Opinión

Un matiz con Mariana Mazzucato

La publicitada economista da consejos para reformar la decadente economía de los países desarrollados. Pero estamos en Cundinamarca

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noviembre 22, 2022
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Aunque desde la antigüedad más remota ha habido imperios, en el sentido de poderes centrales que se apropian o dominan regiones más allá de su zona natural de influencia, es en realidad en el siglo XIX, después de 1870, cuando se usa el término en un sentido moderno, relacionado con la evolución del desarrollo capitalista, especialmente de la Gran Bretaña.

Fue característico de este país colonialista expandir su control de vastas regiones con métodos muchas veces brutales, entre ellas la India, Egipto, Palestina, China, Australia y Canadá. Sus herramientas fueron la Compañía de las Indias Orientales, su poderoso ejército y el comercio.

Ya a comienzos del siglo XX El termino imperialismo designó tanto una dominación económica, política y cultural sobre regiones de menor desarrollo, como una nueva etapa del desarrollo capitalista, la del monopolio y el predominio del capital financiero, en la cual la dominación neocolonial formó parte integral de la política de los principales países capitalistas, principalmente Estados Unidos –el poder emergente–, además de Inglaterra, Francia, Alemania, Japón e Italia. Sus disputas por el control del planeta provocaron la Primera Guerra Mundial y posteriormente la Segunda, las cuales tuvieron origen en la política expansionista de Alemania por el control de los mercados, la fuerza de trabajo y las materias primas, arrebatándoselos a las demás potencias.

Después de la Segunda Guerra y como respuesta a los poderes imperialistas, surgieron movimientos de liberación nacional en China, Vietnam, la India, los países árabes y africanos y América Latina. Aquí, además de las numerosas intervenciones militares de Estados Unidos, lo que predominó fue su dominación económica y cultural que en la vasta literatura económica se conoció como neocolonialismo. El hecho es que se mantuvo como una realidad aplastante el control sobre vastas regiones atrasadas, pero el concepto comenzó a diluirse y empezó a difundirse la idea de que los países no se dividían entre opresores y oprimidos, sino entre centro y periferia o entre desarrollados y subdesarrollados, entre los cuales había tan solo una diferencia meramente cuantitativa. En el mejor de los casos se consideraba conducta imperialista la referente a acciones geopolíticas en lo militar, pero la dominación y el control económico eran vistos como daños colaterales de la globalización que se generalizó a partir de los noventa con el absoluto predominio de Estados Unidos en el escenario mundial. A partir de entonces, Washington recuperó lo que ha considerado su destino manifiesto: asegurar bajo su mando la defensa de la “civilización occidental”, amenazada por una horda de países bárbaros, dictatoriales o minusválidos que deben ser enrumbados por la senda apropiada para sustraerlos de los países que la confrontan, principalmente Rusia y China, pero también Irán y Corea del Norte, entre otros.

Sin embargo, varios países que formaban parte de la periferia subdesarrollada, intentaron, con diferente éxito, emprender experiencias de desarrollo que rompieran la dependencia y el papel subalterno que habían tenido en la economía mundial. Entre ellos se cuentan China y varios otros, con éxitos parciales pero relevantes, como es el caso de la India.

Durante las últimas décadas, el concepto de imperialismo fue tomado, no como una descripción de la realidad sino como una conducta excepcional, condenable, y no como característica esencial del desarrollo económico monopolista, sino como una aberración. Por lo tanto, la soberanía nacional, prerrequisito de la búsqueda de caminos alternos de desarrollo basados en la autodeterminación, ha sido vista como una antigualla de la izquierda.

Las políticas neoliberales que se recetaron en los últimos 35 años para profundizar el dominio del capital financiero y monopólico en el planeta han resultado un estruendoso fracaso. Sus letanías sobre el emprendimiento individual y la disminución del papel del Estado en el desarrollo económico han aumentado los desequilibrios y la irracionalidad del sistema. La incapacidad en asegurar el bienestar de los pueblos, que viene experimentando un retroceso, notorio incluso en Estados Unidos y la Unión Europea, ha hecho que infinidad de gente en los países pobres pierda la fe en lo que se ha llamado la civilización occidental.

 

La señora Mazzucato no limita sus recetas
a intentar reformar la economía de los países desarrollados,
sino que las hace extensivas a los países dependientes

 

Y es entonces cuando aparece la señora Mariana Mazzucato. La nueva estrella de la economía ha asumido la tarea de proponer una reestructuración de las economías desarrolladas, restaurando la capacidad emprendedora del Estado, las alianzas público-privadas y la recuperación de la industrialización, tan venida a menos con la financiarización de la economía, la hiperconcentración de la riqueza y el dominio de la especulación sobre la producción.

La señora Mazzucato no limita sus recetas a intentar reformar la economía de los países desarrollados, sino que las hace extensivas a los países dependientes, indicándoles a los mandatarios aplicar en sus economías los procedimientos y las formas de organización que permitieron llevar al hombre a la luna o crear la Internet.

Pero ni una sola palabra sobre el hecho de que países como Colombia deben su atraso al sometimiento desde hace décadas a unas relaciones internacionales subalternas, dirigidas por organismos multilaterales dotados de un poder absoluto, a unos tratados leoninos de comercio, a una dependencia de los mercados financieros externos y a la exportación de materias primas, factores que no son producto de leyes económicas inexorables sino de decisiones políticas tomadas por los diferentes gobiernos como parte de una corrupción estructural, pues quienes gobiernan son los que se han lucrado de este estado de cosas. Los tratados de libre comercio configuran un modelo económico que no depende de la buena o mala voluntad de un gobernante, sino que modelan la economía en función de una inserción del país en la globalización pero como vagón de cola.

Colombia puede ser calificada de muchas formas: dependiente, subdesarrollada, oprimida, periférica. Lo cierto es que la búsqueda de la soberanía nacional sigue en la agenda. Para ello es requisito indispensable la salida del control político de una oligarquía corrupta.

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