Un despojo de ciudad llamado Santiago de Cali

"Como caleño no reconozco a la ciudad en la que crecí y, por lo tanto, me veo obligado a oponerme a la cultura destructiva que muchos quieren establecer"

Por: Jamal Said
julio 23, 2021
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Un despojo de ciudad llamado Santiago de Cali
Foto: Camilo Andrés Paredes Linares - CC BY-SA 4.0

Decía Robert Musil, autor de la filosófica novela inacabada El hombre sin atributos, que “a las ciudades se las conoce, como a las personas, en el andar”. Quizás tenga mucha razón nuestro escritor austriaco, porque normalmente a las urbes se las define por el sentir de sus habitantes, pero fundamentalmente por lo que ellas representan espacialmente hablando. Sin embargo, puede pasar que también estas se vuelvan irreconocibles con el pasar del tiempo, desconociéndose al mismo tiempo a las personas que en ellas viven. Este es el caso, por ejemplo, de la capital del departamento del Valle, Santiago de Cali, que en lugar de ser lo que algún día fue, la ciudad pujante y trabajadora, hoy simplemente es un despojo de cemento y viejas ínfulas de civismo otrora bien ganado. ¿Qué le está pasando a Cali? Es la pregunta que me vengo haciendo.

Empecemos, pues, a dar respuesta a lo que más de uno le preocupa: el deterioro físico de la ciudad. Sin duda, el paro le ha hecho mucho daño, si se tiene en cuenta que destrozó en más de un cincuenta por ciento parte de su infraestructura, la cual, dicho sea de paso, no va a ser repuesta tan fácilmente. Caminar por ella significa ver a una ciudad derrotada, desvalijada, triste, sin el colorido de aquellos días, aunque con los mismos problemas de siempre, pero con la sensación esperanzadora de que todo iba a mejorar. No sé si al ver la nueva imagen de la ciudad, la que propone el caos, algunos caleños conserven esa esperanza que nos hacía reír y querer vivir para siempre aquí.

Realmente, uno no sabe cuándo se va a bloquear una vía, quemar un bus del sistema Mio o saquear cualquier almacén; como tampoco en qué momento se va a cambiar la fisionomía, tiempo atrás muy respetado, del espacio público que a más de un visitante fácilmente orientaba. Las calles parecen un campo de batalla, suscitan imágenes de barricadas o trincheras hace poco utilizadas. A cualquiera –a mí me pasa– que las recorra una sensación de inseguridad lo va a sobrecoger. Si bien hoy la policía ha retomado sus funciones, no hay duda que un ambiente de temor y desprotección todavía se respira en el ambiente.

Si eso pasa desde un punto de vista espacial, qué no pasará con la gente –esa que ha venido de muchas partes y que realmente no le importa la ciudad– que hoy quiere imponer una visión de la vida que, según mi humilde opinión, deja mucho que desear. En este sentido, las nuevas generaciones de caleños tienen que observar las acciones, bastante destructivas, de unos jóvenes que a todo pulmón exigen todo tipo derechos. Que reclamen vaya y venga, pero que agredan a la policía y atenten contra el patrimonio público –que como he dicho en más de un cincuenta por ciento ha sido destruido–, es algo que hay que analizar profundamente. Ya no se habla de Cali como la capital de la salsa, sino como la capital de los cascos y los escudos, símbolos de la mal llamada resistencia. ¿De qué se resiste? De nada. Por favor, somos los ciudadanos trabajadores los que tenemos que resistir todos sus daños, la intimidación que muchos proponen.

Ahora bien, ¿quién es el responsable de todo este desbarajuste? Pues el mismísimo alcalde, el médico Jorge Iván Ospina. Este señor, al que las clases populares le otorgaron un segundo mandato, ha permitido que la ciudad esté como hoy esta: llena de graffitis que más que artísticos son desafiantes, o que verbalmente dejan en el aire una simbología de desobediencia civil. Tampoco le ha importado desproteger a la ciudadanía que, siguiendo lo que claman sus obligaciones, tiene que salir honradamente a trabajar; pasar por alto los principios, propios de una sociedad civilizada, que se ajustan legalmente al orden y la autoridad; evadir todas sus obligaciones de burgomaestre, con el fin de seguir llenando sus arcas con contratos que dejan mucho para investigar. Se está esperando desde hace rato que los entes de control tomen cartas en el asunto, pero lo único que reina aquí es la politiquería que lo protege.

Como caleño no reconozco a la ciudad en la que crecí y, por lo tanto, me veo obligado a oponerme a la cultura destructiva que muchos quieren establecer. Aunque para algunos románticos del caos destrucción es creación, para mí es una interpretación equivocada del daño que se quiere interpretar como emancipador o reivindicador. Nada de eso: lo que se ha visto en Cali no es más que una cultura del odio y del caos, siendo pertinente la intervención de un gobierno municipal que le devuelva a la ciudad su sentir: el del trabajo y respeto por el otro. Trabajando y respetando a las demás salimos adelante, pero si dejamos que los vándalos se impongan, como lo vienen haciendo, en diez años seguiremos viendo el despojo de ciudad que el paro nos ha dejado.

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