del comedor. Y la respuesta es no. Los móviles para hacerlo son totalmente disimiles; el modus operandi es diametralmente diferente. Que el matar bovinos es tal vez una costumbre, la respuesta es sí. Pero son fines distintos y prácticas distintas: no existe el menor grado de equivalencia entre uno y el otro. Pero si hay diferencias voy a mencionar solo dos, las cuales no me corresponde explicar en su profundidad, solo medítelas usted mismo querido lector: la primera de ellas es la tortura del animal; la segunda, respecto de su función, es que por un lado es para alimento, pero la otra para generar un placer retorcido y económico.

Twitter: @Alonrop

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