¿Un neonazi chileno es el nuevo guía ideológico de Alvaro Uribe?

La frase Resistir Revolución Molecular Disipada está inspirada en la doctrica de Alexis López, a quien se le asocia como hijo ideológico de Pinochet

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mayo 04, 2021
¿Un neonazi chileno es el nuevo guía ideológico de Alvaro Uribe?

Álvaro Uribe volvió a alborotar las redes sociales al lanzar este trino:

Aunque el primero que lanzó esta teoría fue el filóso francés Felix Guattari, en Latinoamerica el confeso neonazi chileno Alexis López es el que promulga esta teoría que expone el desplazamiento de la policía para que los manifestantes promulguen la anarquía.

Para Gustavo López esta idea le surgió a Uribe del que presuntamente es su nuevo ideólogo, el neonazi Alexis López:


¿Quién es López? según el blog la Desdémona, este es Alexis López:

 

Se abre la puerta del departamento nº35 del viejo edificio, y una delgada y larga mano, que parece frágil como una cerilla, se extiende con firmeza al saludar. Se le nota seca y decidida, a la vez que se sienten sus duros huesos al tacto. Parece que es cierto eso de que las apariencias engañan.
Se sienta distendido –o más bien se echa– sobre uno de los tres sillones de cuero negro que se encuentran frente al televisor del living de su casa. Mientras enciende un cigarrillo, sus escuálidas piernas parecen no querer quedarse estáticas. Las cruza, las sube al sillón, las baja al suelo. Todo esto con una calma que, paradójicamente, podría confundirse con hiperquinesia. Su mirada está fija, como desafiando a quien tiene al frente, clavándose de la misma manera en que un entomólogo, con un alfiler, acribilla a los insectos en una caja con tapa de cristal. Claro, es entomólogo, pero delante de él no hay un bicho. Busca desenmascarar la inteligencia de quien tiene delante de sí; explora con el fin de encontrar un punto débil de dónde aferrarse; ansía tener el control. Hay que tener mucho cuidado con Alexis López.
El único sobreviviente de la llamada generación perdida del nacionalismo chileno es un líder, y eso sólo él lo pone en duda. Todo el resto lo desprecia o lo admira, de una manera casi irracional. No hay otra opción y es comprensible. Ingresó al kinder sabiendo leer y escribir. Ya a los ocho años había recibido de las manos de su padre, Osvaldo López, el libro escrito por el führer alemán, Adolf Hitler, Mein Kampf (Mi lucha) y a los once años recibió de quien fuera en ese entonces el secretario para América latina de la Unión Mundial Nacional Socialista el archivo completo del Partido Nacional Socialista Obrero (PNSO) de Franz Pfeiffer, de los años ’60. Al preguntarle el porqué cree que fue el elegido para recibir estos documentos, dice “supongo que vio que tenía interés y que tenía la capacidad para entender lo que estaba pasando”.
Cuando estaba en 8º básico sus compañeros ya le decían ‘el nazi’. Él dice que no significaba nada, ya que solamente dibujaba svásticas y soldados, “pero sin entender realmente, como todo cabro chico”. El tiempo sería el encargado de transformar las burlas de sus compañeros en una premonición nefasta para muchos, divina para otros.
La serenidad que demuestra en el centro de su sala, mientras enciende otro de esos Belmont Light –aunque generalmente fuma cigarrillos corrientes– y agarra el control del equipo de música para poner Pink Floyd: The Wall, hace pensar que era otro el hombre que había estado en ese mismo lugar la noche anterior. Quizás un alter-ego. Quizás, es igual al protagonista de la película dirigida por Alan Parker en 1982; quizás Alexis es un Pink[1]. Lucha solo en una dualidad que lo mantiene entre dos mundos. Uno es un espacio mundano, creado y racionalizado. El otro es un mundo en constante crecimiento, viviente, natural. En el medio hay un muro que ha sido el resultado de todo lo vivido, lo impuesto, lo enseñado. Pero existe una diferencia: Pink quiere derribar el muro, Alexis asegura haberlo derribado.
La noche anterior Alexis parecía otro. Las manos del fundador y presidente del movimiento Patria Nueva Sociedad (PNS), una agrupación que pretende ser el brazo político del nacionalismo chileno, se movían haciendo ademanes bruscos y violentos mientras defendía su postura en medio de gritos, como si hubiera olvidado que sus hijos pequeños dormían en la habitación contigua. Era muy clara, pero la hacía parecer como una duda. El tema en discusión: la existencia del Holocausto nazi de los años ‘40. “Tengo tantos elementos para decirte que sí –dice- como para decirte que no, porque si los pones en una balanza… (hace un gesto de equiparidad con las manos)”. El revisionismo que hay en su discurso es evidente, y la fuerza con que lo defiende es abrumadora, perturbadora, al igual que su mirada, la cual, según él mismo asegura, tiene el poder de destruir.
Son cuatro más las personas que están sentadas en la mesa y todos piensan lo mismo. Ellos son el doctor Jorge Vargas, un antiguo líder nacionalista –hoy un senil caballero, de aquellos que se remontan al pasado para decir o explicar cualquier cosa, por muy trivial que sea–, Catherine Pinoleo, la morena esposa mapuche del führer del hogar, Mario Montes Tagle, un amigo de ellos y Felipe Moraga, miembro de la agrupación de López. Todos ellos son nacional socialistas o, como prefieren denominarse, nacionalistas sociales –muchos opinan que la conmutatividad matemática se puede aplicar acá: el orden de los factores no altera el producto–. Todos ellos comparten la idea que plantea el revisionismo histórico nazi, o por lo menos la defienden más fervientemente que la postura histórica consensuada con respecto a las 6 millones de pérdidas judías a manos del régimen hitleriano. Pero no se definen como nazis. ¿Pero porqué será que el Primer Encuentro Ideológico Internacional de Nacionalidad y Socialismo, organizado por Alexis López y su club fue un 20 de abril? La respuesta: 111º natalicio de Hitler.
LA NOCHE DEL SÁBADO 15 DE ABRIL DE 2000 ERA FRÍA. Al día siguiente los titulares de los diarios nacionales titulaban “Detenido líder del nazismo chileno”. Alexis López había caído por giro doloso de cheques. Una coincidencia, según las fuentes oficiales. Cuatro autos modernos, de distintos colores, lo habían encerrado mientras caminaba en la esquina de Portugal con Curicó junto a su mujer, Catherine Pinoleo, luego de haber estado leyendo unos documentos, cerca del comienzo del domingo. Era la víspera del tan esperado Encuentro Ideológico Internacional de Nacionalidad y Socialismo, o más conocido como Congreso Nazi. No fue ninguna sorpresa, ellos lo esperaban. Ya se habían percatado de que los estaban vigilando hace varios días. Catherine había notado que la habían seguido mientras paseaba con su hija por el parque. Además, el gobierno de Lagos estaba decidido a impedir que se realizara este concilio nazi en el país. No era buena idea, ya que todo lo que se relaciona con lo nazi no es bienvenido en una nación que se dice a sí misma democrática.
El Presidente Lagos había pedido al Ministerio del Interior impedir la realización del Congreso, más que nada por una investigación que se hizo para detectar a los convocados a dicha reunión. El vocero del gobierno de la época, Jorge Burgos, dijo que existía “una lista con medio centenar de nombres de dirigentes nazis a los que se impedirá la entrada al país en aplicación de la ley de extranjería”. El diputado Antonio Leal afirmaba, a su vez, que muchos de los invitados eran terroristas en sus respectivos países, entre los que contaba a Roberto Fiore, Diuto Canu, Giorgio Belini, Juan Carreño Blanco, Roberto Arexembola y Jorge Maturana, todos miembros de partidos y movimientos nacionalistas italianos y españoles. Ninguno de ellos llegó. Pero el gobierno nada pudo hacer en contra de la organización que Alexis López había programado. El juego intelectual que tanto le gusta al dirigente nacionalista hacer había tenido entre sus filas a un nuevo perdedor: según él, el gobierno había quedado como el tonto.
Estaba todo dispuesto, era una probabilidad bastante factible que a Alexis lo detuvieran. Él mismo recuerda que cuando los autos le cerraron el pasó, esa noche fría de abril, él les gritó, alzadamente y a modo de pregunta desafiante, si tenían una orden de detención.
– No, es un control de rutina– dijo uno de los detectives.
Luego se bajaron de los vehículos y les pidieron a ambos sus identificaciones. Era, entre comillas, un “operativo antidrogas”. Alexis temía que en los bolsillos de su chaqueta, que eran muchos, le pusieran droga encima para inculparlo y llevarlo por eso. Se acercó a él el jefe del operativo y prefirió identificarse.
– Mire, soy Alexis López, el organizador del llamado Congreso Nazi.
– Está bien, si en Chile estamos en una democracia.
Alexis recuerda que estas palabras las dijo con una ironía que se reflejaba en la risa del detective, que “lo había puesto entre comillas con sus gestos”.
Después de revisar sus antecedentes lo llevaron detenido debido a una orden por cheques impagos a la Universidad de Las Condes, donde estudió durante un año periodismo. Alexis había caído preso y fue llevado al Centro de detención preventiva Capitán Yáber, en Pedro Montt 1875.
El encuentro, mientras Alexis pasaba días y noches encerrado, se desarrolló con la normalidad que el grupo organizador había previsto. Tenían un plan de apoyo por si lo que había pasado llegaba a pasar. La camaradería, una relación que López pone por sobre la amistad –o que por lo menos practica más, ya que no es de muchos amigos-, hizo que la reunión pudiera surgir sin Alexis. Él, sin estar presente, tenía el control de la situación, como suele tenerlo; como le gusta tenerlo. Movió todas las piezas del tablero como para que si él, el rey de este juego de ajedrez, era devorado, los peones pudieran seguir avanzando hasta neutralizar a su símil oponente.
La casa de madera ubicada en el El Prado nº40, sobre el camino costero que une Concón y Viña del Mar, fue la sede arrendada de esta reunión internacional ideológica. Pero era un secreto. Nadie quería que se supiera a altavoces que un grupo de nazis estaba reunido ahí. Qué dirían los vecinos, qué diría la gente. Mientras tanto, la prensa especulaba: están por aquí, están por allá, pero no atinaban dónde apuntar sus cámaras. Pero no duró mucho tiempo así. Había siete extranjeros de distintos países, todos radicados en Chile y dos visitas desde el norte, Rafael Chaparro, del Perú, y Jaime Portugal, de Bolivia, además de los representantes chilenos.
El día miércoles, dos días después del inicio de esta reunión de amigos, como sería después catalogado por el gobierno el Encuentro, fue descubierto por la policía. Entraron, pidieron identificaciones y no pasó nada. Ninguno de los presentes aparecía en esa suerte de lista negra que tenía el gobierno en su poder. Todos estaban legalmente en el país y no estaban haciendo, al parecer, nada raro. Pero la gente no lo vio así. En Santiago se estaban gestando manifestaciones en contra de este movimiento. Pero no sólo las calles capitalinas vieron como los jóvenes se juntaban a marchar por la paz, por la vida; por el sentido común que intenta renegar de todo aquello que se relacione con lo nacional socialista o, en este caso, socialismo nacional –como prefieren llamarse–, sino que las embajadas chilenas en Argentina y en Uruguay fueron testigos de la reticencia a que un evento de estas características se llevara a cabo en Chile. Era lo más lógico. Un Congreso nazi puede ser muy peligroso.
Alexis se lo perdió. Vino la semana santa y él vivió su propio viacrusis en prisión, pero el 24 de abril de 2000, nueve días después de que lo hayan detenido, salió libre para juntarse con sus amigos. Pero los camaradas del norte se habían ido luego de que habían localizado la casita de madera de Concón. Se sintieron presionados y se acabó el concilio. Ambos se fueron para Arica, donde cruzaron la frontera a sus respectivos países, pero no sin antes despedirse de Chile haciendo un tradicional saludo como sólo los de ese tipo saben hacer: ambos, Chaparro y Portugal, con la frente en alto, levantaron su brazo derecho a los detectives que se encargaron de ver que abandonaran el país. Luego de eso, se fueron.
Los nazis chilenos estaban contentos. Por lo menos eso decían, después de ver a su líder libre –quien había declarado en una entrevista que se había sentido como preso político- y ver el Congreso como un éxito. Pero López se había perdido la reunión de su club. Había entrenado muy duro, pero no había podido llegar al juego más importante. Mas no importaba, había sido sólo una reunión de amigos. Según el gobierno, sólo había sido una pichanga de barrio.
ALEXIS ENCIENDE OTRO CIGARRILLO. YA VAN ALREDEDOR DE CINCO y sigue moviendo de manera mareante sus esqueléticas piernas, que terminan en un par de zapatillas de escalada café. Por la ventana se ve que el sol se está escapando y los árboles del Cerro Santa Lucía siguen meneándose con el viento, pero cada vez más sumidos en la oscuridad. Ya se acabó el café que estaba en el tazón blanco con el símbolo del sol mapuche. Dice que ese símbolo, para él, es el todo. Atrás de él hay una reja y tras ella, en el comedor, una mesa de vidrio con un mantel blanco tejido a crochet. La ventana que está junto a la mesa también mira al cerro y en su base hay cinco cactus que dan algo de vida al lugar, junto a dos claveles en un florero a medio morir.
Alrededor de la mesa –la misma que sirvió la noche anterior como estudio radial– hay dos estantes negros, de cinco pisos cada uno, llenos de libros y revistas. Entre ellos se pueden notar textos como Mi Lucha, Neonazis en España, Cachorros del fascismo, Derrota Mundial, Semitismo y antisemitismo, El judío internacional, La escritura y la psicología de los pueblos, El Bestiario de Tolkien, Plantas altoandinas, y dos tomos de la Revista Chilena de Entomología. Sobre uno de esos estantes hay cuatro fotos en blanco y negro y muy bien enmarcadas. Son líderes nacionalistas, como Jorge Prat. La principal corresponde al führer original, a Hitler.
Está tranquilo. Cree tener el control. Siempre lo tiene, o al menos eso pretende. Su mayor miedo, reconoce, es sentirse impotente, no poder hacer más de lo que puede hacer; en otras palabras, que la situación se le vaya de las manos; no tener el control. Desde niño ha sido así. Como cuando tenía 15 quince años y en su casa hizo una fiesta. No recuerda el motivo, pero sí que era en la casa de su madre, la señora Nora Tapia. Su departamento no es muy grande. Aún vive ahí en la comuna de Pudahuel. De hecho, no es para nada grande, sino que es más bien mínimo, pero al parecer, en el entonces living de paredes blancas invierno, el corazón era grande. No había nada más que unas sillas para los solamente 6 o 7 invitados. Era tarde y la gente se empezaba a aburrir, pero Alexis se adueñó de la situación y tomó las riendas del asunto una vez más. Qué mejor forma de entretener a la gente que hipnotizándola.
Alexis, el niño casi prodigio de la familia López Tapia, había leído La hipnosis en el hombre y los animales y había aprendido muy bien lo que ese libro de hipnosis y biología enseñaba. Empezó practicando con animales, con las gallinas que su abuela criaba en Renca. Lo logró, la mente de Alexis era más fuerte que la de una gallina; tenía el poder para controlar a un ave de corral. Siguió con perros, lagartijas y algunos insectos. Alexis los sometía. Era el amo y señor de los animales.
La oratoria de López siempre tuvo fuerza, y ese momento no fue la excepción. Comienza la sugestión verbal, la típica técnica que utilizan hipnotizadores como Tony Kamo, el famoso hipnotizador español que arrasó en los ‘90 con el rating en la televisión chilena. Estás en un campo, hay mucha paz, te pesan los párpados, y cosas como ésas. Las 6 personas que estaban ahí entraron en trance. Algunos por sugestión verbal, otros mediante la técnica del cansancio del ojo interno. Alexis tenía el control y lo supo aprovechar.
Ellos estaban en un regimiento y uno de ellos era el sargento, por lo menos de eso los convenció. Y empezaron a actuar como si la sala del pequeño departamento del primer piso fuese un campo militar. Su madre recuerda que los jóvenes en trance se tiraban cuerpo a tierra, se arrastraban y hacían con las manos como si estuvieran disparando. “Es como si estuvieran viviendo lo que les dicen”, dijo la señora Nora, quien más tarde se convertiría en una reina adorada por sus súbditos a la fuerza, sometidos ante el poder de un joven delgado, que fuerza era justamente lo que no parecía poseer.
López se estira, coge el encendedor que está sobre la mesa de centro y enciende otro cigarrillo. No para de fumar en ningún momento. Quizás, el lapso de tiempo más largo entre un cigarro y otro fue de no más de 10 minutos. El sol ya se fue por completo y la calle, desde la ventana, se ve iluminada por el alumbrado público. Su cuerpo prolongado y enflaquecido se levanta y trae un cuadro que él ha pintado. Nunca lo quiso exponer y cree que nunca lo hará. Es el reflejo de un sueño; es el reflejo de su dualidad.
En el cuadro hay un hombre de espaldas sentado al centro, sobre un piso rojo resquebrajado, de la misma forma en que queda el fondo de un lago luego de una sequía. A su lado derecho, se encuentra un mundo humano, un mundo arquitectónico y destruido, a la vez que creado. A su izquierda se ve un mundo natural, donde la vida crece sin impedimentos, evoluciona. Frente a él hay dos montes y, en el medio de éstos, una montaña, un pico escarpado con un camino en espiral que llega hasta la cima. Le pregunto si la ha escalado. Él responde, sin pensarlo dos veces, que sí. Al lado derecho está el sol radiante, un ying yang que tiene doble aro, que es externo; al otro, la luna que refleja lo emocional, lo sensitivo. Él se siente reflejado tanto en la imagen del hombre como en el cuadro entero. Cree que la montaña es su madre, y quizás por eso la vio en el sueño que se demoró ocho años en plasmar y representar. Para él la montaña es su meta. Cuando va a ella no necesita llevar al personaje que mediáticamente se le conoce, que le cae bastante mal, lo encuentra “pesado”. Reflexiona y se encuentra consigo mismo. Aprende de sí. Pero es soberbio: dice que sus amigos son siempre mayores porque primero son maestros, pero que dejan de serlo porque ya no tienen nada que enseñarle. Dice que está a la par o es superior. Lo dice el niño que a los once años ya era capaz de entender la literatura y los documentos del PNSO de Pfeiffer de los años ’60, el que a los 8 años ya se había leído Mi lucha, el que dice haber llegado a la cima, el que dice haber derribado el muro, el que se demoró 8 años en pintar un cuadro. Alexis es entomólogo y no cree en el Holocausto. Él no es pintor. Hitler tampoco lo fue, pero siempre soñó serlo.
Artículo original acá
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