Opinión

Un monje cibernético

En el club de los asquerosamente ricos, Bill Gates es visto como una especie de apóstol laico que rescata los valores tecnológicos y compromete su descomunal fortuna para ayudar a otros

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octubre 08, 2019
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Un monje cibernético
Netflix acaba de estrenar una miniserie con la saga extraordinaria de Gates, que es como para quitarse el sombrero. Foto:captura YouTube

Los dos hombres más ricos del planeta Bill Gates y Warren Buffett, sentados en un modesto restaurante de Seatle comiendo hamburguesas y decidiendo que hacer con su dinero para salvar al mundo de sus propios errores: es la imagen de la filantropía moderna: audaz, discreta, innovativa, precisa, gerencial, apoyada tecnológicamente y enormemente costosa.

Poco se discute que la riqueza mundial se ha venido concentrando de manera casi escandalosa en enormes fortunas, los asquerosamente ricos, que es una expresión inglesa que viene como anillo al dedo. Hay de todo en ese exclusivo club, tocado por la necesidad de devolver algo a la sociedad, desde los ancianos coleccionistas de arte que donan sus colecciones a los grandes museos hasta quienes destinan sus fortunas a universidades prestigiosas o a fundaciones con fines humanitarios.

Pero Bill y Melinda Gates son excepcionales. No sólo han decidido donar la totalidad de su dinero a la fundación que lleva su nombre, sino que se han comprometido en cuerpo y alma en encontrar cómo esa descomunal fortuna que se calcula en más de 100.000 millones de dólares, puede marcar la diferencia a escala global. De paso, Buffett seducido por la idea, ha reforzado los fondos de la Fundación con 31.000 millones de dólares.

Bill Gates es un prodigio. Un genio matemático con un agudo sentido empresarial. Su compañía Microsoft es líder mundial en la creación, producción y venta de software, que es el vehículo en el cual corre la sociedad contemporánea. Su cerebro procesa enormes cantidades de información como un pequeño computador, alimentado por cientos de datos, es binario, lógico, inevitablemente terco. Un tanto antisocial, sencillo, alejado de las vanidades mundanas. Una especie de monje cibernético.

Así que para saber en qué utilizar su dinero se zambulló en un mar de libros sobre los problemas mundiales, su gravedad y las soluciones propuestas por las personas más conocedoras para saber por qué no habían tenido éxito. Encontró tres, entre muchos otros, en los cuales ha creído que puede hacer un aporte, partiendo de haber encontrado la raíz del problema: el mejoramiento de las condiciones sanitarias en los países más pobres, que son las que producen la mayor parte de las enfermedades de sus habitantes, especialmente los niños; la erradicación total de la polio de la faz de la tierra, lo cual ya es un logro en los países desarrollados, y cómo combatir las emisiones de CO2 en la atmósfera, que producen polución y contribuyen al calentamiento global.

 

En el tema sanitario, cómo lograr un inodoro que no necesite agua corriente,
la erradicación total de la polio de la faz de la tierra
y cómo combatir las emisiones de CO2 en la atmósfera

 

Para ello en cada una de las áreas ha convocado a los científicos más reconocidos y ha financiado los proyectos con más potencial para solucionar esos problemas. En el tema sanitario, cómo lograr un inodoro que no necesite agua corriente y procese los desechos; en el tema de la polio, cómo llevar las vacunas con la ayuda de la tecnología a los remotos lugares donde están los niños, comenzando en Nigeria; y en el tema del calentamiento global, cómo construir de manera segura plantas de energía nuclear, que se cierran alrededor del mundo, cuando son la manera más limpia de producir grandes cantidades de energía.

Luego de millones y millones de dólares de inversión, hay varios modelos de inodoros que no necesitan estar conectados a una red de cañerías, y una planta procesadora de aguas servidas que genera su propia energía y produce agua potable; un mapa detallado de Nigeria construido con ayuda de satélites para localizar comunidades aisladas y una planta nuclear con estándares de seguridad muy superiores a los actualmente existentes.

Y todo conspira contra él. Los inodoros y la planta de tratamiento que genera su propia energía son aún muy costosos de producir; el terrorista islámico Boko Haram, ha impedido el trabajo en Nigeria; y la guerra comercial entre Estados Unidos y China ha bloqueado la eventual producción de plantas nucleares seguras, que solo China podría hacer en cantidad suficiente para que la operación sea rentable. Pero el hombre, obstinado como es, continúa con su trabajo, confiando en que los obstáculos serán superados.

Netflix acaba de estrenar una miniserie con esa saga extraordinaria que es como para quitarse el sombrero, si se usara, pues consagra con razón a Gates como una especie de apóstol laico de la modernidad, que rescata los valores que genera el mundo tecnológico, cuya aparente deshumanización asusta a tantos.  Confirma con su trabajo la idea de que el futuro es mejor que el pasado si se utilizan con sabiduría las herramientas que nos proporciona la tecnología y que el desarrollo tecnológico debe estar al servicio del bienestar general, una idea que expresan con facilidad los políticos pero que debe ser probada con hechos rotundos, generosos, visionarios, como este.

 

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